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Encanto persa

Un viaje extraordinario hacia el misterioso oeste de Irán

Autor: Francisco Po Egea
Viernes, 8 de junio de 2018

Recorremos en este periplo un Irán desconocido que discurre entre bellos bajorrelieves de origen persa, ruinas de ciudades olvidadas, mezquitas fastuosas y el ambiente siempre hospitalario del Kurdistán iraní.

Se abandona Isfahán con un sentimiento mixto: contento por haber disfrutado de las bellezas de una de las ciudades más hermosas y complejas de Asia, y con el deseo de seguir adelante y descubrir las inadvertidas experiencias de este país, en buenas partes, todavía ignoto. Así pienso bien acomodado en el autobús que me lleva a Khorramabad. Cinco horas en un asiento reclinable, digno de la mejor business class (tres asientos por [Img #14296]fila), que se pasan leyendo, contemplado el semidesértico paisaje y de charla con las cuatro jóvenes curiosas que ocupan las dos filas de asientos a mi derecha, y con mi vecino del asiento posterior. No pueden ser más amables. Él, al bajarse un par de horas antes de la llegada a mi destino, me invita a su casa para ser su huésped. “Lo siento, me están esperando en Khorramabad”, he de decirle. Entonces me pide mi teléfono y me llamará al día siguiente... y días después para saber si todo me va bien.

 

Junto a las montañas Zagros, capital del Lorestan, Khorramabad ha tenido varios nombres a lo largo de su dilatada historia. El castillo de Falakolaflak, de la época sasánida (226 – 651 d.C.), uno de los más importantes del país, la domina desde lo alto de una colina. Tras un paseo por la ciudad, limpia y animada, me he acercado a su base. Una caseta con un cartel: “Extranjeros = 400.000 riales (10 €). Iraníes = 40.000 riales (1€)”. Junto a ella: el portero, el de seguridad y un tercero. “Salaam Aleikum”, saludo con la mano en el corazón. Amables y sonrientes, me responden. “¿Por ese precio, habrá ascensor o escalera mecánica para subir ahí arriba? A mi edad…”, digo señalando el cartel. Ríen francamente. Me preguntan de dónde soy; sale a relucir el fútbol…. “Ustedes han leído el Corán”. “Sí, claro”, me responden. “¿No dice allí que todos los hombres somos iguales?” Continúa el jolgorio. El portero entra en la caseta y me alarga una entrada para iraníes. Un ejemplo más de algo que ya conozco: la simpatía, la hospitalidad y el buen sentido del humor de los locales.

 

El interior del castillo está convertido en un bonito e interesante museo de la vida tradicional de la región: cocina, agricultura, artes y danzas, con los maniquíes femeninos con vestidos y tocados de colores, y los hombres de estilo muy campesino.

 

Un gran Hércules de piedra, bien asentado en la base del enorme farallón rocoso, me recibe al día siguiente al llegar a Bisotun. Más allá, a 60 metros de altura, una serie de bajorrelieves datados del año 521 a.C., reconocidos por la Unesco en 2006, se conservan milagrosamente bien a pesar de su antigüedad. El principal de ellos representa a Darío I recibiendo a una fila de siervos enlazados. La escena está rodeada de inscripciones cuneiformes alabando la grandeza de Darío en tres lenguas perdidas. Una de ellas, el antiguo persa, fue descifrada gracias al tesón de un oficial británico, Henry Rawlinson, quien, en 1835, pasó meses colgado del abismo copiando los textos.

 

[Img #14297]Seguimos en la antigua ruta comercial que unía el centro de Irán con Mesopotamia y por la que luego discurriría la Ruta de la Seda. Por ello, nuevos bajorrelieves nos esperan junto a la ciudad de Kermanshah, en Taq-e Bustan. Esta vez, más accesibles, junto a un estanque rodeado de vegetación, en la base del acantilado y protegidos en el interior de un par de cámaras enmarcadas por sus respectivos arcos. La primera de ellas nos muestra la coronación del rey sasánida Khosrow II (siglo VII), mientras que la segunda se refiere a los reyes Shapur II y III, y la victoria del primero sobre el emperador romano Julián el Apóstata. Maravilloso el ángel zoroastriano sobre el arco de la segunda cámara. En las inmediaciones, varios restaurantes y casas de té al aire libre invitan a un buen descanso mientras se degusta un kebab acompañado de tomates, pimientos y arroz, una taza de té o un zumo de frutas. Un bazar cubierto, con un par de caravasares incluidos, y el templo dedicado a Hossein completan la jornada en Kermashah.

 

Desde aquí, la ruta principal nos lleva en cuatro horas a Sanandaj, pero merece la pena emplear el día entero y desviarse desde Kamyaran a Palangan; hora y media de taxi compartido más 15 minutos de marcha en pendiente. Con sus casas de piedra dorada, colgadas a ambos lados de la profunda garganta recorrida por un río impetuoso, es uno de los pueblos más originales y bellos del país. Estamos en plena zona kurda y, así, encontramos a sus habitantes vestidos a la colorista manera tradicional, muy alejada de la iraní de las ciudades.

 

En taxi compartido

 

[Img #14302]El Kurdistán es un pueblo de 46 millones, sin nación propia y repartidos en cuatro estados: Turquía, Irán, Irak y Siria. En Sanandaj, su capital en territorio iraní, me alojo en un hotel a la entrada de la ciudad. La encantadora recepcionista se desvive por indicarme las atracciones de la ciudad. Nada más salir del hotel, me para un coche. Es un savari (taxi compartido). Al llegar al centro, quiero pagarle, pero el otro pasajero, muy amable, se empeña en pagar por mí. He de insistir tres veces para que el chófer coja mis 10.000 riales. Me paseo por calles y avenidas, pletóricas de gentes, mercadillos y tiendas. “Hola amigo, tómese un té con nosotros.” “Una pasta”. “Bienvenido, señor.” Una prueba tras otra de lo amistosos y hospitalarios que son los kurdos y, en particular, en esta ciudad.

 

[Img #14301]El Museo Regional se aloja en un antiguo palacete. Destacan los ventanales multicolores, del suelo al techo, de la sala principal, diseñados no solo por su belleza, sino para impedir la entrada de mosquitos. Desde esqueletos a porcelanas y joyas se exhiben tras las vitrinas. Otra bella mansión bien restaurada aloja el Museo Kurdo. En sus salas, maniquíes vestidos con los ropajes de las diferente tribus de los valles y montañas de la región. Ceno en el restaurante Jahannama. Un comedor principal y varios reservados para comer sentados en alfombras. En uno de ellos, una copia de La Última Cena de Leonardo adorna una de las paredes. Me sirven las mejores costillas de cordero que he comido; ni las de lechal de Castilla ni las de ternasco de Aragón. Vienen marinadas en una salsa deliciosa, así que me dirijo a la cocina para saber cómo las preparan, pero ni me dejan entrar ni me dan la receta. El primer “no” que he recibido en dos viajes, durante dos meses, por Irán.

 

Takht-e Soleyman, el Trono de Salomón, Patrimonio Mundial de la UNESCO, es un santuario del zoroastrismo del Imperio Sasánida. Levantado en el siglo III, veneraba los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. Sobre una meseta, rodeadas de murallas y en torno a un lago alimentado por un manantial subterráneo, sus ruinas no tienen el valor artístico de Persépolis, pero la evocadora magnificencia del lugar merece la visita.

 

Zanjan con su intrincado bazar y sus fastuosas mezquitas, y el cercano mausoleo de Oljeitu, con su bóveda de 25 metros de diámetro y 45 de altura, la bóveda de ladrillo más alta del mundo, desgraciadamente llena desde el suelo hasta el techo de andamios, serán las etapas finales de nuestro recorrido.

 


 

[Img #14300]El complicado ta'raof

Para relacionarse con los iraníes es esencial comprender la práctica del ta’raof, lo cual significa conceder toda la importancia al interlocutor. Ceder el paso a tu acompañante o a otra persona es ta’raof. Declinar el ofrecimiento de una taza de té o un pastel es ta’raof, aunque el anfitrión repita la oferta tres veces. A la cuarta se está seguro de que es genuina y se puede aceptar. Incluso los taxistas y comerciantes practican ta’raof. En un humilde puesto en la calle en Sanandaj compro una carterita de piel. Pregunto el precio: “80.000 riales”. Doy los billetes al comerciante: “No necesita pagar, es un regalo”, me dice. Insisto varias veces hasta que acepta el dinero. Reconozco que, a veces, el ta’raof alcanza límites absurdos, aunque también es cierto que en las grandes ciudades y lugares turísticos no se suele practicar con los extranjeros.

 


 

 

 

 

Agenda

 

Cómo ir

 

Varias compañías vuelan desde Madrid, Barcelona y Bilbao a Teherán, Isfahan, Mashad y Tabriz con escala en Estambul o en los Emiratos Árabes.

 

[Img #14298]Visado

 

Embajada de Irán: Jerez, 5 Madrid. Tf. 913 450 112.

 

Para estancias de hasta 30 días, Visa on arrival o directamente a la llegada.

 

 

Moneda

 

Un euro = 40.000/42.000 riales. Cambiar en las casas de cambio. Ni tarjetas de crédito ni cajeros. Necesario llevar euros o dólares para toda la estancia. Los precios, en general, se dan en tomanes: 1 toman = 10 riales.

 

 

[Img #14299]Transportes interiores

 

Buena red aérea. Autobuses muy confortables y muy baratos, así como los taxis. Trenes lentos que conectan las principales ciudades.

 

 

Hoteles

 

Khorramabad: Rangin Kaman Hotel; Kermanshah: Jamshid Hotel; Sanandaj: Shadi Hotel; Zanjan: Zanjan Grand Hotel.

 

Difícil reservar hoteles on line. Lo mejor es por teléfono una vez en el país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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