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CIRUGÍA ANUAL DEL BIKINI

Autor: Sir Camara
Sábado, 24 de marzo de 2018

Hicimos un cambio horario a favor, otro en contra, y mientras nos estábamos comiendo las torrijas bajo un edredón de entretiempo, nos llegó la anual cirugía de los complejos a la que llaman “operación bikini”. El sol planteó el escenario veraniego del lucimiento físico. El espejo nos sacó los colores y los complejos, y la realidad de la báscula se ocupó del resto: hay que hacer algo sensato para pasearnos con poca ropa, sin complejos y con criterios saludables. ¡Casi ná! Y así todos los años.

Las dietas y los trucos se agolpan allí donde se materializan los excesos, entre el cerebro y el paladar. Se acabaron esos huevos salvajes, de gallina virgen extra  de primera puesta en excelente aceite y con ese pan que, ¡por fin!, casi todo el mundo ya hace bien: rico, esponjoso por dentro y crujientito por fuera.

 

Las dietas y los trucos de especialistas, vecinos, amigos, familiares y enteradillos del barrio, se agolpan allí donde se materializan los excesos. A nosotros en el airbag delantero, justo donde la experiencia cervecera, los lúpulos y los exquisitos brebajes artesanales hacen saltar los botones de las camisas. Y a ellas en el “culant”,  lo de los glúteos; ese organismo que lleva la contabilidad de los volcanes de chocolate que han propiciado, a partes iguales, tantas disfrutes como remordimientos.

 

Los primeros planteamientos eficaces casi nos elevan a la categoría de pacientes; esto es, paciendo. Gramíneas pratenses para desayunar, un timbal de germinados para el almuerzo y un vaso de leche de la Vía Láctea para la cena, un tartar de sirena a las finas hierbas o un cebiche con más toque cítrico que otros peligros para el disfrute del fin de semana. Una dieta que, sobre todo, propiciará apetitosas conversaciones alrededor de una copa de agua el viernes por la noche ante un menú degustación de Solar de Cobras, el agua mineral más popular de la India.

 

Y todo para meternos en esas prendas que antes eran una M y hoy vienen etiquetadas como XXXL. Y no sólo eso, sino que podamos respirar dentro de ellas. Incluso bufar, porque dicen que en estos trances se te suele poner un humor insoportable. Pero todo sea por la salud, por la estética, el triunfo en sociedad, que, créanme, es la cosa más fácil del mundo.

 

No hay dietas ni trucos. No hay fórmulas mágicas que con la disculpa de la “operación bikini” te lleven donde pretendes sin esfuerzos, sin frustraciones y con éxito. Sólo, creedme blogueras, blogueros, y traviesos de los maxilares en general, hay una fórmula eficaz que no pone en peligro ni el organismo, ni el bolsillo ni el equilibrio mental: la “operación Porky”. Es sencillo el método. Sé estricto y no vuelvas a comprar esos productos de calidad que te gustan y te llevan a orgasmos glotones. Empieza por comprar el peor pan, todavía queda ese pan que parece madera; carne, pescado y verduras, productos de mala calidad que jamás comprarías y que es muy probable que tampoco sean precisamente baratos. No me refiero a productos caducados, sino a esas cosas que tu instinto rechaza. Esas cosas que no te gustan, los ogros alimenticios de la infancia que es probable que, todavía, te puedan causar  asco.

 

Una vez más en este blog aparece la filosofía del profesor Grande Covián: “Lo único que no engorda es lo que se queda en el plato”.

 

Este verano vais a ser un regalo para la vista y hasta puede que os saquen en los informativos de las teles cuando los titulares, día tras día, en la playa de la Concha de San Sebastián, la de San Lorenzo en Gijón o la de Riazor en La Coruña, -no sé por qué no salen otras- hablen del estacional calorazo que estructura la información de lo obvio.

 

Hay que estar en forma, que desde hace tiempo es la ciudadanía la que rellena minutos y minutos de televisión sin cobrarlo y no podemos hacer el ridículo. De nada, oiga.

 

Pues eso   

 

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