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Martín Códax

Juan Vázquez, abriendo caminos de carácter Atlántico

Autor: Luis Vida. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Lunes, 24 de diciembre de 2018

El director de Bodegas Martín Códax no pensaba hacerse viticultor hasta que comenzó a trabajar en el sector del vino y hoy está completamente entregado a este grupo, con viñas en varias regiones gallegas y Bierzo.

Cuando la bodega Martín Códax le entrevistó para el puesto de directivo, su primera reacción fue decir que lamentaba haberles hecho perder el tiempo. Tenía enfrente al consejo rector de una cooperativa y él era un hombre de negocios sin anclaje en el mundo del vino, licenciado en Ciencias Empresariales con MBA en Marketing y Dirección de Empresas, que trabajaba en una multinacional de la alimentación. Si cambiaba, sería a un proyecto más ambicioso. Pero el desafío resultó tentador porque, por entonces, al grupo inicial de 50 viticultores se habían unido de forma temporal la Xunta de Galicia y una sociedad de capital-riesgo, “que inculcó el concepto d  profesionalización en la gestión, las finanzas y el sector comercial. Y me dijeron que lo que buscaban era alguien que supiese sacar todo el provecho de las virtudes de una cooperativa”.

 

¿Hacemos un poco de historia sobre los inicios de la bodega y tu entrada en ella?

 

Martín Códax nace en 1986 de la iniciativa de un grupo de unos 50 viticultores de Rías Baixas. Vivían muy bien y tenían todo vendido, pero tuvieron la visión de que pronto con la clientela de Cambados no iba a ser suficiente porque, con la recuperación en marcha del albariño, se estaba plantando mucho. Había que unirse para salir fuera y algunos de los más emprendedores vieron la oportunidad de hacer algo realmente grande. Yo entré a los ocho años de la fundación de la bodega y, en los siguientes, otros viticultores se fueron sumando hasta que llegamos a ser 274. Cuando salimos fuera, vimos que había un gran potencial de comercialización a desarrollar y que nos recibían los mejores importadores del mundo, como Eric Solomón o Jorge Ordóñez, que cuando venía dormía en casa de Ramiro, uno de los fundadores. Desde el principio se habían sentado bien las bases y una marca con un relato, el nombre de un poeta y trovador gallego, en un momento en el que todas eran marqueses, condes, castillos… Entonces el 70-80% de lo que producíamos se vendía en Galicia, pero queríamos crecer y poco a poco empezamos a abrir mercados en España y en la exportación.

 

¿Te incluyes entre los viticultores de la cooperativa?

 

Soy el último en llegar porque esto me enganchó tanto que, a la primera oportunidad, me hice viticultor. Varios socios eran párrocos que tenían viñas de la Iglesia en sus villas y conseguí que el arzobispado me arrendase por 30 años seis hectáreas, la mayor explotación de la cooperativa; Galicia es tierra de minifundios y una hectárea ya es mucho. Aquel ejecutivo agresivo pasó a ser un viticultor. ¡Lo que me he ahorrado en psicólogos! Plantar mi viña es una de las cosas de las que más orgulloso estoy en la vida. Lo que le he dado a la tierra, ella me lo ha devuelto con creces porque me hizo ver las cosas de otra manera.

 

¿Está la imagen popular de Rías Baixas demasiado capitalizada por el albariño?

 

Soy vocal del Consejo Regulador de la D.O. y es un debate que tenemos hace tiempo. Hemos evitado identificarlos en las campañas de publicidad de los últimos 10 años, aunque estamos convencidos de que en Rías Baixas es donde mejor se expresa esta uva por el clima, los suelos de granito… por esa atlanticidad. Pero dentro de la misma Denominación hay mucha diversidad y tenemos un estudio muy serio que hemos hecho con varias universidades sobre las diferencias entre la uva de las distintas zonas que demuestra lo listos que eran nuestros antepasados. En el Condado, que está ya cerca del Ribeiro y no es tan atlántico, el albariño no tiene tanta potencia aromática, así que la conseguían con más cocina: maceraciones más largas, paso por madera y también poniendo  un poquito de otras variedades, como la loureiro, que no se ha elaborado tradicionalmente como varietal porque no tiene boca, pero sí una potencia aromática tremenda de flores blancas. Y el Rosal siempre ha sido mezcla de albariño con caíño, loureiro y hasta algo de godello. Volvamos a esos orígenes. Estamos luchando para construir la categoría “Rías Baixas” porque una denominación tiene que ser más que un varietal.

 

¿Por eso Martín Códax pasó de bodega a grupo?

 

Nosotros éramos muy de lo nuestro y nos parecía que como el albariño del Salnés –el ombligo del mundo– no había nada, lo demás eran imitaciones. Pero en 1998 tuvimos una cosecha desastrosa y vimos que teníamos que tener otras viñas para minimizar los riesgos, así que nos fuimos a producir a otras zonas. Hoy tenemos viñedo en el Rosal y el Condado, no solo de albariño, y estamos en Monterrei, donde tenemos en Verín 80 hectáreas de godello –la explotación más grande de la región– y también en el Bierzo, que está en la puerta de Galicia y tiene el carácter atlántico que buscamos. Nos hubiera gustado tener un tinto gallego y estamos haciendo cosas con la tinta caíño, pero las producciones son muy limitadas. Para encontrar 1.000 kilos en el Salnés, te las ves y te las deseas, así que hemos empezado a plantarla junto con algo de espadeiro. Queda muchísimo que hacer en nuevas zonas, porque existe tradición de lugares que habían sido prácticamente abandonados pero que son idóneos para el cultivo de la viña, y en recuperación de varietales como la brancellao, la bastardo/merenzao/trousseau, que van en la línea de vinos de poco color pero mucha fruta. El mercado ha cambiado, el consumidor hoy valora mucho la frescura y en eso tenemos mucho que decir, pero tenemos que tener altura de miras para dejarnos de localismos y pensar en la categoría “Galicia”.

 

A los vinos de las grandes zonas se les pide capacidad de guarda y evolución en botella. ¿Se puede transmitir al consumidor la idea de que los Rías Baixas no son “afrutaditos” que hay que beber en el año?

 

La culpa la tuvimos nosotros porque, en un primer momento, era lo fácil. Desde el punto de vista financiero, es bárbaro tenerlo todo vendido cuando llega la siguiente cosecha. ¡Había peleas para salir al mercado con la nueva! Pero en el Consejo Regulador vimos que había que cambiar de mentalidad y empezamos con las catas de añadas antiguas que nos demostraron que aguantaban perfectamente el tiempo. Fue cuando empezaron a salir las selecciones de añada y las ediciones especiales. Pero la madera siempre ha sido un tema polémico. Hoy el roble se empieza a usar de una forma más sutil y se ensayan depósitos más grandes –fudres y tal– porque el consumidor quiere blancos que huelan a roble, pero no que tengan boca de madera. Nuestra etiqueta Organistrum tiene clientes muy fieles porque queríamos que la barrica le diera longevidad y estructura pero sin matar el varietal. Y un tema que tenemos que desarrollar son las crianzas en botella, sin miedo.

 

La ecología es un tema central. ¿Se puede trabajar “limpio” en una bodega de gran dimensión?

 

La sostenibilidad es todo un reto por la climatología, la humedad y la capa vegetal del suelo. Tradicionalmente, se han usado muchos tratamientos pero tenemos que sensibilizarnos; en nuestro plan estratégico está el ser líderes en economía circular. Estamos aconsejando a los viticultores, mentalizándolos y usando los productos menos contaminantes posibles, pero queda mucho por andar. La esencia de Martín Códax es la visión clara de que somos viticultores y la bodega es un complemento, no al revés. Nuestro precio es el justo porque nunca hemos repartido dividendos y los hemos invertido en marca, investigación y sostenibilidad.

 

¿Qué nos van a traer estos próximos cinco o 10 años?

 

Veo mucho futuro. Ahora llega una nueva generación que son los hijos de los antiguos socios y tienen otros valores: nuestro presidente no tiene aún 40 años, dejó su carrera y se dedica a la viña al 100%. Hace 20 años no teníamos formación y era muy difícil encontrar un enólogo, pero las nuevas generaciones se fueron a estudiar y a trabajar fuera, a hacer vendimias en Australia o EEUU, volvieron a su casa y hoy hay un montón de gente joven haciendo cosas interesantísimas, algunas tan vanguardistas que ni caben en el pliego de la D.O. Tenemos que ser flexibles con estas inquietudes de los nuevos viñadores. Katia Álvarez, nuestra directora enológica, es una de ellos y sigue viajando, mientras que Luciano Amoedo, nuestro sabio, el enólogo de la casa desde su fundación, es la 11ª generación de una estirpe de vinateros con las raíces bien ancladas en una tierra de la que nunca ha salido. Esta mezcla da un resultado: esto es Galicia.

 

 

 

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