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Hasta la cocina

Caca, culo, pedo

Autor: José Manuel Vilabella. Ilustración: Máximo Ribas
Domingo, 27 de enero de 2019

Al fin soy un hombre libre, desinhibido, independiente y también invisible y franco –no confundir, please, con el apellido del difunto– y desde estas páginas, tan queridas para mí después de 23 años de colaboración puntual, puedo proclamarlo a las autoridades y a los que pueda interesar.

Soy, y tengo conciencia de ello, inviolable como Felipe VI, y a pesar de ser un humilde pensionista me siento más rico que Craso. Mi ropa no se pasa de moda y me cisco alegremente en las últimas tendencias estéticas. Si asesino a mi suegra –acto que no pienso cometer porque la pobre centenaria es una santa– iría a la cárcel solo una corta temporada y me hospedaría, imagino, en la enfermería. Mi vida es una maravilla. Me levanto a las 10, desayuno como un príncipe y después me voy a la manifestación con mi pancarta. La mía proclama un mensaje gastronómico que ningún coleguilla discute: “Pido, sin excusa ni pretexto, un Bib Gourmand de Michelin para Casa Belarmino, de Manzaneda”. En ocasiones insulto a un ministro, difamo a un político y soy incorrecto con un expresidente; exhibo un ¡NO!, que constituye en sí mismo toda una declaración de intenciones. Solo me conmueve el sufrimiento de los niños, la injusticia de que los jóvenes tengan que emigrar para ser barrenderos en tierra extraña (después de haberse licenciado en semíticas) y los pobres de solemnidad. Soy un privilegiado porque soy un anciano con la peor analítica de la provincia. Tengo un divertido pasado por detrás y un incierto y corto futuro por delante. Antaño se envidiaba a los jóvenes y se recitaban gilipolleces como: “Juventud divino tesoro, que te vas para no volver”. Hoy la juventud es una mierda infravalorada; ya ni los niños quieren crecer para volar como pajarillos fuera del nido. Asustados se refugian en las casas de sus padres con la esperanza de poder vivir, en un oscuro porvenir, a cuenta de sus hijos. Son clónicos de Peter Pan, pero un Peter Pan con arrugas y alopecia. Mis nietos me admiran no por mi pasado aventurero, sino por vivir a cuenta del Estado sin tener que haber opositado. Soy un funcionario que no tiene que ir a la oficina, un burócrata que tampoco da golpe y que se levanta cuando se lo pide el cuerpo. ‘¡Tengo unas ganas de jubilarme!’, dicen mis hijos cincuentones y me miran con envidia cuando me ven hacer las 50 flexiones mañaneras. La añoranza se ha vuelto del revés, se han subvertido los suspiros y la vejez en plena forma se ha convertido en una aspiración de esta España que ha perdido el Norte. Qué horror.

 

Cuando yo era joven había que tener una carrera y un oficio. Yo escogí ser escritor y relojero. Me hice especialista en relojes de faltriquera, mal llamados “de bolsillo”. Me gusta, con mi lupa y herramientas del oficio, sumergirme en esas máquinas que siguen contando el tiempo con su tic tac descontrolado, con su eje roto, con su espiral renqueante. Como escritor, a pesar de ser un gastrónomo de reconocido prestigio, solo puedo aspirar a una miseria económica pero como relojero me estoy haciendo de oro. Me muevo en las cloacas del dinero negro, no pago impuestos y tengo saneada cuenta en Suiza. Vivo como un político y, además, cumplo una importante función social porque los coleccionistas acuden a mí para que les repare sus vetustos relojes de faltriquera. Hago y digo lo que quiero y soy feliz acompañando a mi biznieto Fortunato, que también es anarquista, cuando grita pícaro: “¡Caca, culo, pedo!”.

 

 

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