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Irreversible

Nakatomi Plaza*

Autor: Santiago Rivas. Imagen: GeekLove13 (CCBY2.0)
Miércoles, 30 de enero de 2019

Hoy vengo cargadito de sesgo de género. Lo sé, puedo quedar como un Bertín Osborne cualquiera, pero asumo el riesgo; que vengo a mezclar cultura pop con #wineloverismo.

En concreto, esto hoy va de cómo dos productos tan diferentes como cine y vino pueden generar reacciones y consecuencias muy parecidas, que trascienden su simple consumo.

 

Me refiero a ese momento en el que el cinéfilo se encuentra con el #winelover. ¿Qué podría salir mal?

 

Según la generación y el sexo a la que pertenezcáis, queridos lectores, sabréis que hay una serie de películas absolutamente intocables. Criticarlas es abocarse a una discusión incluso violenta, ya que puede traspasar lo meramente verbal.

 

(Antes de nada, pido disculpas disculpas al colectivo LGTBI por polarizar, anacrónicamente, el tema de mi columna de hoy, refiriéndome solamente a chicos y chicas.)

 

Si esto ya te ofende, querido lector, puedes dejar de leer, porque la cosa no va a mejorar.

 

Al jardín: si eres chica, dependiendo de la fecha de tu nacimiento, estas pelis intocables son: West Side Story (1961); Grease (1978), comedia romántica musical a la que no le vemos ningún romanticismo, ya que el subtexto de la peli es el acceso carnal adolescente interpretado por actores treintañeros (Olivia Newton John tenía 30 años y no era la protagonista más mayor); Dirty Dancing (1987) como título de los ochenta, y en los noventa, cuando todo parecía servido para Ghost (1990) o El Paciente Inglés (1996) asumieran el triunfo como intocables, quedaron hundidas hasta zonas abisales por Titanic (1997) el gran largometraje romántico de esa década.

 

De ahí llegamos a la favorita de la muchacha millennial, y para mí la otra película gran peso pesado en esto del culto integrista cinéfilo: El Diario de Noa (2004): declaraciones de amor exacerbadas (¿Has amado alguna vez a alguien hasta llegar a sentir que ya no existes? ¿Hasta el punto en el que ya no te importa lo que pase?, dice el protagonista, Noah Calhoun, interpretado por Ryan Gosling), lluvia generando ropa mojada pegada al cuerpo, estética hipster… y todo ello a tope de intensidad. Es un largometraje que no entiende una conversación como algo meramente rutinario o intrascendente, y donde todo es muy profundo y muy impetuoso.

 

Seguimos. Ahora vamos con esas películas untouchable si eres hombre: aquí la primera aparece en 1961, El Buscavidas, o cómo Paul Newman destruye vidas (una de ellas, la suya propia) por jugar al billar; luego aparece el epítome de la masculinidad con El Padrino (1972) y su concepto de familia (que me resulta algo aleatorio y, sin duda, generador de inseguridad jurídica), para pasar a fliparse, pero bien, con Conan (1986) y Arma Letal (1987) o llegar a 1991 con El Último Boy Scout (la mejor peli, por frases molonas, de la historia: -Por una vez me gustaría verte gritar de dolor, dice Milo, interpretado por Taylor Negron, a lo que Joe, el personaje de Bruce Willis, responde: -Pues ponme un rap) y terminar en el 2000 con Gladiator.

 

Ando algo perdido decidiendo cuál será la intocable de esta década, tan inmersa en el consumo irónico, para cada uno de los sexos. Puede ser que la respuesta sea Fast and the Furious para ambos casos. Está por ver.

 

Y que quede claro: no digo que sean películas que solo gustan a chicas o a chicos (a mí me gustan todas las que señalo), pero sí que pienso que su militancia fundamentalista depende del sexo. Que esto es solo mi opinión, pero es lo que vengo a hacer aquí. Si se considera machista, mis disculpas también.

 

Toda esta farragosa inmersión cinéfaga, como decía, tiene similitudes con ciertas referencias consideradas de culto sagrado (e intocables, por tanto) para el realwinelover.

 

Aquí sí que ya no hablamos de sexos, géneros o lo que sea. Viva.

 

Atención, digresión: cada vez pasa menos, pero por favor, dejad de encasillar ciertos vinos (blancos, rosados o tintos ligeros) como femeninos y otros (maderones, generosos, extraídos) como masculinos. Es erróneo y cutre.

 

También muy mal la metáfora cuñada de decir de una referencia que es delicada como una mujer o contundente como tu padre.

 

Fin de la digresión.

 

El caso es que hay vinos que están fuera de la condición de producto de uva fermentada con más o menos madera, ánfora, hormigón, azufre, tartárico o lo que sea.

 

A veces, los intocables son marcas de clase mundial; otras son vinos, por producción o distribución, anecdóticos, a los que solo accede cierto sector divulgativo, una cierta elite. Esto genera alguna ansiedad al personal con aspiraciones realwinelover por poseer o consumir una botella o, al menos, por hacerles, aunque sea, una foto para subir a las redes.

 

Vega Sicilia “ÚNICO” y Reserva Especial, Riojas preconstitucionales, La Faraona, L´Ermita o Pingus en España; Screaming Eagle en USA, Romanée -Conti o Pétrus en Francia… y una larga lista de marcas de distintas procedencias, son ejemplos de este grupo, por caros y exclusivos.

 

El problema que tienen es que son realwinelover pero, al ser tan caros (muchos sobrepasan los cientos, e incluso, miles, de euros por botella), también son objeto de adoración del fakewinelover, perfil cuyo gusto se basa en su potencia de bolsillo.

 

Por ello, hay otro grupo de vinos mucho más asequibles (aunque tampoco es que sean tiesos friendly) que sí ayudan a separar el polvo de la paja.

 

Etiquetas como Overnoy, J.F. Ganevat, cualquier Colares, el Jerez que esté de moda en ese momento (pasó con La Maruja Pasada, o ahora con De La Riva, siempre con Equipo Navazos) o todo el hype de Comando G… Estos sí sirven para discriminar al intruso, al darse la circunstancia de que, como pasa con las pelis que cito arriba, resultan intocables.

 

Eso provoca la paradoja de que se pierda el espíritu crítico con estos vinos, porque a ver quién es el valiente que dice que alguna vez, alguna añada, no es tan buena, o es, directamente, una castaña. Puede pasar. Yo no conozco ninguna bodega, por buena mano que tenga, que no tenga algún vino regulero alguna vez. De hecho, eso, creo, los hace más confiables, más auténticos.

 

¿Qué ocurre entonces? Pues que en estos casos ya no hablamos de vino, sino de lo “cool”, de estilo de vida… es decir, del concepto de wineloverismo.

 

No sabemos qué bodegas de las citadas y de otras muchas para iniciados saben de su condición intocable, pero vamos, que ya les digo yo que hace tiempo que dejaron de vender un producto para vender una experiencia, la institucionalización de un saber que tiene, para muchos, tintes incluso nigrománticos.

 

Lo que sí es muy divertido, al hilo de esto, es ver a bodegas que quieren ser de culto y buscan ser cool de maneras muy locas: tatuando barricas (esto ha ocurrido), pasar los vinos por hormigón, ánfora, tinaja… lo que sea, menos madera (que también sucede), poner nombres ridis a los vinos con etiquetas –supuestamente- molonas (esto se practica demasiado), colocar apellidos rimbombantes e idiotas, como “vino de autor” o “vino de alta expresión”, hasta ir de ecólogo, de “naturi” o lo que haga falta. La lista de chorradas que acaban en la nada (y no resultan nada cool) es inmensa.

 

Porque lo más bonito de todo es que el wineloverismo no deja de ser algo humano, y todo lo humano, por definición, es irracional, y por ende, bastante aleatorio.

 

Que hacer buen vino ayuda, pero ni mucho menos lo es todo.

 

No seáis ingenuos.

 

*El Nakatomi Plaza, que aparece en la imagen de apertura, es el edificio ficticio escenario de la película La Jungla de Cristal, protagonizada por Bruce Willis en el papel del héroe John McLane (y que en realidad era la sede de la compañía 20th Century Fox).

 

 

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