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Oro parecen...

El fraude de los vinos falsificados: las uvas del engaño

Autor: Saúl Cepeda. Ilustraciones: Máximo Ribas
Martes, 24 de julio de 2018

El continente distrae del contenido. El vino es tan susceptible de ser objeto de fraude como cualquier otro bien de consumo. Cada día más botellas contienen ardides en un negocio ilícito que mueve miles de millones de dólares anuales.

Imagine que recorre a paso constante un largo pasillo del metro envuelto en sus cavilaciones. Esa misma noche tiene una cena en su casa. Vienen amigos y quiere usted impresionarlos. Entonces, ve a un elegante mantero que ofrece su mercancía en el corredor. Pero resulta que no vende bolsos o zapatillas deportivas, sino vinos. Ahí, ante sus ojos, perfectamente acomodadas en improvisados soportes de cartón, hay botellas de Vega Sicilia, Romanée-Conti y Tenuta dell'Ornellaia. Como usted sabe algo de vinos, ve la ocasión de agasajar a sus convidados con una experiencia de lujo a bajo coste. Le pregunta entonces al vendedor clandestino sobre su mercancía: éste le explica que botellas, cápsula, corcho y etiquetas han sido reproducidas con extremo cuidado. “El contenido”, le dice el vendedor, “no tiene que ver con el original por motivos obvios, pero las características del líquido, al menos en el color, se aproximan al mismo”. Eso le basta. Como bien sabe que sus amigos jamás han tomado un vino de Borgoña, usted dispone los medios y la imaginación ajena habrá de hacer el resto.

 

Naturalmente esta kafkiana escena del mercado negro no está ni cerca de tener lugar hoy. Desde un punto de vista logístico, e incluso legislativo, tal formato de falsificación es mucho más complicado que el textil o el audiovisual. Sin embargo, sí representa el sesgo psicológico que nos aproxima a las marcas, análogo en todo tipo de productos, incluso aquéllos que se comen y se beben, más en tiempos de redes sociales que permiten destacar la forma sobre el fondo; la estética sobre la ética.

 

Delitos embotellados

 

[Img #14594]La especialista Maureen Downey, conocida en el sector enológico como la “Sherlock Holmes de los vinos”, estima el valor de mercado actual de las falsificaciones de estos productos en 3.000 millones de dólares. En 2005, Downey creó la compañía Chai Consulting con el fin de asesorar a clientes en transacciones vinícolas de precisión. Aunque se cuenta la anécdota (seguramente apócrifa) de que el bodeguero Robert Mondavi llegó a advertir la falsificación en uno de sus Opus One, que le fue servido en su visita a un restaurante de París en los años 90, la realidad es que el contexto de estos delitos está en las compras de vinos de alta gama por parte de coleccionistas privados, fondos especuladores y casas de subastas. Aún así, dado el alcance de la cuestión, que ha llegado a penetrar en la hostelería y en un mercado especulativo más modesto, la propia consultora lanzó en 2015 la web WineFraud.com para divulgar los pormenores del problema y ofrecer una amplia base de datos para discriminar productos fraudulentos. No obstante, el mayor reconocimiento de la labor de Downey cara al gran público llegaría en 2016 con el documental de Jerry Rothwell Sour Grapes, que siguió el único caso federal de esta naturaleza que ha desembocado en condena penal en Estados Unidos.

 

En la película se traza el elaborado fraude del ciudadano indonesio de origen chino, residente en California, Rudy Kurniawan, que llegó a ser conocido como Doctor Conti (por su presunto conocimiento en referencias históricas de la Romanée) y a quien se le atribuía una de las mejores colecciones de vinos raros del planeta. En realidad, el delincuente adquirió graneles a negociantes de Borgoña para rellenar botellas históricas de grandes marcas que había obtenido previamente y que, en muchos casos, manipuló para hacer parecer más antiguas. Asimismo, falsificó etiquetas, contraetiquetas, corchos y cápsulas a tal efecto. A través de la casa de subastas Acker Merrall & Condit consiguió vender botellas por valor de 36 millones de dólares. Con posterioridad, algunos peritos y bodegueros descubrirían que muchas de las referencias creadas por Kurniawan no casaban con añadas reales de determinados productores o que su existencia era sencillamente imposible por meros motivos numéricos (como el hecho de que solo se hubieran embotellado cinco mágnum de Château Lafleur de 1947, mientras que el embaucador ofertaba ocho). La subsiguiente investigación del FBI condujo a un procedimiento penal en el que el estafador fue condenado a 10 años de prisión por unos pocos casos, si bien no se consiguió trazar el alcance total del fraude. Se presume hoy que Kurniawan llegó a falsear cerca de 10.000 botellas, muchas de las cuales se encontrarían ahora en colecciones particulares.

 

Aunque astuto en muchos aspectos, Kurniawan erró en la investigación documental a la hora de concebir su fraude. Su éxito parcial, en cualquier caso, conduce a preguntarse cuán difícil sería de detectar un vino falso que se hubiera confeccionado con un cuidado quirúrgico en los detalles, máxime entre elementos que suelen estar vinculados a un mercado más especulativo que de consumo.

 

El fiscal especialista en delitos económicos Raúl Martínez Moreno nos explica que una situación similar en España “podría ser constitutiva de delitos contra la propiedad industrial en su tipo especial al afectar no solo a marcas, sino a denominaciones de origen; de falsedad documental en documento mercantil, pues se habrían manipulado etiquetas con información comercial regulada (aunque fuesen antiguas); y, lógicamente, de estafa, pues existiría engaño suficiente para crear error en un tercero y que éste realice actos de disposición patrimonial”, a lo que añade que “dada la naturaleza de los productos referidos, se trataría siempre de delitos, pues sin duda el valor de las botellas superaría los 400 euros; y habría de tenerse en cuenta, en función del caso, si pudieran existir un delito continuado o una estafa agravada por motivo de la cuantía, esto es, superior a los 50.000 euros (…) Por su parte, las casas de subastas podrían ser al tiempo perjudicadas en su imagen, para lo que deberían llevar a cabo acciones civiles por el daño emergente, pero también partícipes a título lucrativo del delito, al haberse beneficiado de unas comisiones sobre la estafa a un tercero”. Nuestra jurisprudencia está salteada de algunos casos de alteración de botellas, la mayor parte relativos a los destilados (que además implican delitos contra la salud pública y contra los timbrados del Estado); pero también existen condenas por estafa con champagnes y vinos de La Rioja falsificados.

 

 

¿In vino veritas?

 

[Img #14593]Podemos tener la certeza de que si algo se presta a una deriva engañosa el ser humano se las arreglará para ponerla en práctica. Plinio el Viejo dejó constancia de la invasión de vino fraudulento en la Roma imperial, hasta el punto de señalar que era imposible que hubiera existencias inagotables de vino falerno –ancestral, escaso y famoso vino blanco de alta graduación elaborado con uvas greco y aglianico de las laderas del monte Falerno– en la metrópoli. Según nos dice la Oxford Campanion to Wine de Jancis Robinson, la Edad Media fue también un foco de fraude hasta el punto de que en Inglaterra se llegó a prohibir el almacenaje conjunto de vinos franceses, alemanes y españoles para evitar mezclas deliberadas entre unos y otros; mientras que en algunos estados germánicos el fraude con este producto se consideraba un crimen capital penado con la horca. Los progresos científicos de la Ilustración trajeron consigo ingeniosas metodologías que hacían pasar sidras por champanes y jugos fermentados de bayas por vinos, lo que obligó a sucesivas modificaciones legales hasta nuestros días para definir qué productos podían recibir cada denominación.

 

En la actualidad, los fraudes de etiquetas copan la mayor parte de las estafas del vino, ya sea en partidas mayúsculas vendidas por debajo del precio de mercado de la referencia auténtica o en unidades de vinos excepcionales de gran valor y antigüedad. Para la anécdota quedan los famosos Lafite y Branne-Mouton de Thomas Jefferson que se acabaron probando falsos y las controversias enológicas del notorio empresario Hardy Rodenstock (con película en ciernes), pero el fraude de vinos, según las unidades de crimen organizado de Interpol y Europol, es ya un negocio global que interesa a estructuras criminales a gran escala que ya estaban especializadas en falsificación de tabaco y en otros negocios ilícitos de distribución.

 


 

 

Criptovinos

 

La tecnología de cadena de bloques, muy conocida por su aplicación en el desarrollo de criptomonedas, se postula como una de las soluciones más eficaces para impedir las falsificaciones de vinos, al actuar como un notario objetivo y altamente seguro a la hora de establecer la autenticidad de una unidad dada de cualquier producto. El primer ejemplo exitoso de este tipo lo vimos en la bodega italiana Cantina Volpone, que, en colaboración con la multinacional Ernst&Young, estableció con dicha estructura de datos la trazabilidad segura de su Falanghina IGP desde el viñedo hasta la botella. La firma Chai Wine Vault de Maureen Downey, especialista ya referida en el artículo, también emplea esta tecnología entre sus servicios. 

 

 

WSI: vinos a la luz

 

Wine Scene Investigation, o la ciencia forense y las medidas profilácticas a servicio de la autenticidad de los vinos: las botellas grabadas con números de serie, sellos holográficos, corchos inteligentes con chipeado, cápsulas codificadas, sacacorchos analíticos y muchas más se cuentan entre las segundas; mientras que entre las primeras cobran fuerza técnicas –especialmente para el análisis de vinos antiguos– como el análisis de isótopos estables o los denominados isopaisajes, que identifican correspondencias geográficas únicas.  

 

 

 

 

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