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En el corazón de Croacia

Zagreb

Autor: Álvaro López del Moral
Miércoles, 1 de febrero de 2012
Noticia clasificada en: Escapadas gastronómicas

A caballo entre dos civilizaciones, entre Oriente y el antiguo imperio centroeuropeo, los habitantes de la capital de Croacia hacen gala de una desbordante vitalidad que se pone de manifiesto en sus restaurantes, cafés y mercados.

Todos los sábados sucede lo mismo en Zagreb. Por más que el termómetro baje de los cero grados, cuando llega el fin de semana centenares de vecinos ataviados con sus mejores galas se lanzan a buscar mesa entre los cafés que rodean la plaza del Ban Josip Jelǎcić –centro neurálgico de la capital croata– para practicar Spica, un ritual consistente en ver y dejarse ver con el que parecen querer demostrar que, si se trata de hacer vida social, a ellos no les gana nadie. Entre miradas de reojo, sofisticadas modelos, abruptos paparazzi, estudiantes equipadas con bolsos de última moda y deportistas propietarios de un cuestionable sentido del estilo comparten confidencias y carcajadas mientras consumen café y combinados rakija (cerveza con sabor a miel, arándanos y avellana) como si el mundo se fuera a acabar mañana, dando lugar a una escena que suele ser observada con simpatía por los turistas desde la terraza de locales emblemáticos del estilo de Bulldog (Bogovieva, 6).

 

Así son los habitantes de esta población balcánica, conocida como “la del millón de corazones”: extrovertidos, afables, buenos conversadores y portadores de una pasión por la vida que constituye el principal atractivo de la localidad. Porque, aunque no se trate de una metrópoli excesivamente grande, Zagreb late con un desbordante ritmo propio; el interpretado por las dos zonas que conforman su anatomía urbanística. Por un lado, la soleada cadencia medieval de su Ciudad Alta (Gornji Grad), cuya variedad terciaria compagina el estilo funky del Café Bar Cica (Tkalčićeva, 18), donde los más modernos se reúnen para beber cerveza nacional Velebitska sobre unas lavadoras reconvertidas en mesas, con el ambiente pretendidamente intelectual del Café Galería LAV (Opačtika, 2) o la tradición repostera de Ivica i Marica (Tkalčićeva, 70), un establecimiento en el cual solo se sirven dulces clásicos croatas elaborados sin azúcar ni harina blanca. Y, por otra parte, el frenético compás ejecutado a diario en las amplias avenidas de su Ciudad Baja, que ellos llaman Donji Grad.

 

Aquí es donde Zagreb olvida su papel como puerta de Oriente para mirar con nostalgia hacia el imperio austrohúngaro, del cual ha heredado un esplendor que se refleja en el Teatro Nacional Croata, verdadera joya del estilo neobarroco ubicado en la plaza del mariscal Tito. En la zona colindante, rodeada por una herradura de parques naturales, se despliega la mayor oferta gastronómica de la capital, con locales como Muzej (Trg M. Tita 10), Stari Fijaker 900 (Mesnička 6) o Pauza (Preradovičeva 34).

 

La oferta culinaria de la ciudad está fundamentada en una cocina de proximidad (purgerska kuhinja) que tiene como protagonistas las verduras de raíz, las setas, las fresas y, por supuesto, la caza –a fin de cuentas, Zagreb no es otra cosa que una ciudad en el bosque, aunque a menudo el pescado que se vende en sus tiendas es tan fresco como el de la costa.

 

Para corroborar la calidad de estos alimentos lo mejor es darse una vuelta por Dolac, el mercado central, que sirve como punto de encuentro entre productores y grandes chefs de la región (“aquí es donde verdaderamente se empieza a cocinar”, afirman algunos de ellos). Emplazado a unos pasos de la plaza principal, muy cerca de la catedral, resulta un poco más caro que otros, pero en él pueden encontrarse trufas blancas de Istria, chorizos kulen, ostras de la bahía de Ston y Limski kanal, peces de Dalmacia, embutidos de oso y, en general, especialidades de todas las comunidades croatas, algunas incluso procedentes de lugares situados más allá de sus fronteras, como Bosnia y Herzegovina.

 

A partir de ahí, se puede optar por un pequeño bistró decorado con los típicos corazones de la ciudad, o escoger el ambiente lujoso de un restaurante internacional. Pero siempre contando con el aval de unos productos que dan otra vuelta de tuerca al sentido del concepto biológico.

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