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Que no te la den con queso

Autor: Sir Camara
Viernes, 16 de febrero de 2018

Cuando el vino se consumía como desinhibidor o como refugio de penurias, su valoración no escondía los códigos de hoy día, las memeces y el exhibicionismo que hoy envuelve el fenómeno vínico en sociedad. Y no entremos en la sobreactuada interpretación de las emociones gustativas en una cata, sea esta ciega o con bastantes dioptrías.

Pero no, no voy a entrar en la eterna polémica de una gente que bebe vino y otra que bebe etiquetas/precios. Vayamos a la esencia del blog; vamos a divulgar compartiendo, tras un paseo visual por algo grato que acabo de descubrir, puede que tarde, y que me gustaría compartir. Empezamos.

 

La expresión “que no te la den con queso” viene a prevenir de posibles arrebatos del dinero y de la confianza, por ejemplo, en el trámite de compra de un vino corrientucho. Me cuentan los que de esto saben, especialmente uno muy mayor que dice llegó a vivirlo, que un mercachifle, tras cerrar la compra de unas arrobas de un buen vino le ofreció otro; al parecer apoyado en los aromas de un trozo de queso que puso en escena antes de catar el segundo vino. Según algunas versiones, el queso camuflaba las carencias de un vino desangelado que el vendedor pretendía casi cobrar al precio del otro.

 

No comparto el criterio. El queso, subrayado por vino, o viceversa, produce en las papilas (como el personaje de comic de mi amigo Ubaldo, Papila) un alboroto de placeres gustativos que te convencen de que el queso y el vino viven juntos desde mucho antes de que inventaran la chorrada de los “maridajes”.

 

Hecho el necesario vuelo rasante sobre el asunto de las catas, las tradiciones y las curiosidades, con queso o sin él, permítanme proponerles un juego: una cata ciega de patatas fritas. El sector ha evolucionado mucho, tanto que ha llegado, como otros muchos, a pisar el resbaladizo terreno del esnobismo bobo. Patatas fritas con salsa barbacoa, que parece que hicieron una crema con las ralladuras de óxido y porquerías que se desprende de la parrilla una vez que se acaba la barbacoa y se despiden. Con miel, con ostras, con oliva virgen del perpetuo socorro, con chocolate, con mango, papaya, toque cítrico, sin él, con aceitunas…

 

Y luego, abres la bolsa, y no hay más que patatas; de un color o de otro, pero los cómplices del enunciado comercial no aparecen por allí: patatas fritas, unas mejores que otras, muy caras o no y algunas incapaces de justificar su existencia.

 

A lo que vamos. Busquen unas patatas fritas que vienen en la ya convencional bolsa brillante que podría parecer aluminizada, pero que no lo es, y que se llaman La Santa María y que hacen en la localidad madrileña de Pinto. Reúnan a los amiguetes, familiares y demás coros y, como en las catas ciegas, oculten el envase y ofrezcan una patatita. Dirán que están muy ricas, que se han frito muy bien… Algún cuñado se sentirá obligado a decir una chorrada discordante, otros dirán que les saben a… ¡¡¡Sí, a eso…!!! Y por sorprendente que parezca, la química y los aromatizantes han dotado a las patatas de sabor, ¡¡¡agárrense…!!! a huevos fritos. Rigurosamente cierto. Pues nada, a jugar con las patatas.

 

Pero hay más. Para que vean que no se la doy con queso, sólo se lo recomiendo, echen un ojo a un queso azul, de cabra, que te pone mirando a los picos de Europa, vamos, que me recuerda aquellos quesucos artesanales que siempre emocionan. Pero en esta ocasión está hecho con leche de cabra, dicen que cardiosaludable, y en la Quesería De La Jara, en la comarca de l mismo nombre, en la provincia de Toledo. Una región con tradición de cabañas ganaderas, concretamente dedicada a los caprínidos.

 

Una gama de quesos muy cuidados y elaborados con leche cruda, como muchos, y que no tiene por qué ser este factor un argumento inevitable para ser titular en la sección de sucesos de los digitales. Quesos con corteza enmohecida, con la corteza lavada, el queso azul ya citado, cilíndrico, alto, de buen porte y de aproximadamente 2 kilos. Y la crema de queso maduro para untar. Recomiendo que compre varios tarros, porque son de 200 gramos y se lo van a quitar de la vista en cuanto jueguen a lo de la cata, la patata y las emociones sensoriales en las que, por primera vez, han entrado los sentidos del tacto y el oído. A mí me lo han contado, lo he probado y aquí me tienen. Compartiendo. Pues eso.

 

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2 Comentarios
E.C.M.
Fecha: Lunes, 19 de febrero de 2018 a las 21:28
Impropio d este blog lo de Sir Camara..sabrá como se llama el agujerito ese que está en mitad de la tripa al que no deja de mirarse?
Carmen
Fecha: Sábado, 17 de febrero de 2018 a las 21:12
A mi las patatas me gustan que sepan a patatas. He descubierto unas de hipermercado que flipas de buenas que son. ¡Y los quesos me gustan todos! Haremos por hacernos del queso de la Jara. (al fin y al cabo es tierra de parte de mis antepasados, y todo no va a ser queso manchego)

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