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Los gustos y los caminos

Cuando el frío

Autor: César Serrano. Ilustración: Máximo Ribas
Jueves, 30 de marzo de 2017

A Teófilo Cositas Antúnez nunca le gustó la coliflor, no solo por su penetrante olor a azufre, no, a Teófilo Cositas la coliflor siempre le arrastró a aquel internado de Picote de Traslasierra, donde un día le llevaron sus padres, y a donde desde el Mercado Central de Abastos llegaban camionetas enteras cargadas de coliflor.

Después, el olor a azufre que, como el frío, todo lo podía en aquel destartalado internado. Frías eran también las manos que durante la noche se deslizaban de forma asquerosamente lasciva por su cuerpecito helado. Sí, todo era hediondo en aquellos días de desgarradoras soledades y de olor a azufre.

 

Cuando terminó el internado vinieron los estudios de Magisterio en la capital de Traslasierra y de nuevo el olor a azufre, las soledades, ahora, en la pensión Quintana, donde hasta una habitación húmeda y fría llegaba desde la cocina aquel olor a coliflor que tanto le acongojaba, y que tan insistentemente le trasladaba a los días del carámbano.

 

No sería hasta bien entrados los setenta cuando al Cositas le cambiaría el paladar y el olfato, y con ello la memoria de los gustos, de los aromas, también la del frío.

 

Frío, mucho frío aquel día en que a Teófilo Cositas le cambió el gusto. Fue un día en que una enorme cencellada se apoderó del paisaje de Camocho de Traslasierra, allá donde ejercía su recién estrenado magisterio, en una escuela tan fría como aquellos pabellones de la nunca lejana infancia. Ocurrió al volver a casa tras un dictado, la conjugación del verbo amar, un recorrido por los golfos y cabos de la península y un par de problemas.

 

Llegó a la fonda entre convulsiones de una gran tiritona, y fue entonces cuando el ama se compadeció de aquel cuerpecito helado, lo cogió entre sus brazos, lo arrastró hasta su alcoba y allí lo hizo suyo hasta hacer que se le olvidasen todos los carámbanos, todas las noches frías del destartalado internado. Después de haberlo tomado, de haberlo hecho suyo, la patrona de la fonda le dijo: “¿Y si nos vamos a comer, cosita mía?”. Sobre los fogones, aún humeante, una cazuela repleta de coliflor en salsa, perfumada de azafrán. Sí, fue ese día cuando a Teófilo Cositas Antúnez le cambió para siempre la memoria de los gustos.

 

Un día, pasado el tiempo, le recordaba yo esta historia al Cositas y él me diría: “Eso te lo habrás inventado”.

 


 

 

 

Coliflor en salsa

 

Ingredientes

 

  • 1 coliflor
  • 1 cebolla
  • 1 pimiento rojo
  • 2 dientes de ajo
  • 100 g de harina
  • 2 huevos, azafrán
  • 1 hoja de laurel
  • 1/4 litro de aceite
  • agua y sal

 

Elaboración

 

En una cazuela a fuego medio, ponemos a hervir la coliflor (cocción ligera). Tras este primer hervor pasamos la coliflor por la harina y el huevo, y freímos. Luego se pica muy fino el ajo, la cebolla y el pimiento, que pocharemos junto a la hoja de laurel a fuego muy suave. Con el pochado a punto añadimos una cucharada de harina y movemos para evitar que se pegue y se queme. A continuación echamos el azafrán, el agua y el resto del huevo del rebozado. Damos un par o tres de vueltas e incorporamos la coliflor, y en diez minutos tendremos un poderoso plato contra los carámbanos.

 

 

 

 

 

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