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ANEA 2007 Y EL TÚNEL DEL TIEMPO

Autor: Sir Camara
Martes, 27 de diciembre de 2016

Creo que todos tenemos algo de vid. Lo digo porque nuestro entorno, las alteraciones climáticas y el recorrido vital, en definitiva, nos acaba influyendo. Dicho así, parece un premeditado autorretrato ampelográfico, esa ciencia que estudia las vides, unos seres vivos muy antiguos que nos dan uvas, vino y conversación a partir de una etiqueta.

 

Y así fue como, sin darme cuenta, me encontré con la prima Carmencita, la de Tomelloso. Y no venía sola. Traía bajo el brazo una caja con botellas, una de Verum roble tinto, una de Verum sauvignon blanc y otra de Anea del año 2007, cien por cien Syrah. La primera impresión fue interesada: cómo viajan las primas ahora, que bien equipadas. La segunda fue una larga reflexión que me llevó al túnel del tiempo manchego de mi infancia.

 

Ese vino, el Anea, de Argamasilla de Alba, Ciudad Real, me trasladó a aquellos tiempos en los que, con pantalón corto, el abuelo me puso en el TER, un tren, una especie de intercity de la época, que me dejó en Cinco Casas, un pueblo próximo en el que me recogió un taxista enviado por el primo de mi abuelo; el mayor furtivo del mundo, según las liebres y los peces del pantano de Peñarroya.

 

Allí me llevó para aliviar los calores del verano, para darme un baño, y, de paso, presentarme a la santera del lugar: una mujer que sacaba de un mandil, puñaditos de piñones, almendras y pasas que se echaba a una boca sin amueblar, motivo por el que algunos frutos secos se le caían, volviéndolos a echar al lugar de procedencia, lo que me inspiró un rotundo ¡¡no gracias!! cuando me ofreció tan saludable como energético alimento.

 

Luego, ya en Argamasilla de Alba, me presentó a unos chavales de mi edad que jugaban con alta tecnología, al menos para los chicos de Madrid, como yo. Ponían ballestas para cazar animalitos y comérselos después. Y como el destino parece ser que fue benévolo con los pajarillos y demás criaturas, cenamos ligero; muy ligero. Y no era precisamente liebre. El padre de familia pegó dos voces, ¡¡¡A cenaaar, coño, que se enfría!!! Y, como si hubiera hecho algo digno de un lucero Firestone, no sé si había estrellas Michelin, puso en el centro de la mesa una hogaza de pan candeal que los chicos empezaron a cortar en rebanadas contra su cavidad torácica para atacar lo que a continuación venía de la cocina. ¡Un huevo frito, uno! De sus gallinas, faltaría más… Empezaron a mojar en la yema y me preguntaron si no me gustaba, a lo que respondí que esperaba el mío.  El padre dijo que ese huevo era para todos, que si se cenaba pesado luego se dormía mal.

 

Los dinosaurios se extinguieron, como la cena, y nos dejaron la teoría del huevo rácano manchego… Al rato le dije a uno de los chavales que tenía hambre y me dio una de las rebanadas de pan empapada en un rico vino tinto con unos golpes de azúcar “por cima”, que decía ese chico que hablaba idiomas.

 

Recuerdos que hoy me llegan con esa botella de Anea de un año más reciente, el  2007,  que van directos al corazón. Puede que porque ese fue el año de mi IAM (Infarto Agudo de Miocardio). Sea por lo que sea, ese vino de la entrañable Argamasilla de Alba, ese monovarietal de Syrah, me parece un gran vino para compartir; con algo más que con un huevo frito. A pesar de ser una uva oriunda del valle del Ródano, en los terrenos calizos donde se cultiva proporciona un retrogusto largo, ecos de los consabidos frutos rojos intensos, el inevitable regaliz, etc, etc, etc…  Ustedes ya me entienden, ¿verdad? Un gran vino manchego de la denominación Vinos de la Tierra de Castilla. Pues eso…

 

 

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