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Hasta la cocina

Recetas socorridas

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 18 de marzo de 2018

En el amplio recetario de los cocinillas que vivimos en soledad, ocupan un lugar de privilegio las recetas socorridas.

Y si además de solo, vives en plena naturaleza alejado de todo y de todos, tienes que ser previsor. El arriba firmante habita en pleno bosque, en un paraíso de verdor permanente; desde mi terraza oigo, cada noche, hozar a los jabalíes que llegan por su ración de bellotas de roble y a lo lejos, cada mañana, veo un grupito de rebecos que pastan con la tranquilidad que da la seguridad de los lugares semisalvajes. Dedico mi tiempo a escribir, dibujar y cocinar. El no tener vecinos a mano para pedirles un huevo hace que tengas de todo en tu pequeña despensa. Cuando abandono mi retiro y me acerco a la civilización tengo que portar una lista de la compra. Los vecinos de Pola de Siero se preguntarán: ¿Quién es ese anciano de largas melenas y barbas patriarcales? En ocasiones me creen un mendigo y me dan una moneda de 20 céntimos, una limosna que servidor se mete en el bolsillo para no romper el encanto y agradece con cantinela de profesional: “Que Dios Nuestro Señor se lo devuelva con creces, bondadosa señora”. La caridad es una de las pocas cosas asequibles en estos tiempos difíciles.

 

Tengo, como todo cocinilla novato, el entusiasmo de los conversos. Sostengo que mis lentejas –legumbre a la que descalifiqué ferozmente en mis escritos de hace 40 años– son las mejores de la provincia. El arroz seco lo bordo, y es famoso, entre mis nietos, el pollo en salsa. La plancha no tiene secretos para mí y en cambio se me resisten los purés, que recibo puntualmente de mi hija Adela. Mi otra hija, Ana, la vecina más cercana, me invita a sus deliciosas paellas y al estupendo pollo asado que elabora con mano maestra. La latería es la base en que se asientan las recetas socorridas, de urgencia, las que se hacen, además de para disfrutar del placer de la comida, de realización rápida. Cójase un cubilete de arroz basmati, ábrase un poco la tapa y póngase un minuto en el microondas y mientras tanto ábrase una lata de mejillones en salsa de viera; revuélvase el arroz con los mejillones y disfrútese de una receta socorrida. Y el congelador es el depósito salvador y alimenticio donde se atesoran mis creaciones. Con mi pensión, lo que gano con mis escritos y las limosnas de las señoras caritativas de Pola de Siero, vivo como un príncipe. Tres solomillos de vacuno están siempre disponibles en el congelador y una caja de gambón dormita a su lado para los días en que toca prepararlos a la plancha. La comida, cuando se han superado los 80 años, es el último de los grandes placeres sensoriales. Mi amigo Xavier Domingo publicó, hace 40 años, el libro Cuando solo nos queda la comida. Recuerdo que mientras redactaba la dedicatoria le miré con ironía e intuí lo que significaba el título. Hoy lo sé, lo certifico, lo asumo y lo celebro con entusiasmo. Cuando el hedonista, el bon vivant, tiene una panoplia de placeres a los que prestar atención y pretende abarcarlos todos, la vida es un caos. La vejez te permite concentrarlos en las cosas del comer, por eso cada acto coquinario tiene que ser un festín, si no abundante porque no es bueno convertirse en un gordo significativo, sí sensorial, variado y placentero. Cuando las comidas que nos quedan están contadas no se puede despilfarrar la ocasión y, si se puede, hay que hacer uso de los enigmáticos, e inconfesables, placeres solitarios.

 

 

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