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Hasta la cocina

Los contadores de películas

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 23 de diciembre de 2018

Ayer se murió mi amigo Samuel Peñalba Uramburo, el último contador de películas.

No es conveniente confundir a los contadores de películas con los cinéfilos, esos coñazos insoportables que lo sabían todo sobre los directores, actores y actrices y que te daban la tabarra en los cine-clubs. Los contadores de películas te contaban, como su propio nombre indica, los filmes de principio a fin y, además, con la música incorporada. Cumplieron antaño una función social importantísima, sobre todo en la posguerra, cuando además de hambre y poco dinero había apetito de cultura, libros prohibidos, censura. Fui a ver a Samuel al hospital; el hombre estaba muy pachucho, tenía 92 años y muy mal color y, para animarlo un poco, le dije: “Samuel, coño, cuéntame Los tres mosqueteros”; el moribundo sonrió agradecido, me la relató de principio a fin y al llegar al The End, se quedó en mis brazos, se murió como un pajarito.

 

Los contadores de películas son los antecesores de los contadores de menús de degustación. Yo, que soy un gañán, me sitúo ante el plato multicolor y entonces llega un señor y me explica, a modo de tráiler, lo que quiso decir el cocinero en aquella maravilla cromática, en aquella cogitación sentimental; me relata el paisaje de vivos colores que tengo delante de las narices, la nostalgia del chef por su Extremadura perdida, la influencia que tuvo en su coquinaria su abuelo Ambrosio Nicanor, pastor de cabras que tocaba el violín, el tío y, seguidamente entra en materia y me explica, con todo detalle, cómo me tengo que comer el invento para sentir primero el subidón organoléptico y por último el remanso de paz armónico y de una sutileza melancólica en el último bocado. Te pregunta si tienes desarrollado el umami, el quinto sabor, que es el punto G de algunos productos y, por último, te indica los chirimbolos que debes de utilizar para que el milagro se produzca. Dicho todo esto, con aire solemne y vestido de pontifical, une las manos, inclina el torso y caminando hacia atrás, como los toreros, se las pira y te deja a solas con unas tiritas de salmón y un lomo de sardina, rodeado de una picada de zanahoria. Un servidor, que es un exquisito gourmet como saben mis lectores habituales, sigue fielmente las instrucciones y, será por la edad, unas veces llega al orgasmo culinario y otras no. En ocasiones me encanta el plato, lo disfruto, lo gozo y noto que mis papilas se hablan entre sí y se dicen: “Oye, tía, chipén la zanahoria, eh”; otras, en cambio, a mis meninges le gustan mucho más el relato oral de Samuel, el contador de películas. Antes en el cine se estaba en silencio, como en la iglesia; ahora no y, además de ruido, se come y a dos carrillos. En ocasiones la cocina está por encima del largo discurso del camarero, como la literatura es muy superior, a veces, a las imágenes de las películas de Bergman.

 

Como se murió Samuel no tengo más remedio que volver al cine, aunque presiento que le voy a echar de menos. Hay platos que necesitan explicación y otros no. Una fabada, sin ir más lejos, la entiendes al primer vistazo; el olorcillo del compango te anima la pituitaria y la grasilla que envuelve la faba te sugiere que le hinques el diente sin mayores miramientos. La fabada es un plato confianzudo y de confianza, la conoces de toda la vida, le hablas de tú; es una amante gorda y desvergonzada que te invita a dormir la siesta con ella y no le importan lo más mínimo, los pedetes, las ventosidades.

 

 

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