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Vino de héroes

Ribeira Sacra, el nuevo relato de una región histórica

Autor: Raquel Pardo. Imágenes: Archivo
Martes, 10 de abril de 2018
Noticia clasificada en: Vinos D.O. Ribeira Sacra

Es uno de los paisajes vitícolas más bellos del mundo, con pendientes imposibles y un viñedo vertical que precisa héroes y heroínas para mostrar la fuerza de este terreno. ¿Le espera a la Ribeira Sacra un futuro de grandes vinos?

"Ribeira Sacra no está renaciendo, está naciendo”, comenta el catador de la reputada publicación norteamericana The Wine Advocate, Luis Gutiérrez, explicando que “lo que se está haciendo ahora no se había hecho en el pasado”. Gutiérrez, que avala estas afirmaciones con elevadas puntuaciones a algunos vinos como los de las bodegas Guímaro, Algueira, Envínate, Ponte da Boga, Fedellos do Couto, Castro Candaz, Vel’Uveyra o Daterra (la mayoría nuevos actores en la elaboración de vinos en esta histórica región) añade un condicionante: “El futuro es difícil de predecir, sobre todo si se tiende a vinos baratos y de baja calidad, lo que no tiene sentido en una zona tan espectacular”. El catador considera que la media cualitativa de los vinos de la Ribeira Sacra debería subir para obtener mejores precios por los vinos y, de paso, mejorar la calidad de vida de sus viticultores. Pero antes de hablar de futuro, volvamos un momento la vista atrás.

 

De Robledal Sagrado a Ribera Sagrada

 

Aunque es posible, según apunta el periodista Luis Díaz en varios artículos en La Voz de Galicia, que el vino y la vid estuvieran presentes desde la época galaico-romana a raíz del descubrimiento de lagares antiguos en la zona del Bibei, los primeros testimonios gráficos se remontan al siglo IX, al Monasterio de San Esteban de Atán, en la Ribera del Miño. Cuenta Díaz que los escritos vitícolas más antiguos de Galicia proceden precisamente de la Ribeira Sacra, cuya historia puede comenzar a contarse ya en el siglo XII. El nombre de “ribeira” se debe, presumiblemente, a un error, voluntario o no, en la transcripción de Rovoyra Sacrata, o Robledal Sagrado, en Rivoyra Sacrata, Ribera Sagrada; y así se quedó. Pese al equívoco, la relación de esta tierra con los monasterios es innegable, hasta el punto de que se la considera uno de los más importantes enclaves de arquitectura románica en todo el mundo; robledal o ribera, pero innegablemente sacra.

 

Y en torno a los monasterios, la viña, una labor agrícola que se ha ligado secularmente a la vida sagrada, en este caso, la que llevaban las órdenes cistercienses y benedictinas que fueron dejando rastros por la Ribeira en la Edad Media.

 

¿Y luego, qué?

 

La historia comenzó a escribirse, pero llegó la desamortización en 1836, que barrió a las comunidades monacales y conllevó el abandono de territorios. Un mal al que se sumaría, también en el siglo XIX, la filoxera, que arrasó durante más de medio siglo las plantaciones de la Ribeira Sacra. Después, la emigración terminaría por vaciar muchas poblaciones, y la Guerra Civil no hizo sino empeorar las cosas. Hay que esperar hasta finales de los años 80 para ver de nuevo una actividad en este bello paisaje de bancales y pendientes imposibles que dota a la región de una belleza única en el mundo.

 

Estos pequeños retazos de historia dibujan un territorio en el que la tradición vitivinícola existe, pero no había habido afán de comercialización, por lo que en términos de dar a conocer los vinos, o incluso, de saber qué vinos podían ser identitarios de la Ribeira Sacra, estaba todo por escribir. La mayor parte de las bodegas que la componen se fundaron a finales de los 80 y los 90, época en la que también empezó a gestarse la Denominación de Origen a instancias de Rectoral de Amandi (parte del grupo Bodegas Gallegas, mayor productor de vino en la comunidad autónoma), uno de los principales actores de la región, pues ella sola, con 140 hectáreas de viñedo y una producción de dos millones de botellas de un solo vino, se acerca casi a la mitad productora de la D.O. en conjunto.

 

Y aunque el perfil de vino que elabora este gigante es el de mencía sin crianza para consumo inmediato, el que se dibuja desde otros productores, la mayor parte, pequeños, se encamina hacia vinos más complejos, elaborados con multitud de variedades autóctonas y concebidos para ser longevos porque, ¿tiene sentido trabajar colgados de un arnés en laderas verticales, o en viñedos inaccesibles para cualquier maquinaria, si el vino emblemático de la región ronda los seis euros para el público?

 

La otra historia

 

La respuesta es no; no lo tiene. Y uno de los primeros en ponerlo de manifiesto es el bodeguero y enólogo itinerante Telmo Rodríguez, que elabora vino en el Valle del Bibei, aunque en terrenos amparados por la D.O. Valdeorras. Rodríguez convocó a unos cuantos viticultores de la Ribeira Sacra en 2015, a raíz de una desastrosa cosecha que vino marcada por tormentas de granizo y en la que bodegas como Dominio do Bibei, según relata La Voz de Galicia, perdieron la producción entera en algunas de sus viñas. La cita se produjo en Madrid y allí se expresaron muchas de las ideas que estos productores mantienen hoy día: para conservar una zona como ésta hacen falta vinos caros. “Viñedos como el Bibei requieren trabajo y pasión brutales”, comenta Rodríguez, y apunta que “esos viñedos imposibles solo tienen sentido si demostramos que se pueden hacer grandes vinos”. Algo que secundan fuentes de Dominio do Bibei, quien desde que sacó a la luz su primera añada (la de 2002), en 2005, ha apostado por vinos de guarda a partir de variedades tradicionales “de las que hemos ido aprendiendo”.

 

Porque esa es otra, si la imagen de una Ribeira Sacra fresca y joven es la mencía, una variedad que la mayor parte de los productores trabajan por su excelente adaptación a este viñedo de suelos graníticos con diversas mezclas, la de los vinos de guarda pasa por la colaboración de uvas rescatadas como la brancellao, la merenzao, la sousón, la garnacha tintorera o mouratón en lo que a tintos se refiere. De hecho, un escrito de 1843, Observaciones sobre el cultivo de la vid en Galicia, del catedrático Antonio Casares, cita muchas de estas variedades, junto a las blancas treixadura, torrontés, albariño o verdello, pero no a la mencía. La brancellao pudo ser una de las uvas que cultivaran los monjes, aunque faltan estudios definitivos, mientras que la mencía pudo entrar en Galicia hace unos 150 años.

 

La defensa de esta amalgama (que incluye a la mencía) se justifica, como explica el enólogo Dominique Roujou, asesor de la bodega más antigua de la zona, Ponte da Boga, porque todas estas variedades son magníficas transmisoras del terreno: “Con la mencía se aprecia muy bien el cambio de terroirs, lo mismo que con la brancellao y la merenzao”, variedad esta última que les ha llevado a embotellarlo por separado en una de sus etiquetas más exitosas: Capricho de Merenzao.

 

Pedro Manuel Rodríguez, al frente de Guímaro, bodega que fundaron sus padres, ha sido un testigo (y actor) privilegiado del “nacimiento” de una Ribeira Sacra de vinos. Destaca la labor de agricultores como sus padres para poner en marcha la elaboración más allá del autoconsumo (actividad que ha marcado en silencio la tradición vitivinícola de la región) y considera que el reto de los nuevos productores es “mantener ese trabajo elaborando vinos singulares, aprovechar el buen momento que vive la zona y el potencial que tiene”. Rodríguez trabaja en Sóber, una localidad donde la edad media son 64 años, y donde ese problema es un botón de muestra de toda la región: la población envejece y no hay relevo. A este abismo se suma un territorio caro de trabajar (Telmo Rodríguez calcula que multiplica por cuatro el de un grand cru de Burdeos) y un sistema minifundista que hace de la agrupación de viñedos una hazaña comparable a la de la heroica vendimia en pendientes que terminan en la orilla del Miño o el Sil. La tarea es dura; el desafío, solo apto para amantes de las aventuras.

 

Una Galicia distinta

 

Aventuras como la que lleva protagonizando, ya como proyecto vital, Laura Lorenzo, quien tras pasar por Dominio do Bibei, donde se encargó de elaborar los vinos durante ocho años, se enamoró de la zona donde se ubica esta bodega, Manzaneda, en el valle del Bibei, y allí ha ido adquiriendo viñedo para elaborar vinos de pueblo. Lorenzo se prendó de una región “abandonada” por la emigración y de una Galicia que califica de “distinta” y “olvidada”. Aunque no tenía intención de fundar una bodega cuando salió de Dominio do Bibei, terminó por quedarse en la zona y crear un proyecto de vida rural con su compañero Álvaro, con quien trabaja en Daterra Viticultores y con quien ya ha rehabilitado una bodega en el casco histórico de Manzaneda. El problema: la mano de obra, difícil de encontrar porque la población joven no se fija en la zona. De hecho, cuenta que los mayores del lugar no quieren que ellos se vayan y les han ayudado a desarrollar su proyecto.

 

¿La solución? “Vinos de alta calidad para no terminar haciendo que la gente se muera de hambre”. Valor añadido, tintos y blancos de guarda que, como ya ocurre con algunas marcas reconocidas (los suyos propios, Guímaro, Ponte da Boga, Dominio do Bibei, Sílice o Algueira) ocupen con una identidad marcada las cartas de los restaurantes internacionales. Desde Bibei se reclama que “vuelvan los viticultores para hacer vinos sorprendentes”, ya que “aquí se puede vivir con dignidad y belleza”, “permanecer en el lugar”, como indica Laura Lorenzo o encontrar un contacto directo con esta naturaleza arrebatadora y dramática con una forma de vida que Pedro Martínez define con dos sencillos adjetivos: “Muy digna y muy bonita”. El futuro de la Ribeira Sacra estará en esas manos que sepan, y quieran, recoger el guante.

 


 

 

 

Navegar la vendimia

 

Una de las visiones más espectaculares de la Ribeira Sacra tiene lugar durante la época de vendimia. Pero no a pie de campo, no, sino desde alguna de las pequeñas embarcaciones que surcan el Sil y el Miño en un recorrido que permite apreciar por qué los viticultores ponen en riesgo su seguridad para extraer el fruto de la vid. Suena muy poético, pero ese ir y venir constante de pequeñas figuras ataviadas con vivos colores es una estampa difícil de describir en lo que a belleza se refiere, y suficiente motivo para acercarse a la zona no ya como turista, sino como viajero, con discreción, en silencio, para no romper la encantadora rutina de esta llamada viticultura heroica.

 

 

 

 

 

 

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