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Gambas y princesas

Autor: Jose Manuel Vilabella
Jueves, 1 de enero de 2015

Vivimos tiempos de indignaciones múltiples y perversiones privadas. Calendas de ser y parecer. Hay en el aire un flamear de banderas y un clamor de revoluciones. No hay nada inocente y el que manda lo sabe; la mujer del gobernador civil puede ser, qué importa que lo sea, algo ligera de cascos, pero su imagen, su fama, su fotografía, su gesto y su mohín sería conveniente que tendieran a la inocencia virginal para que el vulgo ni critique ni se manifieste, que las masas, ay, no tienen el sentido del humor del viejo y escéptico caballero inglés. Estábamos en Ribadesella, en la inauguración de los paneles de Mingote. La princesa Letizia me llamó a su presencia; sus ojos brillaban y sus labios temblaban de ira contenida. De cerca, maquillada, con una pizca de rímel y el enfado puesto, es una mujer bellísima. “¿No sabe usted que no se me puede fotografiar mientras como?”, preguntó indignada. “No, señora, no lo sabía”. Me disculpé como pude. Le dije que conozco a Menchu, a su abuela, desde que yo era un niño, que mi padre la llevó en su coche para que se casase con su difunto abuelo; quise robarle un perdón con triquiñuelas de anciano servil, me humillé como un súbdito, me postré a sus pies como un esclavo, como un cortesano. Me dejó marchar sin una sonrisa, sin un perdón, sin la esperanza de otros puntos suspensivos algo más gratos. Huí despavorido. Alguien que lo vio se lo contó al cronista, a Peñafiel, y el anciano periodista lo divulgó en sus papeles, en El Mundo, lo bisbiseó en sus confidencias, lo pregonó a los cuatro vientos. 

 

La gamba roja en manos del político se convierte en imagen destructiva. Si hay hambre en los hogares de los pobres el apetito está proscrito, los banquetes se disuelven, se cancelan los desayunos políticos, el centollo se devora en privado. Qué peligrosa es la gastronomía. María Antonieta perdió la cabeza por una pregunta absurda: “¿Si tienen hambre por qué no comen bollos?” El miedo guarda la viña y arruina al restaurante de dos estrellas Michelin. Los de una estrella tiemblan, los de tres tienen pesadillas. Sólo quedan en pie las tabernas con sus comistrajos de cuchara. El ¡viva el cocido! mata las sutilezas del gastrónomo, ahuyenta las buenas maneras. La tapa es una geografía sin dueño y allí se cambian cromos y recetas, se juntan pobres y ricos bajo la misma enseña neutral, visten de trapillo sindicalistas, banqueros y diputados. Sin fotógrafos, please, que el blanco y negro de los periódicos no distingue el langostino congelado del que come el señorito del sur. La imagen de una cigala publicada vale más que las mil palabras de una rectificación anacrónica que siempre llega tarde, de una disculpa que suena a ¡a buenas horas, mangas verdes! 

 

La volví a ver, ya reina, en los últimos Premios Príncipe, en Oviedo, la ciudad en que vivo y donde ella nació. Ahora es más bella, más etérea, más cordial; se ha librado de cuñadas molestas y de ese trapalón desvergonzado. Yo estaba entre los que la vitoreaban con entusiasmo monárquico, entre los que agitaban la banderita española. La pareja rompió el protocolo y se acercó al pueblo; el rey pasó de largo pero ella se paró a mi lado y cogió mi mano izquierda, sentí su calor y su sonrisa me reconfortó como una sopa caliente. “Gracias, reina”, le dije en un susurro. Después se alejó, creo que para siempre, sospecho que nunca la volveré a ver. “Adiós, princesa…”

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