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Comer, beber, amar

La cocina infernal

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 23 de septiembre de 2018

La gula ya no es lo que era. La Iglesia apenas le dedica atención y solamente los obispos ultramontanos se acuerdan de ella y le hacen saber a la feligresía que el apetito desordenado, el ser un gourmand, es un pecado que puede llevarlos a las calderas de Pedro Botero.

Allá por los años de San Tilo, en plena Edad Media, cuando las hambrunas eran más pavorosas fue cuando la gula alcanzó todo su prestigio y fue perseguida y condenada con más acritud. Los moralistas hablaban con frecuencia en sus sermones del cocinero del infierno, un tal Nabuzardán, del que actualmente nadie se acuerda. Era este chef un aliado de Satanás y preparaba exquisiteces para que el maligno tentase a sus víctimas, sobre todo a los eremitas y a los monjes de buen diente, a los gourmets de cenobios y monasterios. Nabuzardán preparaba sus exquisiteces con la ayuda de un panadero sublime que respondía al nombre de Ademuz, un artesano que sabía de trigos, centenos y harinas diversas y que con su masa madre más excelsa complementaba los menús del cocinero infernal. Presumo que Ademuz era también repostero que elaboraba postres variados, tartas de merengue y crema pastelera. ¿Haría también palmeras glaseadas? Es bien sabido que Satanás tentaba con preferencia a las gentes de cogulla con beldades desnudas de grandes senos y muslos redondeados. Si el infeliz clérigo no caía en la tentación –el bueno de San Antonio Abad lo pasaba canutas con el mujerío infernal– Lucifer ordenaba a su equipo de cocina y repostería artesana que entrase en acción. La gastronomía era el séptimo de caballería y todo se lo llevaba por delante. No hay noticias en los santorales y martirologios consultados que los siervos de la gleba que se alimentaban con las sobras que dejaba el señorito fuesen tentados por los cocineros y reposteros infernales. Un servidor, a pesar de su edad provecta y de su comatoso estado de salud, si Lucifer le mandase damas atractivas y menús exquisitos, caería en ambas tentaciones y, me temo, que perdería alma inmortal por los encantos de las féminas y las delicias gastronómicas.


La repostería del chef nunca me ha gustado, incluso cuando los grandes cocineros, en un acto de soberbia intolerable, se meten en lo que no es su cometido y firman postres a menudo detestables.


 

Es sumamente curioso que Lucifer dividiese su cocina en disciplinas perfectamente diferenciadas. Por una parte la cocina, y por la otra, los panes y dulzainas. La repostería del chef nunca me ha gustado, incluso cuando los grandes cocineros, en un acto de soberbia intolerable, se meten en lo que no es su cometido y firman postres a menudo detestables. Cuando en restaurantes de autor el chef no elabora los postres tendría que informar al comensal y decir el nombre del repostero. El afán de protagonismo de los cocineros de la élite es insaciable. En las cocinas tradicional y popular resplandecen y se anuncian los postres caseros como la quintaesencia de la calidad. Si al frente de esa disciplina hay un profesional que conoce su oficio y elabora arroz con leche, tartas de queso u otras exquisiteces el firmante no tiene nada que objetar, pero si se carece de ese especialista es mucho mejor que se utilicen pasteles de confiterías de prestigio. Las confiterías de calidad abundan tanto en las grandes capitales como en las villas y pueblos donde comprar pasteles los domingos y fiestas de guardar.

 

No creo que Lucifer se ocupe de mí a estas alturas de la vida. Desde aquí les mando un saludo tanto a Nabuzardán como al admirable Ademuz y como sospecho que en el cielo se come fatal, grito cada mediodía mirando al suelo y emulando al rey inglés: ¡Mi alma por un cocido!

 

 

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