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Tendencia

La moda de los rosados de lujo, por fin llegó su hora

Autor: Luis Vida. Imágenes: Aurora Blanco
Lunes, 18 de julio de 2016
Noticia clasificada en: Vinos rosados

El rosado se revela como quintaesencia de elegancia y vanguardia viticultora. Cada año sus ventas aumentan, a la par que se optimiza su calidad y se le consagran mejores partidas y cuidadas vinificaciones.

El rosado no tiene buena imagen entre nosotros. Durante años ha sufrido el desprecio de los que dicen que no merece llamarse vino y que, en el mejor de los casos, vale para que los novatos que no entienden aprendan algún día a beber vino de verdad. Pero las cosas están cambiando, hoy elegancia se escribe con mayúscula y los hacedores de vinos descubren que quizá, la uva tinta aligerada de sus taninos y estilizada en color y perfil puede ser la opción triunfadora. El champagne inició la tendencia y hoy el mercado mundial saluda a unos nuevos rosados que no proceden de mezclas ni de sobrantes de vendimia,  sino que se llevan las mejores partidas y las vinificaciones más mimosas. Pálidos y nacarados, están conquistando el paladar de los nuevos públicos y, junto a los espumosos, son el nuevo fenómeno. Se acabó el “rosadito”, el color rosa en el vino hoy es sinónimo de lujo y modernidad.

 

Los números no mienten: los vinos rosados son los favoritos de los segmentos más jóvenes del mercado, ésos que se resisten a los encantos de los tintos concentrados y maderizados, y de los nuevos mercados internacionales, con crecimientos espectaculares de casi tres cifras en mercados muy selectivos como los del Reino Unido y EEUU. Francia marca la tendencia y las cifras se disparan: su consumo interno se ha multiplicado por tres en dos décadas y los precios más de un 35% solo en los años 2012 y 2013. A los franceses les gusta el glamour y saben vender bien lo suyo, pero casi no exportan porque un mercado interno voraz se lo bebe casi todo. Y eso que tres de cada 10 botellas de rosado en el mundo son francesas.

 

La paradoja de Francia

 

La pauta la marca la Provenza, una región especializada en la que el color que manda es el rosé y que, en los últimos tiempos, ha recibido a una nueva ola de bodegueros que se suman a los grandes nombres locales, como los Domaines Tempier y Ott. Hombres de negocios dueños de châteaux como el aristócrata inglés Lord Bamford o Sacha Lichine –ex Château Prieuré-Lichine  en Margaux– o celebridades del mundo del espectáculo como la pareja Brad Pitt-Angelina Jolie firman las etiquetas de unos vinos que pueden cotizar por encima de los 100€ en casos tan notorios como el Garrus de Château d’Esclans, seguramente el precio más alto que se paga en el mundo por un vino de color rosa.

 

¿Qué tiene el rosado provenzal para ser tan importante? No hace mucho era un vino de turistas, el perfecto compañero de bullabesas y ensaladas en las terrazas de la costa, pero ahora ha adquirido dimensión mundial y su modelo se imita en los cinco continentes. Son vinos pálidos, de color más asalmonado que rosa, que se obtienen de mosto yema con leves aportes del prensado suave de hasta 15 variedades locales. Prácticamente nunca se elaboran por maceración como los nuestros y, desde luego, se llevan la mejor uva de sus parcelas, clasificadas en ocasiones como Grand Cru. Viñedos viejos, vendimias manuales con mesa de selección, fermentación en tinos de roble y crianza en barrica o en depósito con removido de sus lías… Todo forma parte de unas prácticas más cercanas a la elaboración de un blanco borgoñón que de lo que se lleva por otras tierras.

 

Las estrellas del momento son los vinos del Chàteau d’Esclans, propiedad de Lichine desde 2006, con Garrus, el rosado más caro del mundo, a la cabeza, y detrás Les Clans y Rock Angel. Provienen de 45 hectáreas en lo mejor de la Costa Azul, entre Cannes y Saint Tropez, en las que destacan los viñedos casi centenarios de garnacha secundados por un repertorio de variedades locales. Son vinos de inspiración bordelesa, de complejidad varietal y elaboración minuciosa en barrica. En la misma liga juegan el Miraval de la pareja “Brangelina”, La Sauvageonne de Gérard Bertrand, clásicos como el Clos Mireille y los Chàteaux de Selle y Ramassan del Domaine Ott y una pléyade de secundarios interesantes.

 

También en Provenza, la denominación Bandol se especializa en la variedad mourvèdre, pariente muy cercana de nuestra monastrell y materia prima ideal para rosados sofisticados como la Cuvée Anaïs de Domaine de la Ribotte o el Château Pibarnon. Y en la misma área mediterránea, el Ródano atesora dos AOC de larga tradición que viven una nueva juventud: Tavel y Lirac, dos zonas garnachistas en las que los vinos toman un rosa más cargado y “español”.

 

En la otra orilla, el Atlántico, Burdeos despierta y hay propiedades como el Château Brown de Pessac-Leognan que desde su primera añada rosa –fechada en el año 2012– han adoptado los métodos de vinificación y crianza de la tierra para un vino de alta gama. En su estela, otros como Château de Sours –que ahora pertenece al archimillonario Jack Ma, el célebre fundador del grupo chino Alibaba– que forma parte de su plan de crear un mini Versalles en la zona de Entre-deux-Mers. Y la ribera del Loira ofrece sus pálidos y esbeltos pinot noir de propietarios como el Domaine Vacheron, en Sancerre.

 

La conexión española

 

España es el segundo productor de vino rosado del planeta pero, a diferencia de Francia, exportamos más que bebemos. La tendencia de las últimas décadas hacia vinos casi tintos, muy golosos, se ha invertido y hemos adoptado el rosado “a la provenzal” de forma tan rápida que, hoy, muchas casas ofrecen su rosa “tradicional” de sangrado y un “francés” pálido, más delicado, herbal y acídulo.

 

Navarra fue el punto de partida de los rosados populares en los años 70 y de ahí ha llegado el primero en romper la barrera del precio y la ambición e incluso el dominio local de la garnacha. Chivite Colección 125 es un monovarietal de tempranillo de la Finca Legardeta fermentado y madurado en roble, que tiene continuidad en estos días con el nuevo Las Fincas elaborado en colaboración con Arzak.

 

El listón del precio volvió a subir con Le Rosé de Antídoto de Bertrand Sourdais en una curiosa conexión Loira-Ribera que reivindica el antiguo y desaparecido clarete de la zona, por lo que ensambla tempranillo, garnacha y albillo mayor, la uva blanca del Duero. Aún más lejos va el Pícaro del Águila, etiquetado como clarete ecológico que  combina hasta 10 tintas y blancas al 50% –blanca del país, bobal, garnacha, albillo, tempranillo gris…– y madura en roble hasta 20 meses. Sin olvidar esos riojanos que, como Tondonia que elabora el único Gran Reserva en rosa, o como el Primer Rosé, el nuevo lanzamiento de Marqués de Murrieta que es un varietal de mazuelo, así como el siempre fiable Muga, han mantenido la bandera del rosado “serio” casi en solitario.

 

El Nuevo Mundo observa muy atentamente estos movimientos y países como Nueva Zelanda, Chile y Sudáfrica se están sumando a la ascensión del vino rosado al paraíso de los grandes. Veremos muchas novedades en los próximos años.

 

 

 

¿Cómo son los rosados de moda?

 

Son muy distintos a los rosados-golosina: más campestres, cítricos y herbales que directamente frutales y su paladar, en vez de tirar hacia lo dulce, se centra en el volumen que aporta la crianza con levaduras en armonía con la acidez frutal. Son vinos muy gastronómicos que pueden evolucionar bien en la botella entre unos tres y cinco años y que se diferencian por la fantasía de sus creadores a la hora de diseñar las botellas. Cada marca utiliza unos formatos diferentes que a veces parecen inspirados en el champagne y que reclaman la atención de un público femenino y juvenil que compra cada vez más vino.

 

 

 


 

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1 Comentario
Alberto
Fecha: Martes, 19 de julio de 2016 a las 11:35
Y no nos olvidemos de los claretes riojanos. Florentino Martínez en Cordovin es un buen ejemplo

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