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Comer, beber, amar

El valor de lo insignificante

Autor: Mayte Lapresta
Domingo, 20 de enero de 2019

Un año más el 22 de diciembre solo trajo papel mojado. Los euros y las ilusiones se quedaron en el bombo y se cantaron alegrías ajenas.

Un año más quedó del consuelo de la salud, la familia y el trabajo, que no es poco, y la esperanza en El Niño. Tengo que confesar que mis inversiones en la fortuna son escasas y por tanto mis posibilidades, reducidas. Manifiesto abiertamente que mi placer de jugar es básicamente formar parte del grupo y “compartir”, tal y como reza el anuncio. La ludopatía puede que sea uno de los pocos vicios que no practico. De hecho, lo que más me gusta es descubrir las risas y brindis de los ganadores lejanos, trasmitidos por una pantalla de televisión, que nos hacen creer en la justicia de premiar a los más desfavorecidos.

 

Aclarada mi escasa pasión por los sorteos y loterías, sí quiero abrir el año haciendo hincapié en lo mucho que tenemos, en lo afortunados que somos, en la riqueza que poseemos.

 

Inspiro profundamente y lleno mis pulmones de aire frío, delicioso. Observo los árboles desnudos, privados de su verdor a la espera de las brisas de primavera. El suelo húmedo y el cielo azul plomizo, bellísimo, asoman entre los edificios. Oigo las risas de los niños que juegan, mostrando sin pudor su felicidad. Las calles, iluminadas y engalanadas a la espera de la noche mágica de Reyes. Los regalos escondidos en el trastero. Huele a roscón en la pastelería de la esquina.

 

Vivimos en un mundo hermoso lleno de derechos que se nos adjudican tan solo por nacer. Y en él paseamos como invitados, olvidando a veces que el placer de respirar ya es, por sí mismo, un enorme privilegio. Una copa de buen vino, una buena charla y un pan recién horneado es tan grande como seamos capaces de verlo. Porque todos tenemos el número premiado de la lotería. Solo hay que saber valorarlo.

 

 

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