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Hacer un simpa

Autor: José Manuel Vilabella
Sábado, 1 de marzo de 2014

Los jóvenes, que son siempre los que inventan el idioma y nutren con su forma de hablar las palabras que terminan en el diccionario, han puesto de moda hace algún tiempo la expresión ‘hacer un simpa’; o sea llegar a un restaurante, analizar la carta, sonreírle con toda la naturalidad al maître, tutear al camarero, comer como un señor y en un momento determinado o bien salir corriendo y sin pagar, o simular que se va al baño –eso solo lo hacen los elegantes con nervios de acero– y, en lugar de hacer pipí o popó, coger el abrigo del perchero, ajustarse el sombrero o la gorra con parsimonia y salir por la puerta principal musitando un ‘buenas tardes, señores’.

 

No todos los simpas son iguales. Existe el terrorífico simpa famélico, el que lleva a cabo el hambriento desesperado que padece la gazuza de la crisis. Suele ser, me dicen, un simpa modesto, de menú del día. Cuando lo capturan y el camarero requiere el pago de la factura, el simpero lo mira avergonzado, tiembla de terror y de vergüenza, mira con los ojos grandes de los vapuleados por la vida y pide perdón con un balbuceo atropellado. Casi siempre el camarero lo suelta, le deja marchar con un ‘ande vete’ y a veces incluso le da, de tapadillo, un bocadillo de mortadela. El verdadero simpa es distinto, es una mezcla de juego y de deporte de riesgo, es quehacer de señorito golfo, gracieta de hijo de papá, prólogo en el que cogen gustillo al oficio los estafadores del porvenir. El juego del simpa, el más emocionante, se practica en grupo. Los gorrones comen bien y a la carta. El primero que sale del restaurante es el timorato Rodolfo, que no corre peligro pero huye despavorido; después se va Vanesa la gorda, con las carnes temblando de emoción y el culete apretado por un miedo irreprimible; la tercera en abandonar el local es la bella Julia, que puede despertar sospechas y alertar al camarero. Gumersindo, el artista, es el último en intentarlo. Unas veces lo cogen y otras no. Es ligero de pies y corto de vergüenza. Gumersindo es valiente, desvergonzado, chulesco; sabe dar bofetadas y recibir hostias. Hay otros simpas, sí, pero sin mérito y riesgo. El que dice con desenvoltura: ‘apúntamelo, Joaquín’ y coge desprevenido al personal. Hay simperos con carnet de críticos gastronómicos fuleros, gentes del ‘ya te escribiré algo, Manolo’, gorrones que desprestigian el oficio, escribidores que alquilan su pluma mellada, alabanceros baratos, tiralevitas con caspa y sin sintaxis.

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