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Hasta la cocina

La edad de los gastrónomos

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Sábado, 14 de julio de 2018

La edad óptima para ser un gastrónomo son los 50 años. Antes se es muy joven, después se es muy viejo.

Empiezo la columna de forma terminante y avasalladora y con un tonillo profesoral, como si uno, que es un iletrado, hablase desde la cátedra. Perdonen la confianza. Pero para saber comer al cumplir el medio siglo hay que empezar de niño recibiendo una educación exquisita. Hay que tener al lado un abuelo abierto de mente, una madre estricta y un padre que viaje por todo el mundo y al que le guste, cuando llega a su hogar, pontificar de las cosas del comer y del beber. La gastronomía –no hablo de cocina– es una vocación de caballero. El futuro gastrónomo deberá ir al gimnasio y conocer todos y cada uno de sus músculos y después optar por tocar el violín o educar las papilas gustativas. El hedonismo, el ser un bon vivant, es una vocación de descarriados, es la opción de los perdularios, el camino equivocado al que se opta a sabiendas de sus peligros y desastrosos resultados. ¿Son compatibles la lujuria y la gula? Por supuesto que sí. Durante unos años los dos pecados capitales caminan juntos, se complementan, son compañeros de cama y de mesa y viceversa: la mesa como tálamo y la cama como territorio para grandes banquetes. Pero eso sí, si utiliza usted en sus orgías el lecho para devorar manjares diversos y es usted muy panero, antes de quedarse dormido en brazos de una señorita solicite al servicio que quiten las miguitas del mantel-sábana. Los grandes gastrónomos tienen la piel fina y la desnudez no tolera las agresiones del pan en diminutas porciones aunque sea de una acrisolada masa madre.

 

El joven caballero se prepara durante la infancia, la adolescencia y la juventud para llegar a la cincuentena en plenitud de forma y con la sabiduría del escéptico, del que por haberlo vivido todo no cree en nada. Es buena una dosis abundante de cinismo pero es imprescindible un ligero toque de ingenuidad. Si su preparación física y mental ha sido acompañada de un estómago que digiere piedras y sus papilas gustativas gozan de excelente memoria, vivirá 12 meses fascinantes. Para ello es preciso que no sepa en qué consiste el ardor de estómago y que haya leído un mínimo de 3.000 volúmenes y ninguno de cocina, que sea un experto en múltiples temas y sin embargo no sea usted un pelma, ni un sabihondo, ni un erudito. Hablar con fluidez varios idiomas es algo que se presupone en un caballero de nuestro tiempo para poder flirtear con desenvoltura con las señoras que tenga a derecha e izquierda en los banquetes a los que asista. Sus escritos serán burbujeantes, amenos. Hable del restaurante como representación teatral y a la cocina dedíquele la atención justa, sin exageraciones; el cocinero es un artesano dignísimo pero un artesano al fin. No cometa el grave pecado de dejarse invitar en ninguna de sus visitas al restaurante, ni se convierta en el alabancero oficial de uno o varios chefs de prestigio. El cocinero y el gastrónomo viven realidades sociales y culturales distintas y, por consiguiente, actúe en consecuencia.

 

Disfrute con intensidad la cincuentena y goce de los 12 meses con que la vida la premia. Cuando cumpla los 50 y uno empezará su decadencia. Si ha sido usted un perdulario llegarán los achaques, los dolores, las facturas pendientes. Padézcalos con estoicismo y sin quejarse y, si es usted un caballero, muérase antes de cumplir los 60 de forma rápida, como un dandi. No sobreviva. Es un consejo de amigo.

 

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