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Hasta la cocina

El crítico gafe

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 17 de diciembre de 2017

Hay en la gastronomía española un crítico gafe. Se trata de una buena persona, de un caballero que sabe lo que escribe, de un señor de la pluma que no se deja comprar por una comida gratis, que nunca come de gorra como otros.

Somos buenos amigos y me gusta su conversación. Rico por casa, es hombre apuesto y elegante, espléndido, culto y bondadoso. No es un gafe total. No. Es solo gafe a tiempo parcial y cuando ejerce como comentarista coquinario. Ahí no falla: donde pone la crítica positiva y laudatoria llega la desgracia; el restaurante se arruina, se muere el jefe de sala, el cocinero se vuelve obtuso y se le seca la vena creativa. Tiene un currículo que es un horror: 14 quiebras, siete defunciones comprobadas, innumerables roturas de piernas y brazos, impotencias sobrevenidas e infinitas desgracias menores. Mi amigo lleva su mala fama con resignación cristiana. Ha pensado varias veces en abandonar el oficio, pero le gusta comer y, como entiende, le pagan por opinar. Es gafe, gafe de verdad, un gafe auténtico, comprobado, oiga. Hace unos años su presencia perniciosa no se manifestaba cuando no ejercía como crítico, cuando no escribía y visitaba los restaurantes como un simple comensal. En ocasiones entraba en un restaurante, levantaba los brazos y exclamaba: “¡Que no cunda el pánico, hoy vengo en son de paz!”. Entonces, si no publicaba sus jugosos comentarios, las desgracias no se producían y su presencia no causaba catástrofes. Fue una época esplendorosa que mi colega añora. “¡Yo entonces era feliz, podía comer!”, me recordaba el pobre hace 15 días llorando como un niño. Pero su perfección gafística se agudizó, se hizo más sutil, más sibilina y su simple presencia como comensal ordinario originaba la desdicha ajena y llegó la etapa atroz. Le insultaban y le echaban a patadas de los restaurantes, le declaraban persona no grata en las casas de comidas. Un hijo indignado le agredió, le rompió una pierna y le dejó cojo para toda la vida al grito de: “¡Asesino, mal hombre, has arruinado el negocio familiar y acabado con la vida de mi padre! ¡Dime, canalla, por qué tenías que piropear tanto su cocina!”.

 

En España el ser gafe es una desdicha que puede desbaratar la vida de cualquiera. Es una lotería negativa y al que le toque se tiene que aguantar con el premio nefando, una manquedad del alma que no tiene remedio; es un estigma maldito que acaba con la reputación más acrisolada y  que no caduca jamás. No se puede huir; si el gafe vive en La Coruña y se marcha a Murcia hasta allí llegará su desdicha. Se trata de una mala fama volandera de tintes machistas que afecta solo a los hombres. No se recuerda en los anales de la gafería a mujeres que hayan sido tildadas de tal perversa habilidad. Si en el medievo a las brujas se las quemaba en la hoguera después de un juicio público, a los gafes, en cambio, se les empalaba sin mayores miramientos.

 

Mi amigo se retiró de la vida profesional y dejó de frecuentar restaurantes; salía a la calle disfrazado pero, no obstante, se le siguió culpando de las desdichas del sector. El mundillo culinario es pequeño, miserable y mezquino, casi familiar, los críticos de prestigio, los grandes restaurantes y los cocineros de dos estrellas en adelante nos conocemos todos. A punto de terminar este artículo recibo la noticia de su fallecimiento. Parece talmente que presentía la desgracia. Murió atropellado por un automóvil que no paró, que lo dejó tirado en el asfalto, que se dio a la fuga...

 

 

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