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EL BIERZO A TOPE

Autor: Sir Camara
Miércoles, 18 de octubre de 2017

El otro día cuando llegué a Cacabelos y comenzaba a atardecer, miré hacia arriba y me emocioné. Soy fácil. Vi lo alto que puso Prada el concepto producto-calidad cuando aún funcionábamos con camping gas… Es para que se te pongan los de las gallinas con patatas. Del Bierzo, claro.

Pues sí, aún resuenan en mi memoria nostálgica los ecos de aquél embajador de El Bierzo en el universo al que debemos la conciencia del Godello, la Mencía, el botillo, el pimiento, las castañas, las manzanas, la empanada, las cerezas , el aguardiente y las gafas Ray-Ban de José Luis Prada allá por los años setenta del siglo pasado. Unos tiempos en los que aprendimos a distinguir las conservas, las semiconservas, sabores y texturas de las cosas de comer sencillas y tradicionales.

 

Hoy, con independencia de la proyección estelar del Palacio de Canedo, un Falcon Crest sin uvas envenenadas, y a poco que pasees por las calles de Cacabelos, repostando en  La Vino (teca) de la plaza de la Vendimia o en el grato Siglo XIX, todavía se notan los efectos de aquella gestión marketiniana de Prada. Con orgullo prudente y sin estridencias, te acercan sus maravillas culinarias con las que saben no se debe jugar.

 

Argumentos palpables  de ello me mostró Gelo, de la casa que lleva su nombre, en Villadepalos,  y que es una muestra de esos valores que hoy me inspiran. Llegamos a tiempo de comer los últimos tomates de la temporada, prolongada por  el estiramiento insoportable del verano en otoño: sabor, color y textura para triunfar en la mesa. Yo que “no soy muy de…”, esa filosofía de vida que todo lo invade, en este caso de anguilas, que es la reina de la casa y que el mismo Gelo cría y cuida hasta su momento de gloria ante unos comensales que se desmelenan en piropos, valoré la aceptación del bicho en boca de quien sabe. El local no es precisamente acertado en criterios decorativos; es, más bien, un túnel del tiempo que te traslada al año de su fundación: 1975, pero sin Guardia Mora…

 

Resumiendo, la sopa de anguilas, las truchinas, diminutas y que recomiendo, y la misma anguila son buenos referentes para afirmar que el esfuerzo del “embajador” Prada no fue algo inútil. Se sigue ejerciendo a título personal.  Luego, como atractivo añadido, pueden sugerir al propietario que les enseñe la red de manantiales, creo recordar que 17, que bajo sus pies albergan aguas tan frías como cristalinas y anguilas suficientes para triunfar entre bercianos y público en general.

 

De regreso a la base cacabeleña, encuentro en una panadería de Molinaseca,  en la que se le veían los pies al puente romano por culpa de la sequía,  un pan de centeno y trigo con nueces y pasas riquísimo y energético para los peregrinos y las peregrinas, que se dice ahora, y que hizo diabluras con un queso saladito del ya lucense O Cebreiro.

 

Al día siguiente, y guiados por las necesidades de cuchara que tenía un sector del grupo, acudimos a un espacio lineal, sin contrastes, sin personalidad… Daban plano sus sabores. Era lo que unos llaman regusto ranchero y otros comida de hospital… Y no había gato encerrado, porque los gatos no son bobos… Unas alubias blancas, por ejemplo, con almejas congeladas del pacífico que días antes había visto en una tienda entre artículos de batalla.

 

De repente, nubarrones. Las lentejas con ¿sepia?, el salpicón de pulpo, la carne guisada… todo se parecía a todo. Lo único bueno eran las patatas fritas. Pero eso no tiene mérito. Eran de aquella tierra que no sabe dar porquerías.

 

¿Y para esto puso Prada el despertador del márquetin sin tener ni idea de ello en los años setenta del siglo pasado?  Hay que evitar estos descuidos porque perjudican al colectivo que se esmera. Aunque siempre nos quedará la pulpería Compostela, en la calle santa María, La Moncloa de san Lázaro… Y la churrería que está aquí, a la izquierda, según se entra en la plaza del Ayuntamiento, y que está ensayando el churro con alioli para la hora del vermú…

 

Pues eso.

 

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