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Yolanda García Viadero

Valduero, estilo propio y paso firme en la Ribera del Duero

Autor: Amaya Cervera. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Viernes, 1 de septiembre de 2017
Noticia clasificada en: Vinos D.O. Ribera del Duero

Quizás por su veteranía en Ribera del Duero o por la personalidad de las hermanas García Viadero, Valduero escapa a los clichés. ¿Cuántas bodegas pueden no elaborar en una añada si consideran que no está a la altura?

Los años acabados en tres coinciden con algunas de las peores cosechas en la historia de la Ribera del Duero. En Valduero se han saltado 1993 y 2003 para sus tintos, y en 2013 los descartes fueron más que notables.

 

Tras las fuertes heladas de finales de abril, 2017 tampoco será fácil. “Creo que tendremos una vendimia muy corta en cantidad pero muy larga en el tiempo”, pronostica Yolanda García Viadero. “Es un año para viticultores que analicen lo que ocurre y no traten la viña como siempre. Las recetas no valen. En una cosecha normal voy a la viña una vez por semana; este año estoy yendo tres”.

 

Yolanda García Viadero es la cara visible de Bodegas Valduero junto a su hermana Carolina, que está al frente de la exportación. Este capítulo es especialmente importante en esta casa (lo ha sido siempre), ya que, de manera muy atípica en Ribera, el 78% del vino se comercializa fuera de España.

 

Los vinos son hijos de Yolanda: los piensa y los madura desde el viñedo. Si se le pregunta qué les diferencia de otros productores, siempre habla de coherencia: “Todo el proyecto es coherente: un viñedo dimensionado a la producción de la bodega, coherente en precio y con unos beneficios empresariales honestos”. Si se trata de definir el estilo: “Teníamos muy claro que la idea era hacer vinos de guarda”, responde sin vacilar.

 

Una epifanía de vino

 

Yolanda probó un Imperial de Cvne cuando tenía 15 años y le pareció lo suficientemente especial como para decidir, en ese preciso instante, que se dedicaría al mundo del vino. Unos años después, su padre, Gregorio García Álvarez, ingeniero industrial con larga trayectoria en el mundo de la siderometalurgia, le brindó la oportunidad perfecta cuando le ofrecieron en alquiler la cooperativa burgalesa de Gumiel de Mercado.

 

Corría el año 1984, la D.O. Ribera del Duero se había creado en 1982 y Yolanda estaba en el último año de la carrera de agrónomos. A padre e hija les pareció una buena forma de adentrarse en el mundo del vino sin necesidad de realizar una inversión importante y asegurándose el abastecimiento de uva de los socios viticultores.

 

También había vínculos emocionales. Gregorio es originario de Tordómar, un pueblecito de Burgos situado a orillas del Arlanza, muy cerca de Lerma. Sus abuelos provenían de Pozáldez, en la zona de Rueda, de modo que la tradición del campo y la viña formaba parte del imaginario familiar. Aunque luego se volcara profesionalmente en la industria y sus hijos se criaran en Madrid, Gregorio nunca perdió la vocación hacia el medio rural.

 

“Muy pronto, la vida de bodeguero nos puso ante una tesitura importante –cuenta Yolanda–. Tuvimos que decidir si invertir en uva o en bodega, y apostamos por la uva”. Aquellos primeros años de rodaje de la denominación estuvieron marcados por la escasez de materia prima. “En marzo, todos los bodegueros que queríamos hacer algo importante, ya nos estábamos peleando por las uvas de unos pocos municipios”, recuerda Gregorio.

 

Para entonces, Yolanda, que había comprado uva en distintas áreas de Ribera desde Valladolid a Soria, ya tenía claro cuál era su zona favorita. “Me di cuenta de que el núcleo de Roa, La Horra, los dos Gumieles (Izán y Mercado), Peñaranda e incluso Aranda eran espectaculares. Los suelos no son tan calizos como en Valladolid, donde suele haber más grado y menos acidez, y tampoco teníamos los problemas de maduración de Soria en añadas comprometidas”.

 

Compraron algo de viñedo viejo en La Aguilera y Gumiel de Mercado y el resto, hasta las 200 hectáreas actuales, lo fueron plantando. Unas 100 hectáreas están situadas alrededor de la bodega en Gumiel de Mercado sobre suelos arcillo-arenosos, mientras que casi otras tantas se encuentran en una zona un poco más alta, en Villanueva de Gumiel, muy cerca de Peñaranda donde las tierras son más rojas y arcillosas. En La Aguilera, en cambio, hay más arena y guijarro. “Nos molestamos en coger estacas de tinto fino de la zona y mandarlas injertar”, remarca Yolanda. Además, todas las nuevas plantaciones se realizaron en vaso.

 

El terruño visto por Yolanda

 

En Valduero se apuesta por una viticultura muy tradicional con abonos naturales a base de excrementos de oveja y rendimientos medios de 3.000 kilos por hectárea, aunque la certificación orgánica no es un objetivo. Otro elemento clave es la ausencia de riego: “No queremos factores que cambien ni el suelo ni el clima”, explica Yolanda.

 

La mayor de las hermanas García Viadero tiene su particular concepción del terruño: “Hacemos la selección en viña y cada uno de los vinos sale cada año de una zona diferente en función del clima. No entiendo que una viña dé un gran vino siempre. El concepto de vino de viña es muy francés, porque tienen suelos más homogéneos y unas condiciones climáticas más benévolas. En Ribera del Duero nos afecta mucho la sequía y el frío, y la altitud es determinante. El clima tiene mucho más peso que en Rioja o Burdeos y es un factor limitante”.

 

¿Qué opina de una posible zonificación en la denominación? “Considero que no es del todo necesario y además es un tema muy complicado en Ribera. En los últimos 30 años he visto gente que pensaba que una zona era estupenda, pero luego han pasado a decir que había otra mejor y luego otra”.

 

Yolanda no es fácilmente encasillable por su visión del mundo del vino. Critica abiertamente el modo en que la Ribera se ha dejado influenciar por Robert Parker: “Se nos ha impulsado desde fuera a la recogida tardía de uva para conseguir mayor color y grado. Con 15 grados de alcohol es muy difícil hacer grandes vinos”. Le molesta que nombres clave del vino español lleguen a la zona más para completar su gama y tener etiquetas de las regiones más afamadas que para elaborar grandes tintos. Se negó a hacer el verdejo de turno en Rueda y prefirió trabajar con la albillo local de la que tiene 12 hectáreas. Y jamás ha defendido las viñas viejas porque sí: “Cuando llegamos nos encontramos con mucha viña vieja, pero no toda era buena; había mucho pirulés [variedad blanca] y garnacha poco interesante, con uvas gordas que no daban color”.

 

En elaboración busca que la concentración se haga en el campo –por la vía de los bajos rendimientos– y no en bodega, donde los encubados son especialmente cortos. Trabajan con las levaduras que vienen de la viña, tanto en fermentación como en maloláctica: “Puedo tener problemas en añadas cálidas para terminar la fermentación, pero nunca para arrancar”, puntualiza.

 

El arte de envejecer

 

Después de probar el envejecimiento de sus vinos en un viejo calado subterráneo del pueblo, la familia decidió reproducir estas condiciones en sus propias instalaciones. La visión de ingeniero industrial de Gregorio García Álvarez fue determinante para aprovechar las condiciones naturales que ofrecía una colina situada en la propiedad. Desmontaron la pequeña montaña para construir tres galerías abovedadas dedicadas a fermentación, crianza de primer año y botellero, y las volvieron a cubrir con los cinco metros de tierra originarios. De esta manera y de forma totalmente natural se consiguen 14 grados de temperatura constante durante todo el año.

 

La obra se complementa con casi 1.000 metros lineales de cuevas subterráneas que llegan hasta los 20 metros de profundidad donde envejecen en segunda instancia todos los reservas y grandes reservas.

 

Aparte de las condiciones de temperatura y humedad, Yolanda también se sirve para los tintos de gama alta de una combinación de maderas de distintos orígenes (roble francés, americano y de países del Este de Europa) y edades, ya que combina madera nueva y barricas de hasta cuarto año.

 

El estilo de los tintos es un tanto clásico y austero; reflejan esa Ribera de clima extremo que necesita tiempo para limar los taninos y no hay duda de que los vinos están pensados para el largo plazo. Tal y como lo ve Yolanda, “los ‘riberas’ dan cosas especiales a partir de un cierto envejecimiento” y, de hecho, su tinto básico que es el Crianza pasa 15 meses en barrica. Para ella, ésta es una categoría en la “no hay que escatimar barrica y botella”. El Valduero Reserva va más allá y sale al mercado con 30 meses de barrica y 18 de botella.

 

Apuesta por la calidad

 

Por otro lado, Una Cepa es un vino más goloso y explosivo desde el punto de vista frutal. Apoyado en viñas de muy bajos rendimientos, cada cepa da para una sola botella; de ahí el nombre. Con 18 meses en barrica y 12 en botella sale al mercado con contraetiqueta genérica. Esta es la única –y pequeña– concesión: “Yo no hago vinos modernos, ni los voy a hacer nunca”, afirma.

 

Los tiempos de envejecimiento se alargan notablemente en Valduero 6 Años (36 meses en barrica y 36 en botella), un reserva que se elabora “por la nariz” y que procede de viñedos de apenas 2.000 kilos por hectárea. “Todo el mundo intenta impresionar con estructura en boca, pero no piensan tanto en la nariz”, dice Yolanda, quien quería tener un vino que oliera “tan bien como Rioja”. Existe además un escasísimo 12 Años de precio estratosférico(unos 700 €) y menos de 1.000 botellas. Se elaboró por primera vez en 1999 y volverá a salir al mercado con la cosecha 2004.

 

La de Valduero no es, desde luego, la Ribera más llamativa y exuberante, pero tiene mucho de su esencia y también de la visión y la experiencia de 30 años de Yolanda García Viadero al pie del cañón. Tampoco es fácil buscar referencias de sus etiquetas, porque no se envían habitualmente a las guías: “Yo no hago vinos para las mesas de cata de los críticos, sino para las grandes mesas donde se disfruta el vino”, sentencia esta enóloga que tuvo que lidiar en un mundo de hombres a su llegada a esa Ribera de cooperativas en los años 80.

 

Hoy se trata de tú a tú con todos los históricos y es la vocal más antigua del Consejo Regulador. Su mayor deseo: que se apostara más por la calidad. “Somos jóvenes en la comercialización de vinos de un cierto nivel y es una pena que el crecimiento en calidad no haya sido el gran objetivo. En España somos muy de bajar precios”, reflexiona. “Aquí lo que impera es eso de que yo me hago mi roble”, ironiza. Pero como habrán notado, Valduero también se ha saltado esa categoría.

 

 


 

Relevo generacional

 

Valduero es antes que nada una bodega familiar: la vuelta de Gregorio García Álvarez al mundo rural apoyado desde el principio en su hija Yolanda, y posteriormente también en Carolina. Nos interesamos por saber más de la siguiente y aún joven tercera generación. Si Carolina tiene un niño de dos años, Yolanda tiene dos hijas de 19 y 11 años a las que de momento no quiere condicionar. Ella es de la opinión de que “la vida hay que tomarla a sorbitos, como los buenos vinos”.

 


 

Club Membresía de la Tenada

 

Esta iniciativa de venta privada reúne a socios ilustres como Antonio López, Mario Vargas Llosa, Plácido Domingo o David Trueba junto a grandes aficionados y empresas. Hay un espacio físico en la zona de galerías subterráneas destinado a este club singular donde se pueden ver numerosas barricas firmadas y dedicadas. El nombre y la ubicación se corresponde con la existencia de una antigua tenada, que no es sino una humilde construcción de pastores donde guarecerse del mal tiempo.

 

 

 

 

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