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Tinto de verano

Autor: José Manuel Vilabella
Lunes, 1 de julio de 2013
Noticia clasificada en: Cultura del vino

A mí, si me gusta el verano, es sobre todo por el tinto de verano. En Sobremesa cerramos el mes de agosto. La revista dice adiós hasta septiembre y empieza la diáspora de la plantilla, el ‘adiós, adiós, hasta la vuelta’. Los colaboradores aprovechamos el asueto para visitar países lejanos, conocer bellísimas mujeres, empezar una novela negra que nunca terminaremos o para quedarnos en Llanes viendo cómo los madrileños se doran al sol tibio del norte y hacen aguadillas en el Cantábrico. El vino también se va de vacaciones, se larga, se las pira. Deja de ser ese producto solemne y misterioso y se frivoliza en las sangrías, se junta con el sifón, se democratiza y se va de juerga con la Coca-cola. En verano el vino, que es abstemio, pierde la cabeza y se emborracha, resucitan los vinos peleones, vuelve el clarete y el vino aguado. Los amores y los tintos de verano se viven y se beben con alegría y desvergüenza, no tienen futuro, son, solo, una raya más del tigre. ¿Regresan alguna vez los enamoramientos estivales? Sí, vuelven periódicamente, insisten y no envejecen. Lo sé por experiencia. La arruga no marchita los ojos verdes de la francesa, ni deja desvaída la carcajada de la sevillana de Marbella medio siglo después, cincuenta años más tarde. La memoria olvida el tinto y el blanco frío, margina la caña de cerveza y no recuerda el crujir de las patatas frías. Los tintos de verano se beben y se olvidan. Solo queda la ternura de un gesto, la mano que acaricia la mejilla, el beso apasionado de la despedida, la promesa incumplida del ‘te escribiré, Marcelina’, la mentira compartida de un te quiero con sabor ferroviario que se va con el silbido del tren. Los amores de verano tienen el atrezo de las novelas rusas, se esfuman entre nieblas, multitudes, despedidas, adioses desgarradores y lágrimas furtivas.

 

En septiembre todo se recompone y en octubre regresa el vino serio, el de las catas solemnes y los análisis rigurosos. Llega la vida de verdad, vuelve la hipoteca, te ahogan las corbatas y te acosan las deudas. El tinto de verano cuando se va el verano es una mierda de vino. El catador lo analiza y rechaza con un gesto airado. Su mueca lo dice todo. ‘Quita, quita’, dice para su coleto y deja en la hoja de cata una queja con puntos suspensivos. No es tan malo el tinto de verano, pero el catador se venga de sí mismo y del verano, de la despedida fugaz y, sobre todo, del dolor agudo de unos ojos verdes que nunca, jamás, olvidará.

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