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Hasta la cocina

La Frontera

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 21 de enero de 2018

Tengo un libro escrito de más de 2.000 folios al que he dedicado mi vida: La cocina fronteriza.

Ese libro, que nunca verá la luz y que terminará posiblemente en cualquier contenedor de basura, desmenuza los misterios culinarios de los lugares fronterizos de Europa, los paraísos solo aptos para exquisitos. En lo fronterizo habita lo mestizo, la transgresión, lo inaudito, lo paradójico. El resto de la cocina es canon, costumbre, familia. Es la cocina de la familia, la de la abuelita, la de la pobre mamá. Es una cocina sentimental que se elabora con cariño y a fuego lento. Una mierda de cocina. Los buenos cocineros lo primero que hacen para convertirse en ciudadanos del mundo es matar a la madre y olvidar su cocina sentimentaloide. Freud aseguraba que en un momento determinado había que matar al padre. Los cocineros no. Los cocineros tienen que renegar de la madre que es la peligrosa. Quererla mucho, pero de lejos. Tener su foto, pero no dejarla nunca que opine de sofritos y guisos de cuchara. El que siga la cocina de la pobre mamá está condenado a repetirla, a elaborar una cocina todavía peor que la que hacía la difunta. La cocina fronteriza es hija natural de dos o tres cocinas; es, desde el punto de vista jurídico, una hija de soltera, una hija de padre desconocido y en esa falta de identidad radica su grandeza. Es espuria, graciosa, ingeniosa, enemiga de lo cursi, no pretende ser heroica. Se renueva constantemente y no es en absoluto saludable. Lo saludable es enemigo de lo placentero. Lo saludable es un concepto religioso que como todo lo que tiene un origen divino hay que practicar en la intimidad del hogar, lejos de la gente. Al restaurante, que es lo que uno vende en sus artículos, se va a gozar, a disfrutar, a pasarlo bien; se va a pecar. Los conceptos morales hay que dejarlos en el perchero y ponerse el alegre gorrillo de las casas de lenocinio. La gran gastronomía es amoral y, en ocasiones, cuando está de buen humor, decididamente inmoral, pervertida incluso; sacrílega, obscena, caníbal.

 

La nueva frontera ha dejado de ser geográfica y ha rebasado la raya de lo cultural. Lo mejor del mundo coquinario está por venir. Las tres cocinas vigentes, la popular, la tradicional y la de vanguardia, han comenzado a subvertirse, a descomponerse. Ya no tienen urbanidad ni buena educación; se roban entre sí, se arrebatan recetas e ideas, se hurtan conceptos, pisan la raya de lo tolerable. En esta coyunda obscena hay que buscar la cocina que viene arrasándolo todo, pasando a cuchillo cánones y normas de obligado cumplimiento. Si la deconstrucción era lo que hacían las élites, ahora está más pasada de moda que los calzoncillos largos. Aunque, eso sí, la moda es cíclica y retornará como las ensaladas templadas y otras tonterías que tuvimos que padecer estoicamente hace tres o cuatro temporadas. En la ropa interior femenina han desaparecido, por inútiles, la combinación y el liguero. La combinación ha fallecido y solo lo usan las mismas que se compran las batas de boatiné, auténticos antídotos contra la lujuria, pero el liguero nunca se fue, solo se cambió de armario y se escondió en el cajón de los fetiches para deleite de los caballeros de cierta edad, los de las sienes plateadas. La gula, que es compañera de la lujuria, necesita renovación. Ahora, mientras esperamos la llegada de la revolución, podemos divertirnos con la cocina fronteriza que es una señorita que está muy bien, aunque solo sea una meretriz con liguero y braguitas de encaje.

 

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