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Carácter riojano

Rodolfo Bastida, director de Ramón Bilbao: neoclásico

Autor: Luis Vida. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Martes, 3 de octubre de 2017
Noticia clasificada en: Vinos D.O. Ca. Rioja

Este grupo que elabora en distintas zonas de España tiene su sede en Haro, desde donde surgen las directrices que marcan el devenir de la compañía. Rodolfo Bastida, su director general, cuenta cuáles son los caminos por seguir.

Nacido en La Rioja, pero desganado del vino a pesar de la tradición familiar, descubre su vocación de enólogo cuando estudia Ingeniería Agrícola en la Universidad de Zaragoza. Allí brota una pasión por la viticultura que le ha llevado a ser hoy director general del conglomerado de bodegas del Grupo Zamora Co: Mar de Frades en Rías Baixas, Cruz de Alba en Ribera del Duero, Palacio de la Vega en Navarra, más el buque insignia que es la riojana Ramón Bilbao, una casa histórica de Haro que no pertenece al grupo “seminal” de pioneros de mediados del siglo XIX, pero cuyo nombre –perfecto para un rioja nacido en los felices años 20– la ubica en el grupo de los clásicos y que, desde hace casi un par de décadas, sorprende por su inquietud y carácter innovador. Bastida tiene allí la oficina desde la que coordina al equipo de enólogos, casi siempre profesionales locales “muy del terruño ya que, al ser de la región, conocen sus costumbres y están bien relacionados en sus zonas”.

 

¿De dónde vienen los aires de vanguardia que se respiran en Ramón Bilbao?

 

Estamos en Haro, en la Rioja Alta, y somos muy conscientes de nuestras raíces pero, al mismo tiempo, creemos que con los ingredientes tradicionales –como pueden ser la tempranillo en Rioja o la verdejo en Rueda– se pueden hacer cosas distintas. Hasta finales de los años 90, la bodega vivió de las gamas clásicas de crianza, reserva y gran reserva, si bien hemos ido incorporando otros vinos, como Edición Limitada y Viñedos de Altura. Tenemos un departamento de innovación que está continuamente experimentando y cualquier cosa que vemos o aprendemos por ahí la estudiamos y filtramos a través de nuestra forma personal de ver el vino, lo que hace que seamos muy dinámicos y no nos encasillemos. Queremos desarrollar nuestros terruños y tenemos vinos que son verdaderamente de municipio.

 

Su primer trabajo en el sector fue en otra bodega pionera de los nuevos aires, la desaparecida Bretón. ¿Qué aprendió allí y que se llevó a su nueva casa?

 

Bretón se fundó en 1985, un momento muy dulce para el rioja en el que unas cuantas bodegas hicieron un giro en el estilo clásico incorporando más color y fruta en los vinos. Allí dejé muchas horas, cariño y trabajo, pero también me llevé mucho conocimiento y una forma distinta de pensar el viñedo. De alguna manera, Ramón Bilbao bebió de esas fuentes que están en la raíz de giros que después hemos hecho, no solo con la ampliación de las gamas, sino incluso en los vinos que podemos interpretar como clásicos y que hoy tienen la fruta como principal elemento. La madera está, aunque intentamos evitar que tenga una presencia muy evidente.

 

Los vinos “municipales” de los que habla están de plena actualidad, pero el Consejo Regulador de la D.O.Ca. Rioja ha aplazado su definición, a pesar de admitir los de paraje calificado. ¿Habrá que autorizarlos pronto? ¿O basta con eso y con las subzonas actuales?

 

Rioja da amparo a muchos viticultores y bodegas y cada uno busca su identidad y su forma de transmitir la personalidad de sus viñas. Hasta ahora, crianzas y reservas han sido importantes figuras de calidad, muy bien entendidas por un consumidor que, sin embargo y a nivel global, no se conforma con esto y nos está demandando un ejercicio de profundidad. El sistema tradicional ha sido la mezcla, los vinos de ensamblaje que potencian distintos aspectos de las subzonas, pero hablar solo de tres es demasiado genérico, son demasiado grandes y se puede hacer zoom para llegar a sitios más concretos. En la misma Rioja Alta no tiene mucho que ver lo que se hace en Navarrete o Fuenmayor –en un valle abierto con más influencia del aluvión del Ebro– con lo de Cárdena o Cordovín, más pegadas a la sierra, con terrenos más arcillosos y la roca madre más cerca; o lo que se puede hacer en Villalba, que es el punto de corte en el que la influencia climática cambia del Mediterráneo al Atlántico. A veces una simple carretera –como ocurre en Ábalos, un pueblo que conozco muy bien– separa dos viticulturas totalmente distintas, tanto que hasta el clon de la variedad de uva puede ser diferente, lo que se aprecia en la hoja, la forma de la planta y su productividad. Todo esto va a seguir avanzando y no es cuestión de que la D.O. quiera o no amparar el vino de paraje o de municipio. Hay personalidad en cada uno de los pueblos y es importante para la percepción de la calidad si nos dirigimos a un consumidor más implicado, que quiere saber más, localizar geográficamente los vinos, y que es quien finalmente va a poner todo en su sitio.

 

¿Cómo se lleva el tamaño de una gran marca con este trabajo minimalista?

 

El estilo de Ramón Bilbao tiene como ingredientes el terreno de la Rioja Alta, el conocimiento de sus viticultores y todo el acervo de la región. Tenemos viñedos singulares que trasladamos a vinos concretos y tenemos clarísimo que no se mezclan las uvas de dos parcelas, aunque solo sea porque se vendimien con una semana de diferencia: van a depósitos distintos, se trabajan de diferente manera y hasta en la crianza se mantienen por separado. Una vez un periodista inglés me preguntó cuántos vinos hacemos al año y le respondí que “tantos como depósitos de fermentación tenemos”. Al hacer los ensamblajes, se nota que son distintos a nivel de acidez, de color… aunque solo sea porque esa uva entró con el rocío de la mañana y tres grados más fresca.

 

Hace poco leí que decía que “nos hemos pasado de sofisticación y eso nos está pasando factura…”.

 

Es real. Hemos dado sofisticación sin suficientes explicaciones. Hemos engolado excesivamente el consumo de vino, lo hemos alejado del día a día y eso pasa factura porque el consumidor ha decidido dedicarse a otras bebidas que encuentra más fáciles. El vino hay que explicarlo. Los que nos visitan en bodega catan, además de los vinos “finales”, el mismo tinto envejecido en roble francés y en americano. Traslada esto al viñedo o a cualquier otro aspecto. Consejos, asociaciones y bodegas debemos implicarnos en esta comunicación. No nos podemos olvidar de que el vino no es refrescante, no te quita la sed: lo tomas con un punto totalmente hedonista, para disfrutar. Pero no conozco una bebida mejor que abrir en una cena con amigos, todo es más fluido.

 

¿Bebemos demasiada madera?

 

Históricamente se ha considerado que un vino con barrica era mejor, pero eso está cambiando rápidamente. Quizá no hay que usar menos madera, sino utilizarla de otra manera. La barrica nos aporta cosas muy interesantes que no tienen que ver con el propio sabor del roble, que es una consecuencia, sino con una longevidad que no hay otra manera de conseguir. Si tuviésemos una barrica que no impartiese sabores, pero que garantizase polimerización y microoxigenación, la forma tan perfecta de sedimentación que se consigue… Todo eso va dando complejidad, finura y elegancia. Para mí, el vino perfecto es con barrica.

 

¿Vuelven a tener glamour los gran reserva?

 

¡Me encantan! En nuestro mercado internacional están viviendo una segunda juventud. Encierran muy bien la esencia de la Rioja Alta, una zona especialísima para elaborarlos porque el suelo y el microclima dan una acidez muy concreta que no se puede obtener en otras tierras y que hacen al tempranillo muy longevo. Muy pocas regiones del mundo son capaces de dar vinos que vivan tanto tiempo en la bodega y después de salir de ella. Como los olorosos o los palo cortado, solo se pueden hacer de maneras muy específicas y en sitios concretos como Haro y sus alrededores. En los de Ramón Bilbao mantenemos el estilo de la casa, con menos madera de lo que es tradicional y mucha fruta, pero de otro tipo, más cerca de la fruta roja.

 

¿Vivirán tanto los riojas “a la moderna” como Mirto?

 

Al principio, se puso muy en duda la longevidad de este tipo de vinos que se decían “de alta expresión”, pero hemos hecho catas paralelas de su primera añada (1999) con nuestro gran reserva del mismo año, un patrón clásico de larga vida ya demostrada, y tiene una expresión diferente, otros matices: es más frutal, con más compotas y balsámicos, pero a los dos le queda mucha vida. Al final, es el terruño el que manda.

 

 

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