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Comer, beber, amar

Ni ring ni tweet

Autor: Mayte Lapresta
Domingo, 16 de abril de 2017

Suena un insoportable tono musical agudo en el fondo de la sala. El actor detiene la interpretación dirigiendo una furibunda mirada a la audiencia. Los inicios de nuestra vida con telefonía móvil nos daban de bruces con situaciones como ésta...

Ahora la falta es más grave. Más dura. Más inaceptable. Los espectáculos, conciertos, exposiciones, congresos, conferencias, películas se convierten en fondos de selfies, se interrumpen con flashes incómodos o se comparten con la conversación de turno en WhatsApp. ¡Señora, baje el móvil que yo he venido a ver la obra! Estamos pero no estamos. Hacemos para contar y con ello nuestra realidad se transforma en una mala fotografía o en un soporífero vídeo. Contemplamos el mundo desde la pantalla del smartphone y pasa ante nuestros ojos sin pararse. Por no perdernos nada, nos perdemos todo. Traigo este recurrente tema a mis escasas líneas porque he tenido la suerte de cenar en Enigma, la novedad de Albert Adrià. Sí, lo sé, me envidiáis. Pero a lo que iba. Nada más atraviesas el umbral de este templo gourmet una señorita muy educada ruega a los futuros comensales que se abstengan en lo posible de comentar los platos a degustar en redes sociales, que eviten las fotos en lo posible. Quieren mantener la sorpresa.

 

Aun así, nadie se despega del maldito aparato. Poses, comentarios, vídeos… Oliver Peña, el jefe de cocina, aboga por medidas más tajantes: “Yo obligaría a dejar el móvil en la entrada”, afirma. Yo lo hice. Dejé el infernal teléfono-cámara-grabadora-navegador en el guardarropa, dentro del bolso. Y me gustó. Viví plenamente la experiencia sin distracciones (no se trata solo de comer sino de cómo se come y el juego que se crea en torno al momento), con buena conversación cara a cara. Todo olía más, sabía más, me gustaba más. Tres horas que pasaron volando. Al salir, instintivamente, busqué el móvil con la ansiedad de haber estado incomunicada. Una sonrisa. A medio camino, cuando ya asomaba una esquina de la pantalla, aborté el intento. Seguro que podía esperar.

 

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