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Los gustos y los caminos

El crimen de la tinaja

Autor: César Serrano. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 4 de noviembre de 2018

Los inviernos en Picote de Traslasierra siempre son anticipados. Llegan cuando en otras geografías se celebran aún las otoñadas, son noches donde tiritan la estrellas como lo hacen en Isla Negra, noches de hielo y frío.

En los corros de brasas de calvotes y socochones, de pitarras, se escuchan a menudo historias que hacen encoger el alma. Las más sobrecogedoras, y por ello celebradas, venían siempre de Elpidio Gascón Muñoz, un viejo periodista de la sección de Sucesos del principal diario regional. Cuenta Elpidio una historia tenebrosa como solo puede ser la muerte. Una historia, dice, de la que se llegó a ocupar El Caso, que se editaba en la capital y en cuya primera página pudo leerse: “El crimen de la tinaja: un crimen que el paso del tiempo ha hecho impune”. La crónica comienza cuando un chamarilero compró a los herederos de don Serapio Maderal Acera, fallecido hacía ya más de un lustro, todos los enseres de la casona familiar y sus anejos. Uno de esos anejos era una bodega excavada en la roca y donde se acumulaban tinajas y otros enseres propios del vino. Cuando el chamarilero abrió la puerta de madera forrada de zinc una bofetada de moho y vinagre le llegó hasta lo más hondo de su estómago. Habría de pasar algo más de media hora para que ayudado por una potente linterna se adentrase en aquella cueva del vino. Allí, banastas, desgranadora, batidor, cubillos, cántaras, canillas, tinajas… El chamarilero, cuenta con detalle Elpidio, fue el que al asomarse a una de las tinajas vio sobre una masa de hollejos petrificados los restos de lo que parecía ser el esqueleto de una mano, cuyos huesos tenían ya el color del vino. Se apartó con espanto y acudió al puesto de la Guardia Civil. Unos agentes, el juez, la forense y sus ayudantes vaciaron la tinaja con aquel amasijo de huesos y hollejos. La médico forense certificó que se trataba de un hombre joven, de unos 20 años, y que alguien habría aprovechado la fermentación de mosto y hollejos para acelerar la descomposición del cuerpo que aparecía con el cráneo fracturado, probablemente debido a un fuerte golpe. También entre los restos apareció una medalla de oro con la imagen de la Virgen de la Piedad y con el nombre grabado en el anverso: Luis Santaolalla Rodríguez, quien había desaparecido hacía más de 60 años, cuando fue llamado a las filas del ejército de la victoria. También se comentaba que el muerto pretendía a la que más tarde sería la señora de don Serapio Maderal Acera. Todo esto era referido abundando en detalles escabrosos hasta el estremecimiento. Mientras, en una enorme olla, se recocían en leche perfumada de canela unas castañas pilongas que habían sido secadas al humo.

 


 

 

 

Socochones

 

Ingredientes

 

  • 1 kg de castañas pilongas
  • agua
  • leche
  • canela
  • cáscara de limón
  • sal
  • azúcar

 

Elaboración

 

 Se echan las castañas pilongas peladas en remojo y se cuecen en agua con una puntita de sal y un trocito de canela hasta que estén tiernas. Se recuecen en leche con azúcar, un palo de canela y un trozo de cáscara de limón unos 15 minutos.

 

 

 

 

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