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Toro maduro

Lucas Lowi, Numanthia, veinte años y el desafío de Toro

Autor: Luis Vida. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Jueves, 4 de octubre de 2018
Noticia clasificada en: Vinos D.O. Toro

Natural de Mendoza, región vinícola argentina en la que creció entre viñas, es director general de la única bodega en España del grupo de lujo LVMH, que agrupa marcas como Krug, Dom Pérignon, Château d’Yquem o Cheval Blanc.

Su carrera profesional comenzó en el gigante Coca-Cola –“siempre con el vino entre ceja y ceja”– y tras un breve paso por el Grupo Peñaflor, propietario de iconos del volumen del Cono Sur como Trapiche o Santa Ana, fue fichado por LVMH en 2007 para desarrollar en América Latina sus etiquetas. En 2015 le llegó la propuesta de hacerse cargo de la bodega emblemática del grupo en Toro, “un momento muy importante porque Numanthia se había hecho famosa muy pronto, cuando los 100 puntos Parker la elevaron a un lugar de privilegio. Acababa de terminar mi MBA en dirección de negocios vitivinícolas y rápidamente me vine a conocer la zona y el viñedo. Las bodegas de éxito mundial se dan cuando hay un terruño excepcional, alguien dispuesto a invertir en ese lugar, alguien con capacidad de interpretarlo y transformar sus uvas en vinos que tengan un largo recorrido y, finalmente, una estrategia empresarial que, como en cualquier otra industria, sea capaz de construir una marca que perdure en el largo plazo”.

 

¿Qué impresión guardas de tu salto al Viejo Mundo?

 

Fue un shock. Me encontré con un patrimonio único de viñedos centenarios de pie franco plantados en vaso con muy baja densidad, algo totalmente diferente a lo que hay en cualquier otro lugar y que cambió radicalmente mi forma de ver el mundo de los vinos. Llegué en octubre, en vendimia, y los locales me advirtieron que en Toro hay “nueve meses de invierno y tres de infierno”. Entonces empezaba hacer frío, pero luego pude ver como ese viñedo pasa esos tres meses de infierno sin agua y, aun así, logra madurar y entregar una uva de concentración impresionante… Yo había escuchado la historia de la antigua ciudad de Numancia que resistió 20 años el asedio de los romanos. Fue entonces cuando entendí que la bodega lleve el nombre de esta ciudad heroica, no solo porque estas viñas tenaces resistieron la filoxera en el siglo XIX, sino que cada año aguantan unas condiciones climáticas extremas en el límite de lo que pueden soportar. En los suelos arenosos y de piedras que trajo el Duero, van aprendiendo a equilibrase a sí mismas y saben que cuando cae agua hay que retenerla bajo las raíces. A nosotros nos toca la enorme responsabilidad de cuidarlas, preservarlas y transmitir todo eso en una botella de vino. Y cuando hablo de cuidados hablo también de ocuparnos del medio. Todo el manejo del viñedo es orgánico y acaba de ser certificado ecológico.

 

¿Es tan importante la edad del viñedo? Para un consumidor de a pie, ¿Cómo afecta al carácter de los vinos?

 

La primera vez que recorrí la viña y probé los racimos me quedé asombrado y hasta asustado de su potencia y de ese tanino que te deja los dientes marcados, y no solo en color. Estamos obteniendo unos rendimientos entre los más bajos del mundo y la concentración de materia prima y la pureza que vienen en esa uva son algo extraordinario. A la hora de elaborar, en los primeros días de fermentación se nota ya la fuerza que traen esos racimos de viñas antiguas. Pero la extracción en Toro debe ser sutil; todos recordamos los vinos para tomar “con cuchillo y tenedor”, con mucho cuerpo, tanino, alcohol… mucho de todo. Hace 20 años que Numanthia viene trabajando para demostrar que este terruño, además de dar potencia, puede ser elegante. No se puede vinificar extrayendo lo más posible de la piel como hacemos en otros países; la maceración tiene que ser cuidadosa, controlada depósito por depósito y a degustación, sin seguir un protocolo. Con una crianza paciente y extendida en barricas y luego en botella se puede conseguir algo realmente sensacional.

 

¿Cómo es el terruño del que procede Numanthia?

 

La estrategia es obtener racimos de la variedad tinta de Toro de viñedos muy viejos en distintos terruños. Trabajamos con más de 200 parcelas en diferentes zonas cuya extensión, en promedio, no pasa de una hectárea. Ensamblamos en cada añada la uva de no menos de 100 de ellas, porque son muchos pequeños grand cru con diferentes suelos y cada uno aporta algo diferente. Las expresiones que logramos son muy distintas en Morales, en El Pego o en Matalobas y nuestro camino va por ahí. Hemos invertido en capitalizar este activo fundamental y comprado para ello pequeños depósitos de acero. Vendimiamos y vinificamos cada uno de ellos individualmente y, luego, les damos crianza en barricas durante año y medio de forma separada para, al final, llegar con muchos lotes distintos al momento único de decidir cuál va a cada vino. Creo que somos la única bodega en la zona con posibilidad de armar un blend con componentes de toda la D.O.

 

Vamos a romper tópicos. ¿Es Toro una tierra propicia para vinos de larga guarda?

 

Si, definitivamente. Es algo que estamos descubriendo, aunque no tenemos muchos años de experiencia. Preparamos Numanthia y Termanthia para una larga vida y para ello invertimos en uva y en viñedo, vinificamos y criamos con esa filosofía y los vestimos con corchos y botellas que permitan esa evolución. El cambio radical en la bodega en los últimos años ha sido alargar la fecha de lanzamiento de los vinos, que ya no es consecuencia de la oferta y la demanda –se termina la añada y hay que sacar la nueva– sino que vamos pacientemente aguantándolos para sacarlos al mercado cuando estén a punto. Ahora Numanthia sale con un mínimo de un año y medio de barrica más otros dos en botella y Termanthia lo estamos demorando tres. De aquí en adelante tendrán un recorrido espectacular y mejorarán con el tiempo durante unos 15 o 20 años, en condiciones adecuadas de guarda.

 

¿Son las barricas bordelesas de 225 litros las que más convienen a los tintos castellanos?

 

La forma de hacer y consumir el vino ha cambiado. Hace unos años se valoraban el grado elevado, la alta extracción, la concentración y la madera muy presente. Pero el consumidor se ha cansado y ahora busca vinos más frescos en los que la principal característica sea la fruta. Nosotros estamos convencidos de que la tinta de Toro de viñedo viejo necesita crianza y buscamos mantener la identidad de la zona y la casa, pero reteniendo cada año más su frescura, una acidez más vívida y que la madera se integre plenamente con la fruta. El secreto es el balance, que cada cosa esté en su lugar. Es un desafío que nos ha llevado a investigar y cambiar un poco nuestro perfil de crianza, incorporando barricas mayores, de 400 litros. Trabajando con los toneleros logramos que el impacto del roble en el vino sea más sutil.

 

Más allá de cualquier tendencia ¿Cuál sería la verdadera esencia del proyecto Numanthia?

 

Nuestro rol ha sido redescubrir un diamante que estaba aquí, porque ni los pobladores de la zona eran muy conscientes del tesoro que es este viñedo viejo de tinta de Toro plantado en pie franco hace siglos, del que estamos enamorados. Es un desafío porque sólo llevamos 20 años y no conocemos todo su potencial, pero queremos ser una referencia en el terruño y ser uno de los mejores vinos de España y del mundo. El contexto ha ido cambiando: en 1998 los Eguren fueron pioneros en apostar por Toro en un momento en el que no había grandes inversiones y en imaginar lo que este viñedo podía dar; en 2008, el Grupo LVMH adquirió la bodega con mucha ilusión y se inició la transición, extraordinariamente bien pilotada por Manuel Louzada, para insertar una casa que era familiar en un grupo de lujo y, en esta nueva etapa, el reto para mi equipo y para mí es ir un poco más al detalle. Nuestros vinos tienen que contar una historia y tenemos que lograr que la gente los pruebe, romper el paradigma de que el vino de Toro es de cierta manera y que se encuentren con algo que jamás habían esperado. Entonces, todo fluye.

 

 

 

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