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Los gustos y los caminos

Los días del barro

Autor: César Serrano. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 13 de enero de 2019

A Aurora Quintana, a sus casi 90 años, le gusta mirarse en los espejos. Desde ellos a menudo inicia un viaje a los paraísos perdidos, también a las ciénagas pantanosas en las que aún hoy se siente atrapada, y cuando el cieno aparece en los espejos de la memoria siente un frío helador, pide a su ama que le prepare el baño y le encienda un habano.

Doña Aurora siempre fue una mujer libre y llena de excesos para las gentes de Traslasierra. Un día, tras abandonar a su marido, el marqués de la Buenadicha, por un ascensorista mulato, la quisieron llevar al destierro las mujeres de Picote, también los hombres de Picote, incapaces de ver la alegría de una mujer con tantas risas, con tantos besos, con tantas camas. La salvó del destierro don Emeterio Luarca Entrepeñas, Obispo de Mayorga y confesor de muchas de las damas de Picote, también de doña Aurora Quintana, con la que a menudo se dejó arrastrar a pecados infames, abominables. Cuando esto ocurría, acudían a un juego sacrílego donde ella vestía sayas y casullas, y él se ajustaba la ropa de ella, el sujetador, las braguitas y una combinación de seda finísima. Él se miraba al espejo y se sentía como una de las señoritas que sabía de Chicote. Desde ahí, desde ese travestismo, acudían a la nave central de la Basílica. Ella se introducía en el confesionario, que tan solo le estaba reservado a él. Entonces comenzaba una orgía de recuerdos que aún desde el cuchicheo parecían golpear con fuerza sobre las bóvedas de crucería.

 

Entonces aparecía un llanto como de espuma y babas, y sentía su carne, ya trémula, como de agua. Su mente acudía a voces blancas, a jadeos repugnantes y a llantos estrangulados que se rendían a la inmisericorde crueldad de Su Eminencia, una crueldad decidida a representar sobre la carne de los ángeles cantores toda la obscenidad representada en la sillería del coro de la gran nave central.

 

Tras las convulsiones, tras el éxtasis del pecado, tras la extraña liturgia de la confesión, regresaban tomados de la mano y en silencio hasta la cámara privada del Obispo Luarca. Hacía sonar una pequeña campanilla y aparecía levitando la hermana Sor Carmela, quien entre sus manos transparentes traía una escudilla de finísimas natillas hechas con leche de vaca y huevos frescos llegados de la granja de Santa Engracia.

 

Una sola cuchara servía para que aún continuase, a la hora ya de la amanecida, todo un juego lascivo que sabían no tendría nunca perdón.


 

 

 

Natillas

 

Ingredientes

 

  • 1 litro de leche entera
  • 1 rama de canela
  • 1 vaina de vainilla pequeña
  • 1 cáscara de limón muy finita
  • 6 yemas de huevos de corral
  • 100 g de azúcar
  • 1 cucharada de harina de maíz y galletas María

 

Elaboración

 

Hervir la leche junto al azúcar, la cáscara de limón, la canela y la vaina abierta de vainilla. Al hervir, retirar y dejar infusionar (20 minutos). En un bol, batir las yemas y la harina de maíz. Colar la leche y añadir esa mezcla. Cocer al baño maría. Cuando espese, retirar del fuego, dejar enfriar y verter en los recipientes que las vayamos a servir. Guardar en la nevera y colocar una galleta María en la superficie de cada postre.

 

 

 

 

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