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VIÑA PATATA (Un vino para presumir)

Autor: Sir Camara
Viernes, 27 de julio de 2018

La tensión es palpable. Siempre que quedamos para cenar con esos amigos que lo saben todo de todos los vinos, me entran ganas de darme a la bebida con criterios defensivos… Para olvidar. Pero nada de beber vino, sino destilados salvajes, de garrafón, para que produzcan lesiones cerebrales irreversibles que sólo se justifiquen con una última voluntad: que arrojen mis cenizas en Magaluf desde un balcón.

 

Y la cena en casa, claro, de ahí el pánico escénico a la crítica posterior en la que se justifican con benevolencia los emplatados y se hace sangre con los vinos. Ahí está el problema: la elección de los vinos. Y mira que he pasado veces por ese trance y siempre me echan una mano en la tienda de vinos donde compro habitualmente, que son muy majos y me comprenden; tanto que dan como válido mi comportamiento ante una copa de vino cuando digo: ¡pues a mí me gusta!, sin más léxico especializado ni subterfugios con los que aspire a pasar por un entendido en la materia.

 

Como si hubiera estado preparando ese momento durante la noche anterior, como si fuera un examen, el examen de tu vida, entré en la tienda y, casi atropellando el cálido buenos días del vendedor y consejero íntimo, empecé a declamar de corrido mis alborotadas pretensiones: Quiero un vino equilibrado, armonioso… Que no tenga elementos que destaquen sobre los demás… Un vino bien estructurado y al mismo tiempo con una presencia… con cuerpo. Quiero un vino que esté en pleno apogeo, un vino desarrollado en el que salten a la vista, la nariz y el paladar todas sus cualidades… Busco, creo que es lo que puede dejar mudos a mis sabios amigos, un vinazo carnoso y complejo, de textura suave pero con una plenitud de sensaciones olfativas y gustativas que me permitan triunfar esa noche. Incluso voy a ver si encuentro agua líquida de Marte, aunque me toque discutir con Pedro Duque y con Iker Casillas por estar en fuera de juego. El segundo, claro.

 

Ante esta atropellada exposición de mis deseos, que más que para comprar unas botellas de vino, parecía la solicitud de peticiones al genio de la lámpara de Aladino, el sonriente vendedor introdujo la clave de mi pesadilla: No te compliques la vida. Estás siendo víctima de unas influencias, hoy día hay demasiados influencers vínicos. Y, creeme, me parece un fenómeno tan cruel como innecesario. Sólo te pediré un dato, aunque intuyo la respuesta. No me digas otra vez qée tipo de vino quieres y, sobre todo, lo que necesito saber es para qué quieres ese vino.

 

En resumidas cuentas, no les voy a trasladar la literalidad de aquél angustioso momento, le dije que quería… un… ¡Jo, es que me da vergüenza…! Quiero un vino para la foto. Un vino de presumir, cojonudito, pero no muy carito, que cuando las cosas se suben se maquillan con diminutivitos. El hombre me llevó a un rincón de la tienda y me refrescó la noticia de los vinos falsificados para ocasiones similares. Lo que él llamó con mucha coña un “Viña Patata”, un vino para la foto, para el selfie, para aparentar, para tirarse el rollo. Brindemos por la sensatez del hombre que me descubrió, aunque lo sospechaba desde ya hacía años, los caldos que rellenan carencias. Diga ¡¡¡pa-ta-taaa!!! ¡Flash!

 

Pues eso

 

 

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