Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Enviar por email
Bodegas Castaño a fondo

Daniel Castaño, de Yecla: vinos del sudeste sin fronteras

Autor: Luis Vida. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Lunes, 16 de julio de 2018
Noticia clasificada en: Vinos D.O. Yecla

Cuando, a finales los años 80, el vino español empezó su revolución de terciopelo, empezaron a verse en las tiendas y las cartas de vinos las etiquetas de una denominación de origen que pocos conseguían situar en el mapa.

Yecla –como Almansa, Jumilla y otras zonas vecinas– vivía cómodamente de los graneles anónimos y no había embotellados en el mercado. Y en esa demarcación casi virtual, a una bodega familiar de tamaño mediano se le había ocurrido la aventura de lanzarse al aún escueto panorama reivindicando la variedad local monastrell de los terruños que, allí, dicen de Campo Arriba –la zona de suelos calizos entre los 700 y 800 metros de altitud– y Campo Abajo, unos cientos de metros por debajo y con suelos más fértiles de dominante arcillosa. Hoy los Castaño son propietarios de más de 600 hectáreas en Yecla, 400 de ellas de monastrell, y han crecido en volumen, vinos y prestigio, pero siguen siendo una empresa familiar dirigida por tres hermanos bajo la mirada del padre: el enólogo y director técnico Ramón, Juan Pedro y Daniel, que gestiona el área comercial, “Muy directamente relacionada con la de exportación, donde trabajo con un equipo de cinco personas porque supone un 92% de nuestra producción. El mercado nacional aún no concede mucha importancia a zonas como la nuestra y supone un porcentaje muy pequeño de nuestras ventas. Cuando empezamos, teníamos la esperanza de que el consumidor abriese la mente y perdiese prejuicios en cuanto a zonas y variedades, pero está siendo un proceso muy lento. Aunque hoy sí que encuentras que las cartas de vinos van abarcando más zonas”.

 

¿En qué momento y por qué emprendisteis la aventura de saltar del volumen anónimo al mercado de la calidad?

 

Mi padre y mi abuelo llevaban décadas elaborando vinos de granel. De hecho, el año pasado estuvimos indagando y mi bisabuela ya había empezado a hacer vino allá por 1916-17 para consumo propio y para intercambios, para el mercadeo, así que estamos contemplando un próximo centenario de la bodega. Pero el punto de partida para el nuevo enfoque fue la entrada en la empresa de mi hermano mayor, Ramón, que estaba terminando su formación de enología y se incorporó en un momento en el que vimos que había que evolucionar. En 1975 mi padre compró el viñedo de Las Gruesas y en 1978 se hizo el primer embotellado, a modo de prueba y en instalaciones externas.

 

 

Fuisteis de los primeros en poner un tinto de maceración carbónica en el mercado. ¿Seguís creyendo en los vinos elaborados por este método? ¿Hay aún terreno para ellos?

 

La maceración carbónica tuvo un gran momento en los años 90. Eran vinos que daban esa expresión de juventud que los asimilaba a los Beaujolais franceses. El certamen Primer, de Carlos Delgado, consiguió un efecto llamativo y, en uno de los primeros, que se celebró en Logroño, quedamos ganadores. Era un perfil de vino muy apreciado desde el punto de vista de la cata, la expresión frutal, el aroma… Pero eso no tenía un reflejo en el consumo. El comprador encontraba un punto más herbáceo, más tánico, alineado con la elaboración. Quizá la variedad de uva no lo hacía demasiado fácil a la hora de tomarlo y necesitábamos un vino de entrada sin esa dificultad. Pero nos sirvió para experimentar y mantuvimos un tiempo el sistema, en modo de coupage para reforzar la parte aromática. Finalmente, se dejó de elaborar.

 

 

Con la monastrell habéis hecho mucho “apostolado” al enfocaros en ella desde el principio. ¿Han quedado atrás las experiencias con merlot, syrah o cabernet que vinieron con los tiempos?

 

Estas variedades eran una opción rápida para llegar a un consumidor global que las conocía, pero pronto vimos que, en los años con variaciones climatológicas y sobre todo en los que hay poca lluvia, son las más sensibles. Hoy las seguimos trabajando, pero suponen una proporción muy pequeña de nuestra viña porque siempre hemos tenido muy claro que nuestra identidad estaba basada en las uvas históricas de la zona. Estamos en Yecla, en el sudeste, la monastrell está en su sitio y eso nos hizo mantener la calma y el enfoque.

 

 

A escala internacional se os considera una de las bodegas líderes del movimiento value, que es como definen los anglosajones la gran relación calidad-precio y, hace poco, leí que erais “la imagen de una nueva España”. ¿Nos esperan?

 

España lleva buen ritmo y, en los últimos años, ha conseguido despertar el interés del consumidor. No somos solo nosotros; se están logrando grandes resultados en distintos lugares con variedades históricas como garnacha y mencía, que transmiten los atributos de las zonas, sus suelos y su climatología. Cada vez se cuidan mejor las cepas viejas y los bajísimos rendimientos, que son una base fantástica para esos vinos de línea media o media-alta que dicen de gran nivel “value for money”. La percepción, desde fuera, es que ya estamos integrados en el mapa global del vino. Hace solo 20 años la monastrell no estaba ni siquiera en el que usaban en el ICEX, el Instituto de Comercio Exterior, para promover las distintas regiones vinícolas. Hoy no solo Murcia, sino el sudeste levantino en general, está yendo por este camino y consiguiendo buena presencia global. El profesional tiene a la variedad bien identificada y nosotros nos sentimos participes del éxito de haber situado a la monastrell en el mercado internacional. Personalmente, me encanta transmitir este mensaje en los 42 países en los que estamos trabajando. Hablar de lo que ha sido la monastrell hace no más de 30 años y el trayecto que hemos recorrido hasta estos vinos de precios tan fantásticamente ubicados que despiertan un “¡guau!”.

 

 

Monastrell, mourvèdre, mataró… ¿Es fácil competir con una variedad con tantos nombres?

 

Entre ellas guardan algunas diferencias organolépticas porque no provienen exactamente del mismo clon, aunque tienen elementos muy similares, lo que veo favorable para nosotros. La acepción francesa mourvèdre ha servido como elemento identificador para un consumidor lejano en países en los que aún hay poco conocimiento del vino español. Por ejemplo, están los GSM australianos (garnacha, syrah, mataró) de los que tenemos una versión porque ahí había ya un terreno andado.

 

 

El hecho de que haya tres denominaciones de origen distintas en Murcia que giran en torno a la misma uva tampoco debe ayudar mucho. ¿Es fácil comunicar Yecla?

 

Nosotros enfocamos las diferencias más por el carácter peculiar de cada bodega. Por supuesto que los factores climáticos y la ubicación de las diferentes parcelas van a marcar variaciones en el comportamiento de la viña. En Yecla contamos con la mayor altitud, que va a significar cambios en el PH y una mayor acidez. Pero, en general, vemos que las diferencias van marcadas más por el carácter que aportan cada uno de los enólogos y bodegas: la forma de vinificar de cada uno, el uso de las barricas… Suelos, variedad y clima funcionan como elementos unificadores. Nosotros nos identificamos, primero como Castaño y monastrell, y luego como Yecla.

 

 

Al final, la última asignatura para los vinos es el tiempo. ¿Añejan bien los tintos levantinos? ¿O son para beber “en su fruta” y no para guardarlos?

 

En los últimos 10 años ha habido una gran transformación en el trabajo de la viña. El viticultor ha sabido guardar un equilibrio y bajar los altos rendimientos que había. Hoy tenemos vinos que pueden guardarse en botella un tiempo importante aunque no tenemos referencias de muchos años atrás para prever su evolución.

 

¿Cómo podríamos identificar y describir un gran tinto de monastrell?

 

Es una variedad sorprendentemente aclimatada a su entorno, con 3.000 horas de sol al año y escasez de agua, que puede llegar apenas cada tres o cuatro meses. Las cepas centenarias de producciones muy bajas nos van a aportar un elemento mineral, como de arcilla, con una acidez elevada pero un gran equilibrio, una frutosidad de frutos rojos maduros y de mermelada que te abre los sentidos. Y la madera va a redondear y a aportar golosidad.

 

 

 

Enlaces automáticos por temática
Compartir en:
Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Sobremesa: revista de gastronomía y vinos
Revista Sobremesa • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2019 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress