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Comer de Oficio

Las listas, los listos y la complacencia crítica

Autor: Luis Cepeda
Domingo, 30 de diciembre de 2018

No sabe uno si habrá suficientes fechas en 2019 para dedicar otro día internacional a un producto alimenticio como prescribe, cada dos por tres, quién sabe quién.

Debe ser el afán de reinar un día aunque se abdique al siguiente en soberanía nueva. Siempre hubo días oficiales, históricos o benéficos, establecidos por países o instituciones, que responden a determinada función social, recuerdan una preocupación humanitaria o fijan efemérides. Hace años que a los grandes almacenes comerciales se les ocurrió instituir días para felicitar al padre, la madre, el abuelo, los enamorados, el soltero o las viudas, etc. Por efecto del marketing y “la elegancia social del regalo”, ya están en la memoria colectiva y son el santoral contemporáneo.

 

En lo que va de siglo se han multiplicado los aniversarios en las materias y actividades de lo más peregrinas, pero en el gastronómico, de una manera sobrada. Tenemos día internacional de la hamburguesa y de la coliflor, de los aros de cebolla o del aguacate, del atún y del donut; del pistacho, el margarita, la lasaña, la cocina vegana o el pícnic. Acumulan un raudal de alimentos, oficios y procedimientos, en ocasiones cargados de fundamento y solidez social –el pan, las legumbres, el agua–, pero más a menudo son la ocurrencia simplona de dar visibilidad –tan oportunista como efímera– a un alimento, sin más recorrido, casi siempre, que su enunciado. Dicen que cuando Arguiñano rehogaba acelgas en un programa, en el mercado no quedaban acelgas. Desplegaba su receta con tal amenidad, que daban ganas de imitarle. Dudo que el efecto, en el caso del día dedicado a un alimento, sea tan puntual: hoy tocaría sándwich para todos, mañana espinacas frescas y al otro caldo de pollo, tres competencias concretas que ya tienen su día internacional.

 

Entiendo que el fenómeno está asociado a la simplificación informativa, sin más explicaciones, que caracteriza nuestro tiempo. Los records, las listas, las distinciones, los renombres o las impertinencias gratuitas se reciben con beneplácito vengan de donde vengan; incluso regocijan al personal. El individual y petulante “porque te lo digo yo” se ha trocado en argumento colectivo cuando llega en forma de lista y se expresa con certidumbre. Predispone a la anuencia por su facilidad, aunque escamotee cultura y objetividad. Es información escueta y concreta que sirve para entenderse entre una nueva mayoría que no quiere hacerse líos. Basta con un dato fácil de memorizar, para estar al día.

 

En lo gastronómico hay listas que responden a un colectivo respetable, como hay evaluaciones que dependen de algoritmos competentes, pero hay muchas más que son subjetivas –lo que no está mal si se avisa– o encubren intereses personales, incluso de lobbies alimenticios y profesionales o pequeñas mafias. En esa superficialidad de la información fácil, breve y rauda nadie cuestiona a los prescriptores, influencers o críticos, sean veteranos o improvisados. Muchos de los prescriptores que alcanzan el rango de influencer evidencian no precisar ser expertos ni estar documentados en el tema que tratan. Para decir que el mejor ceviche lo hace fulano o el mejor roscón mengano, no hace falta despeinarse. Su público prefiere que expresen sentencias concretas, informaciones y datos que no inspiren dudas por la firmeza con que se manifiestan. Su misión fundamental es juntar seguidores como sea y sus afirmaciones ponen a todos de acuerdo sobre quién es el mejor del mundo, dónde hacen la mejor pizza o los mejores callos y si los food-trucks o los asadores son la tendencia decisiva de ahora en adelante. Las redes lo encauzan y lo reafirman.

 

No hace tanto que la gastronomía se instaló en el área cultural de nuestra sociedad. Suena a tópico, pero con la nueva cocina nos liberamos de preconcepciones, patrioterismos, reparos religiosos o limitaciones alimenticias. Percibimos el lirismo de los alimentos, el entusiasmo renovador de los cocineros –que, por fortuna, no ha parado– y el placer de compartir sabores y palabras. Se ensanchó el apetito de saber y debatir, de gozar con causa. Creo que ahora la comunicación gastronómica se ha tornado muy servicial. La crítica mantiene un tono monocorde o vive al dictado de los chefs mediáticos. Y la moda de las listas, la opinión monda y lironda o la devoción a las redes, reviven tiempos de limitación, complacencia y maximalismo que parecían pasados. Toca reaccionar.

 

 

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