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Comer, beber, amar

La belleza del despilfarro

Autor: Mayte Lapresta. Imagen: David Porter (CC)
Domingo, 29 de noviembre de 2015

Llueve. Sin avisar han caído como una bomba el otoño, los turrones y las luces navideñas. Todos los años intento estirar el verano como una goma elástica, conservando las sandalias en el armario, resistiéndome al abrigo...

... Pero el inexorable devenir de la vida me devuelve a mi rutina y me lleva implacable a las lentejas, al cocido y a las castañas bien asadas. Digo adiós con pena a mi salmorejo del alma sintiéndome infiel al arrimarme a un buen consomé caliente. Los boletus me saludan todos grandes y carnosos desde la frutería, burlándose de la pobre sandía que siempre sonríe, tan amable ella. El charcutero empieza a colgar los jamones buenos con sus patas negras bien lustrosas y asoman lechones preescolares en el puesto de la carnicería para esos previsores duchos en la congelación de precio y materia prima con buenas vistas a la fiestas y sus abusos. En la redacción nos llegan casi a la vez los dulces fantasmagóricos de Halloween y los pavos de Acción de Gracias con sello de Kansas, que se enredan con los primeros panettones o los turrones de Casa Mira. Las bodegas de cava, champán y lujo, se vuelven locas con presentaciones espectaculares, envasados suntuosos, packs de regalo con el vestido de Swarovski o Bulgari para agasajar a sus mejores clientes. Tras años de contención parece que se abre la veda del consumo y con fuerzas renovadas las calles, comercios, bares, restaurantes empiezan a cambiar de cara. Quizás este 2015 nos traiga una navidad como las de antaño, con centolla cantábrica y un buen foie, con regalos hasta para el doctor de cabecera, con la copa bien llena y brindando con alegría.

 

El despilfarro más delicioso está servido. Señores, entra diciembre con toda la fuerza para recordarnos que hay que gastar, comer, beber y vivir como si no hubiese un enero.

 

 

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