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De Jumilla al mundo

Miguel Gil (Gil Family Estates): el impulso de volar

Autor: Luis Vida. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Miércoles, 17 de junio de 2015

Miguel Gil repasa en esta entrevista las etapas claves de su dedicación al vino y los pasos hacia la internacionalización que ha ido dando desde Jumilla, donde comienza todo, y creciendo en España para el mundo entero.

La cabeza visible del grupo Juan Gil confiesa que las dos pasiones de su vida son el vino y los aviones. Hoy dirige desde una Jumilla que, por fin, han puesto en los mapas del vino de calidad, un grupo familiar en el que participan sus ocho hermanos y que tiene bodegas repartidas en distintos terruños españoles, unificadas por la vocación exportadora, el diseño cuidado y rompedor, la buena relación calidad-precio y el uso siempre de uvas autóctonas.

 

Las instalaciones actuales están en el Paraje de la Aragona, a unos diez kilómetros de la ciudad y a más de 700 m sobre el nivel del mar, rodeadas de 350 ha de viñedos, que reciben del cielo apenas 300 mm de lluvia al año. Nada que ver con la pequeña empresa que se ubicaba en el casco urbano de Jumilla y donde los Juan Gil de varias generaciones –padre, abuelo, bisabuelo, tatarabuelo– habían levantado, a partir de la monastrell local, un negocio familiar basado en los graneles, “aunque mi padre embotellaba algunas barricas que realmente consideraba muy buenas”.

 

Juan Gil padre no quería un negocio tan duro para un hijo que soñaba con los aviones y le impulsó a elegir su carrera soñada, la aeronáutica. Pero, ya cómodamente instalado y con familia formada en Sevilla, Miguel Gil sintió la llamada de la tierra. “De niño, acompañaba a mi padre a la bodega. Él lo hacía allí todo, desde la administración hasta la parte de laboratorio. Yo me sentaba con él y aquello fue calando y calando hasta convertirse en una pasión. A veces, me escapaba y, a pesar de tener seis años, probaba el vino, aunque mi padre, que tenía el olfato muy fino y lo descubría a distancia, no me dejaba”.

 

¿Qué tecla tocasteis en Jumilla que funcionó? Otros lo habían intentado antes, y los proyectos no eran malos. Estaba pensando, por ejemplo, en Vitivino.

 

Fue el ídolo de mis comienzos. Yo empecé en Luzón y llamé al primer vino que sacamos Altos de Luzón como homenaje, porque no pude comprar la marca original, que conservaba aún el propietario francés.

 

Había vinos realmente buenos en la Jumilla de finales de los 80 que no tuvieron acogida, pero llegasteis vosotros y disteis en la diana.

 

[Img #7612]Es que llegamos en el momento justo y lo hicimos ya habiendo estudiado las experiencias de esos terceros, de los que empezaron. Hicimos los vinos que creíamos que podían gustar al consumidor pero, además, con un poco de fortuna.

 

Cito una frase suya: “Los vinos de monastrell han tenido que luchar contra su propia historia para sobrevivir en el mercado”.

 

En España ha sido muy complicado poner un tinto de monastrell en la mesa del restaurante y que tenga rotación, incluso en Murcia. Era mejor no decir que era de Jumilla, no poner nada en la botella, porque suponía un “hándicap”. Era mucho más fácil vender un camión entero en la exportación que un solo palet aquí. Pero eso se ha acabado.

 

Además de la bodega de Jumilla, Juan Gil Family Estates es un sello que agrupa lo que vosotros definís como “pequeñas bodegas familiares y grandes vinos españoles”: Atalaya en Almansa, Ateca en Calatayud, Shaya en Rueda, Tritón en Castilla y León, Lagar de Condesa en Rías Baixas, Avantia en Valdeorras, Can Blau en Montsant y la joya de la corona –El Nido– también en Jumilla. En total, siete millones y medio de botellas vendidas en 2014, con un crecimiento continuo. Ahora tenéis un imperio que suena, casi, a Miguel Torres.

 

¡Ojalá! También es uno de mis ídolos. Nos ha enseñado que los vinos españoles pueden comerse el mundo y es un modelo a seguir. Creo que la palabra clave, al fin y a la postre, no es otra que exportación.

 

El Nido y Clio rompieron moldes de imagen, ambición y precio en su momento y con gran éxito. ¿Tiene que ver el despegue de Jumilla con estas marcas de alto precio y altos vuelos?

 

Lo que hicimos fue plantearnos un vino realmente bueno en un mercado que no tuviese los obstáculos del español, donde había vinos icónicos, pero el Jumilla más caro no pasaba de los seis o siete euros. Buscábamos un mercado que comprase vino por su relación calidad-precio, así que diseñamos el proyecto, fundamentalmente, para EE.UU. y no escatimamos ni en viñedo ni en las barricas y buscamos el mejor enólogo que entendimos que existía para esta propuesta.

 

¿Había que ir a por él hasta Australia?

 

Buscamos allí a Chris Ringland, con un alto prestigio que aportó glamour al proyecto. Los vinos que estaban funcionando en el mercado americano tenían enólogos muy consolidados que eran difícilmente accesibles. Además, Chris elabora en marzo en el hemisferio sur y puede, perfectamente, trabajar con nosotros en septiembre y compatibilizar vendimias. Y hay otras afinidades. Barossa Valley tiene una climatología semejante a la de Jumilla y, además, él conocía la variedad porque tiene allí una parcela de monastrell de 100 años.

 

¿Cómo ha influido El Nido en la imagen internacional de la zona?

 

Cuando presentamos el vino, a punto de salir de barrica, a un grupo de clientes norteamericanos muy exclusivos, lo vendimos casi todo en “primeur”, antes de embotellarlo. Esto nos dio el prestigio que necesitábamos para empezar a venderlo en España.

 

Una curiosidad que tengo acerca de El Nido y Clio es su relación de espejo entre los varietales: el primero lleva un 70% de cabernet sauvignon y 30% de monastrell y el otro, justo al revés.

 

Fue una pequeña concesión al enólogo. Cuando le pedimos un vino de muy largo recorrido, entendió que tenía que tener una mayor proporción de esta uva y nosotros disponíamos de un viñedo bastante viejo, que le encantó porque pensó que iba a asegurar al vino una longevidad como para merecer el nombre de icónico. Pero mi empeño era potenciar la monastrell y demostrar que se podían hacer con ella grandes cosas. Mi bebé fue Clío y el de Chris, El Nido. El éxito comercial de Clío es mayor porque, cuando se comercializa, está mucho más bebible, aunque tengo que darle la razón a Chris porque, cuando pasan ocho años, es cuando El Nido empieza a dar la cara.

 

Jorge Ordóñez fue el personaje clave que distribuyó las marcas de Juan Gil en sus primeros tiempos en el mercado americano. ¿Qué papel desempeñó?

 

Me enseñó a conocer el mercado de EE.UU. Es uno de los dos o tres intermediarios que mejor trabajo ha hecho allí con los vinos españoles. Nos separamos cuando nos planteó unas condiciones que no eran asumibles, pero la experiencia fue enriquecedora, sin ninguna duda, desde el punto de vista profesional.

 

En tiempos de viticultura minimalista “a la borgoñona” y de reivindicación de los vinos “micro”, hablar de cabernet y de roble tostado se asocia a un estilo internacional que no tiene buena prensa…

 

Nosotros buscamos vinos que gusten al consumidor. Los tostados medios de barrica dan ese toque de toffee tan agradable y dulce al final del trago que hace que a la gente le apetezca seguir bebiendo. He encontrado en restaurantes vinos verdaderamente espectaculares, que cuestan 600 o 700€ por botella y que, a la segunda copa, no te apetece seguir con ellos. Esto es muy habitual entre los iconos. Queríamos un vino que no solo fuera caro y muy bueno, sino que te gustara beberlo. Observamos mucho y vemos que nuestras botellas, incluso las más económicas, se terminan en las mesas. Si eso se llama internacional, pues quizá lo somos.

 

¿Cuál es el camino para vender vino español?

 

Una de las claves de nuestro éxito ha sido trabajar la variedad autóctona. Cuando Europa estaba arrancando viñedos viejos, decidimos apostar por unos vinos de monastrell que tienen mucha menos competencia internacional. La crisis nos ha venido muy bien y hemos multiplicado las ventas por tres desde 2010.

 

Ver cata de los vinos de Gil Family Estates

 

 

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