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Los gustos y los caminos

Beber para olvidar

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Lunes, 29 de mayo de 2017

Cada uno tiene sus razones para beber y hay algunos que lo hacen para olvidar.

–Usted, don Cosme, ¿por qué bebe? –le pregunto al conocido pedicuro.

 

–Yo bebo para olvidarme del pésimo partido que hizo el Real Madrid en la última jornada.

 

Cada uno tiene sus razones y todas son respetables. El que bebe para olvidar se olvida de unas cosas y recuerda otras, que, generalmente, proclama a voz en grito. Los vinólogos estrictos creemos que en realidad el sujeto que bebe para olvidar lo hace realmente para recuperar un recuerdo que el vino convierte en remembranza surrealista, en visión exagerada, en flashback que regresa cuando es requerido. Es, mal comparado, como tener en vídeo una experiencia poco grata que el vino hace regresar. En este caso el vino o el destilado son el vehículo apropiado que transporta recuerdos en el tiempo y en la distancia; para tal menester absténgase el bebedor de utilizar cervezas, sidras de escanciar o refrescantes gaseosas. En este caso lo mejor para el experimento es el tintorro peleón porque el olvido es un drama, una tragedia íntima, no una cata de bebedores enteradillos ni una reunión de vinólogos esnobs. El alcohol solo es el hipnotizador, el médium, es un taxi que te lleva en volandas al pasado o al futuro.

 

–Don José, no sea usted exagerado. Nadie bebe para olvidar el futuro– me dice con ironía el curioso lector.

 

Craso error. En los tiempos que corren algunos beben para olvidarse de lo que ha de venir. El futuro siempre es incierto, como el reinado de Witiza, pero hogaño es absolutamente impredecible. El caos económico, la injusticia generalizada, la pobreza sobrevenida propicia la borrachera y la juergacha algo patética. Es el desmadre del horror que tiene algo de grito y de aullido desesperado. La gente de mediana edad bebe para olvidarse de la muerte; no la muerte de los otros, sino la propia muerte. Al viejo, al octogenario, la muerte no le horroriza porque la espera. La muerte va llegando en cómodos plazos; te envía el lumbago, la artritis, el cáncer basocelular. Se aproxima, se sienta en tu salón, utiliza tu inodoro, se pone tus calzoncillos. El viejo, el octogenario que lleva la muerte en su mochila, teme la enfermedad o el dolor y mira a la parca a los ojos, le hace un guiño, le habla de tú, la considera como esa compañera que puede ser clemente o cruel, según sople el viento, y que pronto, aunque tarde unos añitos en presentarse, le conducirá al más allá.

 

El mal de amores es el más frecuente de los motivos de emborracharse para olvidar. En este caso el beber tiene aire de tango o de ranchera, música de corrido, sintaxis de milonga. El vals, el pasodoble y la muñeira no son música de muerte, sino de vida. La juventud es una fiesta en sí misma aunque la vida maltrate a veces al joven, le obligue a ser un héroe, le haga recorrer los caminos del éxodo. El beber para olvidar a una mujer ingrata o a un hombre inadecuado es un clásico de la borrachera del olvido. Los taberneros distinguen, a la primera ojeada, al que le gusta el vino o bebe para olvidar, al que se toma una copa con los amiguetes o se coloca en un rincón y permanece pensativo, tristón, con el corazón partido. No hay naufragio como el primero. El primer desamor no se olvida, aunque bebamos para olvidarlo. El segundo, el tercero y el cuarto se olvidan solos, no es necesario beber; son solo naufragios en un vaso de agua.

 

 

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