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Prima la materia

Todo lo que debes saber de las naranjas, vitamina en vena

Autor: Álvaro López del Moral. Imágenes: Aurora Blanco
Miércoles, 11 de octubre de 2017

Tras una etapa en la que fueron considerados la principal fuente de ingresos de nuestro mercado de exportaciones, estos cítricos tan nuestros hacen frente a un futuro que pasa inexorablemente por la reinvención.

Son las estrellas de las fruterías en esta época del año, cuando los cambios estacionales hacen frecuentes los altibajos en nuestras defensas. A su carácter popular y un agradable sabor las naranjas suman todo un caudal de efectos beneficiosos para la salud, ya que el consumo diario de una de ellas –bien entera o exprimida en zumo– garantiza la cobertura de toda la vitamina C necesaria para el buen funcionamiento del organismo. Además, ejercen una notable función antioxidante y combaten el desarrollo de diferentes enfermedades degenerativas, accidentes cardiovasculares y algunos tipos de cáncer; razones todas ellas que las convierten en las reinas de la huerta levantina, donde su presencia constituye un auténtico estandarte para la identidad local.

 

Sin embargo, como si se tratase de uno de aquellos antiguos melodramas de la Metro Goldwin Mayer o de algún telefilme propio del fin de semana, en la actualidad la fruta de mesa más comercializada en España se debate entre el lastre de un esplendoroso pasado y un porvenir que se adivina tan incierto como desalentador. Si queremos apreciar semejante calamidad en toda su dimensión solo es preciso advertir que, en el invierno de 1956, cuando estos cítricos valencianos representaban el 25% de las exportaciones nacionales y su desembarco en los puertos del norte de Europa era recogido por los noticiarios cinematográficos con una expectación similar a la que despertaría hoy un concierto de Justin Bieber, España entera se heló por culpa de un temporal que había arruinado previamente la campaña naranjera. Debido a esta circunstancia, el país se quedó sin fondos para importar el petróleo necesario a la hora de calentarse y nuestros abuelos se vieron obligados a desempeñar semejante menester utilizando métodos rudimentarios, tal era el peso ejercido entonces sobre la economía nacional por estas joyas hortofrutícolas. Medio siglo después, ni el turismo ni el ladrillo han ocupado el lugar que la naranja tuvo en aquellos días.

 

En la actualidad, la situación es bastante diferente. Según los últimos datos de la encuesta sobre superficies y rendimientos (ESYRCE) elaborada por el Ministerio de Agricultura, durante la última década la Comunidad Autónoma Valenciana ha perdido cerca del 20% de superficie de cultivo de naranjas, lo que ha desembocado en el incipiente cultivo de otras especies (especialmente el caqui) e, incluso, en el abandono de las tierras. La falta de rentabilidad esgrimida por los agricultores (sin subvenciones directas, la naranja tiene un coste de producción aproximado de unos 0,20 euros por kg, mientras que su venta a los mayoristas varía en torno a los 0, 15 euros por kg, dependiendo de la temporada), la práctica de esa misma política agraria minifundista que ya denunciaba el insigne Blasco Ibáñez en su obra Arroz y tartana, y, sobre todo, el hecho de que hayan dejado de ser en exclusiva productos estacionales son los principales problemas que aquejan a estos artículos.

 

Afrontando su destino

 

Pero, lejos de arredrarse, la naranja valenciana saca pecho y clama al más puro estilo de Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses: “¡Yo sigo siendo grande; son los cultivos los que se han quedado pequeños!”. Según los expertos, si quiere recuperar su antiguo esplendor esta pariente de los hesperidios debe someterse necesariamente a un proceso de transformación del sector, que incluya la instauración de planes de ayuda económicos directos para horticultores y elaboradores (la naranja puede que no sea mecánica, pero su distribución sí) y por la diferenciación de zonas mediante la creación de varias denominaciones de origen. En la actualidad solo existe una Indicación Geográfica Protegida (I.G.P.) con carácter globalizador, cuya nomenclatura responde al inspirado lema de Cítricos Valencianos. Una vez más, la diversidad despunta como una opción imprescindible.

 

En líneas generales existen tres grandes clases de naranjas, navel, blancas y sangre, que agrupan un total de 13 variedades. Destinados sobre todo al consumo fresco los naranjos navel se caracterizan por tener dos frutos, uno incluido en el otro, y entre sus modalidades se encuentra la conocida navelate, originaria de la localidad castellonense de Vinaroz. El grupo de las blancas, por su parte, suele destinarse a la elaboración de zumos y es de los que tienen mayor demanda. En cuanto a las naranjas sanguinas, cuya pulpa y corteza contienen un pigmento rojo, han ido perdiendo presencia en nuestro país paulatinamente, si bien todavía se consumen mucho en lugares como el sur de Italia. La variedad sanguinelli apareció por primera vez sobre 1929 en un huerto de Almenara, en la comarca valenciana de la Plana Baja.

 

Al margen de su mencionado potencial vitamínico, todas estas tipologías de naranjas presentan un destacable catálogo de propiedades saludables, ya que ayudan a mantener en buen estado el sistema inmunológico; depuran los órganos, regeneran los tejidos, tienen propiedades laxantes y diuréticas y son excelentes aliados para lucir piel y uñas sanos, entre otras muchas particularidades. Ahora bien, conviene señalar que su ingesta no resulta recomendable para aquellas personas que padezcan de reflujo gastroesofágico o tengan úlceras en boca o estómago, así como en el caso de quienes se vean obligados a tomar algunos medicamentos concretos, como benzodiazepinas, antihistamínicos, antihipertensivos o bloqueadores de los canales de calcio, por ejemplo. Ello es debido a que los cítricos en general anulan la acción depurativa de unas enzimas presentes en el hígado y el intestino, y su efecto originaría en ellos una acumulación de toxinas que podría llegar a resultar peligrosa.

 

Mezclas imposibles

 

De igual manera, tampoco es recomendable mezclar el consumo de naranjas con frutas dulces en general (plátanos, dátiles, albaricoques...) o con ningún tipo de féculas ni hidratos de carbono. En caso de hacerlo, se alteraría el proceso digestivo del almidón de estas substancias y podrían producirse fermentaciones anómalas en el duodeno. La solución para quienes no puedan aprovechar su torrente salutífero consiste en recurrir a otros productos, como las verduras de hoja verde, el perejil o los calabacines, también muy ricos en vitamina C. Es importante señalar cómo, pese a la fama que la acompaña, la naranja no es la fruta con mayor aporte de este nutriente. Sin ir más lejos, el kiwi tiene el doble de vitamina C, y el camu-camu hasta 40 veces más. Pero el elemento diferenciador de nuestra protagonista de hoy, aquello que podría hacerla entonar los versos de la famosa zarzuela que rezaban “¿Qué te quieres apostar, a que tengo yo una cosa que no tienes ni tendrás?”, es su facilidad para integrarse en dietas que incluyan hierro no emo (de origen animal). Dicho elemento, presente en los vegetales, es muy aconsejable pero difícil de absorber, y el ácido ascórbico puede ayudarnos a ello. Por lo cual todos los expertos sugieren empezar bien el día tomando en ayunas un green smoothie acompañado por rebosante zumo de naranja.

 

Por lo que respecta a sus aplicaciones en cocina, es en el ámbito de la repostería donde la naranja se lleva la palma, tanto la pulpa como la cáscara, que suele emplearse para aromatizar bizcochos, cremas y gelatinas. Pero tampoco resulta extraño encontrarla en brochetas, formando parte de numerosas ensaladas (de garbanzos, de arroz salvaje y de escarola con gambas, por ejemplo) o en la receta de cremas tan exquisitas como la de apio y la de calabaza. El besugo, la dorada o la lubina son algunos pescados que admiten perfectamente su presencia. Gracias a su acidez también conforma un buen acompañante para las carnes de caza y la aguja de ternera o cerdo, y es muy habitual verla integrada en guisos de la talla del ragú o el fricandó. Aunque, si uno no quiere complicarse la vida, una buena opción puede ser cocinarlas solas en el horno durante 20 minutos a unos 200 grados, con azúcar, una rama de vainilla y unas hojas de hierbabuena. ¡Que lo disfrutes!

 

 

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