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Con queso

Autor: Sir Camara
Viernes, 10 de julio de 2015

En verano, vamos y venimos. Incluso volvemos. En verano, se busca algo distinto para pasar calor. De ahí que haya gente que de Córdoba se vaya a pasar unos días al desierto de Tabernas, a Algete o al desierto de Atacama, si es que se cuenta con más recursos. Viajar, salir, huir… Y volver, siempre con algo; un detalle, que la gente cree que es un rasgo de afecto, elegancia o buena memoria, y no es más que la parte de un todo.

Eso es un detalle. Antes te traían una idiotez en la que se leía “recuerdo de tal sitio” y ahora, como vivimos en la pista central del circo Gastronomía, pues van y te traen cosas de comer o para la cocina.

 

En esas estábamos no hace muchas fechas,  cuando se hizo la inevitable parada para el repostaje y el alivio. En la árida vega del río Sequillo, entre el próximo límite de la provincia de Zamora, entre Villalpando y La ya vallisoletana Urueña, en Villanueva de los Caballeros, encontramos Valdeovejas. Un queso de oveja muy bueno y a muy buen precio… Seamos serios: un queso de la leche (de oveja, claro) de esos que nos recuerdan lo que debe ser un queso. Con un aspecto tentador, de esos que piden vino al primer repaso visual, pan de por allí y buena compañía para comentarlo y pactar unas compras online en www.valdeovejas.com

 

Al reanudar la marcha, se comentó que el queso parecía estar hermanado en el altar de las ventas con un vino tinto a muy buen precio y con aparentes buenos modales. Visto después en la web, compruebo que es parte del escaparate de Valdeovejas. Un vino llamado Valdeprada, con denominación de origen Toro, con seis meses en barrica de roble americano, y “apicotao”: vamos, que a la vista presenta unos tonos púrpura intensos, etc, etc,  que sugieren depositarle nuestra confianza.

 

Al sorprendente queso, que recomiendo desde aquí,  se une el asunto que les exponía al comienzo; lo de ir y venir, traer y llevar… Cotilleando estos siempre gratos referentes con la vecina, me comunica que en breve irá a Cádiz. Es decir Cádiz y, más allá de los recuerdos del periódico que acogió mis dibujos de chaval y de la licencia poética de la “Habana chica”, se agolpan en el recuerdo olores, colores y sabores muy bien iluminados y contrastados con la luz que tiene aquella tierra. De pronto, el misticismo del postureo bloguero queda destrozado por el recuerdo de más de lo mismo: el queso. El Payoyo.

 

Formalizo el encargo y añado otro queso para un amigo que, hace unos meses me adornó el arsenal vínico con unas botellas de Mencía. Es lo que tiene esto de ir venir, encargar, comprar online, contar, presumir… ¡descubrir! A veces me pregunto si, cuando abrieron El Bulli, la gente acudió allí a disfrutar de sus hallazgos, a descubrir lo que otros no entendieron, a hacerse una foto o para presumir enseñando la factura. Bueno, pues les garantizo que jamás me he hecho un selfie con un queso. Aunque esté como un queso. Vamos, ni con el Valdeovejas, porque, estoy seguro de ello, la foto no le hará justicia. Pues eso. ¿O era con queso?

 

 

 

 

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