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“LARRY OJA”

Autor: Sir Camara
Martes, 2 de octubre de 2018

Sí, es que ahora todo se dice en inglés. Es la lengua que representa al primer mundo, la que pone todo en el escaparate de la realidad inmediata, del éxito y de la modernidad. Por cierto, no sé qué hago escribiendo en una lengua tan lejana de la realidad. Larry es el diminutivo de Lawrence, Lorenzo, el pico más alto de un territorio que es famoso por sus vinos y que, asociado al nombre de ese breve río que nace en la sierra de la Demanda, el río Oja, conforma, al menos fonéticamente, la denominación de la tierra que en 1977 asignó al Monasterio de San Millán el título de cuna del castellano.

 

Dicho esto, sepan que hice hace pocas fechas un vuelo tan rasante como emocionado por aquellas tierras. Emocionado,  porque tras el viaje y por las horas el desayuno estaba ya olvidado y el instinto suplicaba comer. Dejo los aperos ruteros  y busco unas pochas o unas patatas a la riojana. Todos los altares de este culto estaban  cerrados. Argumentan que son fiestas. Y aunque les recuerdo que los festejos son para hacer caja, me dicen que ya hicieron “su agosto”. Información a pie de ventanilla del coche sugiere un bar que tiene raciones… De moscas. Las bravas y los calamares los habían vendido. Sólo quedaba un trozo de tortilla (tortilla es mucho decir) que alivió el ya tardío protocolo apetitoso.

 

No se puede estar todo el día enfurruñado y quejándose, me sugieren. Ya ajustará las cosas esa asociación de hosteleros, que debe existir, el año que viene y cerrando con criterio escalonado para que todo funcione bien.  Lo acepté y me puse en positivo, que ya empezaba a parecer español: hablando de todo en tono escocido. Y me fui a Vitoria. Ese inalterable modelo urbanístico para la convivencia y el sentido de la estética.  Y luego un picoteo por la calle del Laurel, en el penúltimo día de las fiestas de san Mateo, en Logroño. Y descubrí que la cocina del apartamento que había alquilado tenía una estancia preparada para jugar a las cocinitas. Y descubrí también un carnicero simpático y con buen género en la plaza del pueblo que me acogió; el mismo en el que Andrés Pascual sitúa su thriller ‘A merced de un dios salvaje’.  Y, ya puestos, no nos engañemos, fui al pensamiento único: el vino. A ver si no a qué se va a aquella tierra. A eso y a ver necrópolis del siglo XI, lagares y ermitas que te dejan la boca abierta para comer,  beber, exclamar… 

 

Inmerso ya en ese thriller riojano que me monté sin proponérmelo, buscando el bueno y el malo, esquivando el miedo, abrazando emociones, y conmovido por los sucesos inesperados, me doy de frente con una bodega  “probatoria”, para mí asociada a la curación. Bodegas Teodoro Ruiz Monge que me reconcilió con el mundo negativo que me asaltó nada más llegar a Larry Oja. Unos vinos tradicionales, de maceración carbónica a partir de Tempranillo, Garnacha y Viura. A ver qué dice Parker… No, si va a ser cierto que estamos inmersos en un thriller y a merced de un dios salvaje.

 

Pues eso.

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