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Hasta la cocina

Con un par

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Sábado, 1 de abril de 2017

El arriba firmante, que es un insensato, en lugar de hacer caso a las indicaciones de los médicos del seguro que tienden al catastrofismo y al deporte, se fija en lo que comen las buenas gentes por ahí adelante para sobrevivir en este valle de lágrimas.

Uno coge de acá, de allí y de allá lo que le conviene, y de esta forma y tan guapamente está en paz con su conciencia culinaria que es como una concuñada insoportable. ¿Que uno está gordo como un tonel? Me resigno y le echo la culpa al metabolismo. “Salgo a mi tía Rosita, que era calva y gorda como yo”, les digo a mis vecinos de escalera. Fumo puros porque Robaina, cuando estuve en La Habana, me ordenó que lo hiciese hasta mi fallecimiento y uno que es bien mandado le hace caso y mientras tose grita “¡Viva la revolución!”. Ceno todos los días del año queso y una manzana, y aquí me tienen hecho un chaval a mis 85 tacos.

 

–Pues mire, señor Vilabella, el queso curado es malísimo. Hay que huir de los lácteos como de la peste –dice el curioso lector en plan repipi.

 

Y el lector tendrá razón, pero yo miro a nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos y los veo exultantes, delgados y gozando de una salud estupenda a pesar de ser unos consumados devoradores de queso. Los médicos, cuando la vida les lleva la contraria, le ponen al fenómeno nombre de enfermedad. A eso le llaman la paradoja francesa. Si tiene usted 85 años, toma 12 pastillas, hace el amor diariamente, camina sin dificultad 10 kilómetros al día, se bebe un par de tintos y un destilado después de comer y antes un aperitivo con los amigos; si es usted creativo, discutidor, polemista rápido de reflejos y viste con el desgaire de los viejos dandis, no se preocupe de lo que digan los médicos y fíjese en la vida. Eso de no tener futuro puede ser maravilloso. Despilfarre, despréndase de las cosas, no se afeite, vista como le dé la gana, sea feliz y si puede enamórese todos los días, aunque sea –nadie es perfecto– de la misma mujer. La vida es lo mejor de la vida y la vejez es lo mejor de la muerte. “¡Viva la muerte!” gritaba el bárbaro general franquista y nosotros, los ancianos actuales, gritamos todo lo contrario, aunque veamos cómo se acerca a nosotros, con pasitos de bebé, la muerte irremediable y certera.

 

Los productos, como los hombres, nacen y mueren cada día y unos pocos se incrustan en nuestra vida y como las visitas pesadas no se marchan nunca. Ahí está el huevo. Mírenlo, observen su arquitectura perfecta e inestable, cómo rueda veloz y se lanza de la encimera al suelo con impecable estilo. Pudo haber estado ausente de nuestra dieta si el lector/lectora, o sea, ellos y ellas, se quedan ensimismados e ensimismadas y en lugar de mirar a la vida se observan el ombligo con curiosidad científica. “¿Puede haber algo mejor que un huevo frito?”, se pregunta el firmante y él mismo se responde: “Sí, dos huevos fritos”. Tres ya es toda una orgía, algo solo al alcance de los valientes de pelo en pecho. ¿Puede ser insano algo que los ingleses y americanos desayunan cada día? Volverán las recetas de huevos que dábamos por desaparecidas. Volverán los huevos al plato y a la flamenca y también la tortilla al ron. Los cocineros novísimos bucean en los recetarios clásicos, son violadores de tumbas que miran a los difuntos con buena pinta y le dicen al huevo, con confianza y desvergüenza, como el que descubre el Mediterráneo: “Lázaro, levántate y fríete”.

 

 

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