Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Enviar por email
Los gustos y los caminos

Aquel verano

Autor: César Serrano. Ilustración: Máximo Ribas
Sábado, 7 de julio de 2018

Bajo la marquesina el saxofonista hacía sonar su viejo saxo, del que salían notas que parecían preñadas como de lágrimas de bolero. A su lado, un gorro de lana recogía las monedas que los transeúntes unas veces introducían delicadamente y otras dejaban caer.

Llovía. Las gentes caminaban deprisa, y ahí, en ese tránsito, sobre las aceras mojadas, de repente, como un relámpago en tarde de tormenta estival, los dos se volvieron, se reconocieron en un agosto lejano. Sí, solo fue un instante, un instante que les trajo todo un verano y que hizo que los dos detuvieran sus pasos bajo la lluvia, que había llegado, como ellos, de forma inesperada. Abrazos, miradas, besos mientras se sentían arrastrados hacia las puertas del hotel, bajo cuya marquesina seguía sonando la música del viejo saxo.

 

“¿Tienen habitaciones que den a la plaza?”, se la escuchó decir. “Sí, la 202, justo encima de la marquesina”.

 

Entraron en la habitación cuando el capricho de las tormentas estivales la había llenado de luz. Abrieron el gran ventanal y todo se inundó de aromas a tierra mojada, a pastos húmedos que venían de campos no muy lejanos.

 

Una música que les llevó al abrazo, al baile, a los recuerdos de adolescencia de aquel verano en Picote de Traslasierra. Se besaban como queriendo detener el tiempo. El tiempo. Las horas jamás se detienen y ahí, en ese tiempo que no detienen los besos, el paso del tiempo; el hombre, la mujer con quienes compartían los días de ahora, los chicos, dos chicos él y una chica y un chico ya en la Universidad, ella.

 

Se amaron con la sabiduría llegada de otras sábanas, de otros cuerpos, de otros besos, de otras caricias, lejos, muy lejos de aquellos juegos del amor de una adolescencia titubeante y ya lejana. Se amaron sabiéndose amantes, entregándose al otro con toda la generosidad y la pasión de los cuerpos aún en flor. Tras el amor, toda la ternura desgranada en miradas y besos tiernísimos, en silencio. Abajo, el saxofonista seguía haciendo sonar el viejo saxo.

 

Salieron del hotel cogidos de la mano, confundidos entre las gentes. En una esquina, una heladería anunciaba su leche merengada artesana, se miraron y a su memoria llegó perfumada de limón y canela, la merengada de aquel verano en el Regio de Picote. Pidieron dos y se despidieron entre aromas a hierbabuena y canela.

 

 

 

 

Leche merengada

 

Ingredientes

 

  • 1 l de leche
  • 150 g de azúcar
  • 2 claras de huevo
  • la corteza de un limón
  • unas gotas de zumo de limón
  • una pizca de sal
  • canela en rama
  • hierbabuena

 

Elaboración

 

Comenzamos cociendo la leche junto a la cáscara de limón, un palo de canela y el azúcar, removiendo con una cuchara de madera hasta conseguir que infusionen la cáscara de limón y la canela. Retiramos del fuego y dejamos enfriar. Colamos e introducimos en el congelador durante una hora, aproximadamente.

 

Sacamos del congelador una vez que comience a cuajar. Es el momento de montar las claras con unas gotas de limón y una puntita de sal. Ya con las claras montadas, mezclamos todo y servimos con una hoja de hierbabuena y un palito de canela.

 

 

 

 

 

Enlaces automáticos por temática
Compartir en:
Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Sobremesa: revista de gastronomía y vinos
Revista Sobremesa • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress