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Es la caña

Autor: Sir Camara
Sábado, 12 de mayo de 2018

Las cabras, el tiempo y la climatología nos han demostrado recientemente que la locura que atribuimos a estos animalitos es rigurosamente cierta. Verano invernal, primavera otoñal que arrebata capas y postizos capilares… Por eso pongo aquí, como tesis para la charla de la Sobremesa, el argumento de la caña en toda su dimensión, porque de eso va la cosa: de las dimensiones y las normas. Para que luego digan que el tamaño no importa.

 

El primer baño en el mar cada vez se da antes, aunque después de quitarse el bañador se tenga uno que poner el plumas. Ya es tiempo de “terracear”, trasnochar, vivir, beber… Se dice que con el pretendido efecto de refrescarnos por dentro y sentir ese placer que se logra con la primera cerveza helada del día, la del sábado. Sobre todo si has estado antes apañando armarios con la disculpa del cambio estacional, por fin definido, o haciendo tareas hortelanas sin tractor en  unos macetones de tomateras cherry…

 

Ese trago, el de la primera cerveza del día, y si además las dosificamos por aquello del bajo perfil lateral, es lo más parecido a un orgasmo solitario, premeditadamente solitario para que no te distraigan con comentarios bobos que podrían dejarte la cerveza como un consomé.

 

La cerveza es eso, un trago buscado, premeditado, necesario… que se sobredimensiona por efecto del calor y la sed. Pero, amigos míos, hay normas. Si vas a conducir tras la ingesta birrera, hay que llevar cuidado con las normas recaudatorias, porque dudo que les importe nuestra salud. Hay que dosificar, mirar muy bien la talla de ese placentero trago. Incluso si asomara la insatisfacción tras el buscado tercio de cerveza o jarra helada de grifo, se piensa en un segundo repaso, pero esta vez 0,0 grados alcohólicos al sol y a la sombra. Aunque sólo se pueda tomar la 0,0 de grifo y bien fría; y no de todas las marcas. Que hay cada cosa por ahí…

 

Expuestas las medidas de capacidad y los contenidos,  me pregunto por qué se ríeron de nosotros en una grata y céntrica terraza madrileña cuando, tras una reunión de trabajo, nos sentamos a comentar los detalles con una cerveza como testigo. Una compañera pide una caña, que ya se sabe, hay que conducir, y la cosa no da para mucho. Que eso, la caña convencional, ese vaso prototipo, ni grande ni pequeño, de tamaño-caña, que es la caña; sobre todo, como decía, con sed y responsabilidad de conductora. Alguien más en la mesa pide también una caña. Y yo, a mi póngame otra, le digo al camarero, vestido con indumentaria de segundo oficial del Potemkin… Seis cañas en total. ¡¡¡Marchando!!! La palabra más inmediata que se relaciona con la cerveza y con amigos.

 

Regresa el camarero con las cervezas que nadie había pedido: unos vasos bestiales de alto y ancho, con cerveza helada, sí, pero eso no era una caña… Oiga que hay que conducir…

 

-Es que aquí la caña es así, dice el contramaestre que te hace beber lo que mandan las normas de su jefe. Surge el comentario inevitable. Ya está aquí el verano, el postureo terracil que hace con nosotros lo que a los hosteleros les sale de las burbujas… Y, ya puestos, pedimos la cuenta. ¡¡¡5,50 euros!!! cada “caña”.  Y ni siquiera te dan a elegir la marca. Este país es la caña. ¿O era la coña?

 

Pues eso.

 

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