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Vuelta al origen

Blancos de Rioja, reivindicando su lugar histórico

Autor: Mara Sánchez. Imágenes: Archivo
Martes, 6 de noviembre de 2018
Noticia clasificada en: Vinos blancos Vinos D.O. Ca. Rioja

Es el propio Consejo Regulador quien recuerda que en origen Rioja fue tierra de blancos. Se estimulan las elaboraciones blancas en el reino de la tempranillo para conquistar al consumidor en un momento donde los blancos están de moda.

No dejan de aparecer nuevos vinos blancos en el extenso territorio que abarca la denominación de origen calificada Rioja. En el punto de partida de estos nuevos horizontes se sitúa el Plan Estratégico de Rioja 2005-2020 que incluye, entre sus objetivos principales, la renovación de esa oferta blanca acompañada de la autorización de nuevas variedades. Una decisión ésta que, desde el principio, generó alguna crítica a raíz de incluir entre esas nuevas variedades uvas tradicionales y arraigadas en zonas de la competencia. Porque, ¿no es verdejo sinónimo de Rueda, por mucho que hoy la variedad haya superado esa zona de influencia? Sin embargo el reto de atraer a un público que demanda cada día más vinos blancos animó a dar ese controvertido paso adelante.

 

[Img #15035]Cuando nació la D.O. Ca. Rioja en 1925 fueron tres las blancas autorizadas: viura, garnacha blanca y malvasía, pero hace diez años que esa autorización se amplió a seis variedades más, tres de ellas autóctonas (maturana blanca, turruntés y tempranillo blanco), y otras tres de procedencia ajena al territorio riojano (verdejo, chardonnay y sauvignon blanc). Dotar de mayor competitividad a los blancos de Rioja justifica esta ampliación, como apuntan desde el propio Consejo Regulador, además de incidir en que son aptas para pasar tiempo en barrica. De este modo, está creciendo de manera exponencial la plantación de estas variedades, pues si hasta 2015 había en torno a 4000 hectáreas en producción (de las que el 85% eran de viura), en este momento superan las 6000 (70% viura, y ¾ partes con más de 20 años) sobre un total de viñedo de más de 65 000. En todo caso, la cifra aún dista mucho de las 9000 hectáreas de blanco que había en 1985 y que sufrieron el boom de la tempranillo tinta, lo que provocó el arranque y la reducción de esa cantidad a menos de la mitad.

 

Porque antes de continuar, merece recordar que Rioja, territorio reconocido por sus tintos, varios siglos atrás elaboraba más vino blanco, tradición en la que ahora hacen hincapié, con documentación relativa al siglo XVII en la que se recogía ese mayor volumen de blancos. Ahora, siglos después, se muestran convencidos y contentos por las cifras de las que presumen: de 17 millones de litros vendidos hace tres años, en 2017 alcanzaron casi los 22 millones. Un considerable incremento, sinceramente, pero, “según Nielsen, el mercado tiene capacidad para absorber todavía 15 millones de botellas de blanco cada año”, apunta el director general de la denominación, José Luis Lapuente.

 

Futuro incierto

 

El tiempo será el que determine si la apertura a estas variedades foráneas ha sido acertado o, por el contrario, una huida hacia delante en el sentido de haber lanzado al mercado más de lo mismo, vinos que en poco difieren de los existentes. Lo que está claro es que en este momento impera el discurso de lo autóctono, la tipicidad, el valor diferencial en otras muchas zonas elaboradoras que buscan su espacio desde su particular originalidad, lo que las identifica.

 

De momento, confían en que las castas incorporadas contribuyen, o lo harán, a la complejidad de los blancos de la zona, aparte de atender lo que está demandando el consumidor. Saber si se está haciendo bien es cuestión de espera; por ahora, lo que está aconteciendo en Rioja es la aparición de nuevos vinos con destacada presencia de viura, su uva autóctona por antonomasia, pero con compañeros de viaje de lo más variopintos. Incluso hay bodegas que ya se han lanzado a presentar elaboraciones monovarietales de esas variedades ajenas… con acierto dispar en numerosos casos. Porque si en un principio se admitieron esas tres foráneas como mero complemento, tiempo después se abrió la puerta a que fueran protagonistas, ya sea tanto en coupage como en monovarietales.

 

[Img #15036]Sacar conclusiones tal vez es injusto en este momento dado que las cepas todavía son muy jóvenes y requieren un periodo de adaptación, pero en lo que sí coincide la crítica es en lo arriesgado de apostar por esas variedades que nada tienen que ver con Rioja, teniendo en cuenta las otras seis autóctonas con las que pueden trabajar y a las que se reconoce potencial, con capacidad de identificación incluida (maturana, tempranillo blanco y turruntés). De hecho, ésta fue una conclusión consensuada entre los profesionales especializados que, antes de verano, participaron en la cata de blancos riojanos que había organizado el propio Consejo Regulador en su sede. Más de 200 etiquetas presentadas y catadas (en concreto, 221 vinos) provocaron algunas opiniones compartidas entre los presentes: la primera, que la viura es una de las variedades que mejor se entiende con la madera, lo que podría ser la vía principal por la que discurra la promoción de los blancos riojanos. Otra conclusión en la que hubo consenso, fue que la maturana (con elevada acidez) y la garnacha blanca son las que resultan más interesantes, gracias a su potencial aromático, por lo que ofrecen y por ese carácter diferencial que pueden aportar. En lo que a tempranillo blanco respecta, una variedad que llamó mucho la atención en el momento en que apareció (descubierta en 1988, es fruto de una mutación genética, y se experimentó con ella durante una década antes de incluirla entre las autorizadas), generó intercambio de puntos de vista, pero todos coincidieron en la necesidad de tiempo para su desarrollo. A día de hoy, en todo caso, “los vinos resultan algo huecos”, como apuntaban en dicha cata algunos de los críticos presentes, también de acuerdo en que las ajenas al territorio poco aportan en este momento, teniendo en cuenta además que ya abundan en el mercado y que no contribuyen al carácter diferencial de Rioja.

 

Fue también unánime la idea de que deberían dirigirse al segmento superior de los vinos blancos porque de otro modo, a día de hoy, puede que no alcancen sus pretensiones teniendo en cuenta la saturación existente en los segmentos inferiores (gama media y baja), además de las zonas vinícolas españolas que destacan por la elaboración de vinos blancos y cuyo mercado está asentado están entre los consumidores.

 

Lo que quedó claro es que la combinación de la viura con la barrica es el tándem que mejor funciona porque, además, es propiamente riojano, lo que le da identidad. Y ahí están los clásicos blancos de esta tierra para corroborarlo, a pesar de que no se les haya hecho demasiado caso por eso de primar las elaboraciones tintas. Sin duda alguna, estos vinos tradicionales, bien elaborados, están en su momento y son esas referencias que Rioja debe reivindicar y con las que hacerse fuerte frente a la competencia (en el segmento medio-alto), como apuntaban los profesionales presentes. Dicho esto, es igual de respetable dejarse llevar por meros intereses comerciales, es decir, hacer de estos blancos un complemento de portfolio de bodega, pero por esta vía, aparte de alcanzar (o no) objetivos económicos particulares, no contribuirían a que la zona sea prestigiada por las elaboraciones blancas.

 

Viura y madera, bien avenidas

 

Con la mirada puesta en ese objetivo, esta relación parece la más acertada; la viura es la blanca principal de Rioja, y las crianzas en barrica una de las señas de identidad de la zona. En el buen manejo de la barrica reside la clave del éxito porque el carácter de la variedad (justa en aromas y altos rendimientos) hace de esto un arte porque la madera puede comerse la fruta. Por eso se mira a las viñas de mayor edad como las más adecuadas dado que disminuyen bastante los rendimientos por cepa, con lo que las uvas ganan en carácter. Grandes clásicos riojanos están ahí para corroborarlo.

 

La confianza reside ahora, como ya hemos apuntado, en la maturana blanca y en la garnacha blanca, de toda la vida pero con poco protagonismo hasta la fecha. Son dos variedades cuyo perfil aromático podría dar sorpresas en combinación con el paso por la madera. Luego están los que apuestan además por la tempranillo blanco a pesar de las opiniones encontradas en cuanto a su capacidad de envejecimiento. En cualquier caso, esta revisión/renovación de los blancos riojanos es un planteamiento con solo 10 años de vida para aplicar soluciones drásticas, pero sí es un periodo en el que seguro ya pueden sacarse algunas conclusiones cuando además algunas voces acreditadas coincidan en sus criterios.

 


 

Rioja imparable

 

La denominación se ha puesto las pilas y no deja de protagonizar noticias desde hace más de un año. Comenzó revisando la categorización tradicional de sus vinos (crianza, reserva y gran reserva), a lo que ha seguido la aprobación de nuevas indicaciones con la pretensión de poner en valor el terruño: vinos de zona, de municipio, viñedo singular y la sorpresiva espumoso de calidad blancos y rosados, “para aprovechar una oportunidad de negocio”, explican desde el Consejo Regulador. Un argumento con el que justifican también la apertura a rosados más pálidos al ser una tonalidad que está provocando mayor interés entre los consumidores. Por último (o por ahora) parece que hay intención además de cambiar el la especificación geográfica de “Rioja Baja” por “Rioja Oriental” porque dicen “resulta más comprensible para la exportación”, aunque en el fondo la razón pueda estribar en desterrar las connotaciones o clichés que puede conllevar la indicación “baja”...

 

 

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