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TIRAR COMIDA

Autor: Sir Camara
Lunes, 16 de enero de 2017

Pusieron unas croquetas de aspecto excelente ante nosotros. Estaban acabadas con panko, en vez de con el tradicional pan rallado, rallado, rallado… de toda la vida. Las manos del cocinero, un luso con probada valía en los fogones, no dejaban resquicios para la duda. Y llega el momento de la verdad, el de la cata, los comentarios, matices, valoraciones visuales, de paladar, de sabor y de recuerdo de este en la boca:
-Están riquísimas, peeero… Ya empezamos, debió pensar el bravo cocinero lusitano.

 

Es que tienen un no sé qué, un qué sé yo, que, no sé por qué me saca del esquema de los sabores que se esperan ante unas croquetas de bacalao con hongos: tienen un recuerdo dulce. Puede que haya influido el tipo de hongo que se le aportó; puede que no fuera el convencional  Edulis, que hayan puesto otro, de menos poder sápido y que haya sido aliñado con ese “algo” dulce. Vete a saber. Voy.

 

Por el camino surge el comentario de la cantidad de comida que se compra y la cantidad de comida que se tira, del protagonismo de las sensibilidades culinarias en tiempos de manifiesta penuria alimenticia; muy especialmente en las televisiones. Que no hay canal que se precie de serlo que no tenga su espacio de exquisiteces gastronómicas.

 

Y hablando de aquello, de la cantidad de comida que se tira, recordé que no hago otra cosa que pensar en ti, bolsita de hojas de espinacas, de rúcula, de canónigos. Y se tiran porque he observado, espero que sólo haya sido una partida, están envasadas húmedas, muy húmedas. Empapadas, puede que premeditadamente, para dar más sensación de frescura. Y, claro, si no se usan de golpe, lo siguiente será tirar la bolsa. Así fue, tras sacar unas hojas de espinacas para ponerlas en el interior de una pizza calzone casera, el resto, cuando se pretendía al día siguiente añadirlas a una ensalada con tomate y queso Feta, fueron a la basura. Y la rúcula, y los canónigos, como ya dije.

 

Pasados los días surgió la conversación de la recuperación de la normalidad alimenticia, el recato, la dieta tras las fiestas navideñas, etc, y me comentan que eso no se puede poner en marcha hasta bien entrado el mes de marzo, cuando ya no quedan restos de turrón, frutas escarchadas, chocolates, polvorones, roscos de vino… No vas a tirar eso, de grandes marcas y buen comer…

 

Por cierto, ahora que salen a escena estos productos, me viene a la memoria gustativa el sabor del turrón de Jijona y, no sé por qué, se me sitúa en las croquetas del comienzo. 

    -Oye, pues yo diría que sí, que ese dulzor era de…

 

Tirar comida es un doloroso trance si no se sabe comprar o no se sabe conservar los alimentos con garantías -hay ocasiones que piden trasladar aquello al contenedor de los residuos orgánicos-, aunque con los restos de las felices fiestas se puedan hacer verdaderas maravillas como aquel puding que hizo con turrón hace años la jefa.

Voy a bajar la basura. Mediten. Pues eso.

 

 

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