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Hoy no se me ocurre nada

Autor: José Manuel Vilabella
Martes, 1 de abril de 2014

Vivo en un ay, entre la metáfora y el eufemismo. Es el triste destino de los negros, los que alquilamos nuestra pluma al mejor postor. No me he olvidado de escribir; por fortuna mis dedos, cuando acudo cada mes al tajo, se mueven ligeros sobre el teclado del ordenador. Escribo, sí, pero no me comunico con el exterior y las relaciones sociales, que nunca han sido mi fuerte, se van reduciendo de forma penosa. Las metáforas me sirven para seducir a las señoritas rubias con las que coincido en los banquetes. Recibo docenas de invitaciones para asistir a actos gastronómicos. Me los pasa mi jefe, don José, y yo los aprovecho para tener al día mi vida sexual. Por sistema rechazo las cenas y los desayunos de trabajo. Solo asisto a los almuerzos con personas educadas. Las metáforas hay que saber administrarlas para aderezar a las señoras maduras. Es el arma de los poetas, literatura en estado puro, sin cortar. Pero la metáfora es muy peligrosa. Te pasas un pelín y caes en la cursilería y si sigues por ese camino dejas de ser un canalla encantador para parecer un friki patético. Cuando marro, lo noto en la sonrisa de las víctimas, el montaje se desmorona, el tingladillo de palabras se viene abajo con estrépito y el Casanova se convierte en pringadillo. Entonces no espero al postre. Me levanto y me despido a la francesa. Hay que ser prácticos.

 

El eufemismo es distinto. Hay que darle la vuelta al lenguaje y en paz. Al que domina la metáfora el eufemismo le resulta muy fácil. Trabajo para partidos políticos y empresas privadas y para las más respetables instituciones del Estado. Bendito eufemismo. En los tiempos que corren la grosería, la crueldad, el desamor, el despido, la emigración, la injusticia, el soborno y tantas y tantas palabras hay que vestirlas, redefinirlas, disfrazarlas. La metáfora tiene otro intríngulis y otros precios. Es un trabajillo de orfebre. Don José, Vilabella, me paga una fortuna por cada artículo que le escribo. Es un viejo multimillonario al que le gusta presumir de gastrónomo, de perito en la materia; es un figurón vanidoso e insoportable. Si me retraso me llama, carraspea, noto su nerviosismo a través del teléfono, percibo su ansiedad de trapalón. “¿Cómo llevas el Hasta la cocina de este mes?”, me pregunta. Le contesto que bien, que muy bien, que lo tengo en el telar y que mañana mismo se lo envío. La verdad es que este mes no se me ocurre nada. Tengo que estrujarme el cerebro. “¡Musas, musas!”, grito en plan de coña a las gallinas de la inspiración. En fin…

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