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Mar Raventós es la mujer al frente de este grupo vinícola

Codorníu, más allá de las burbujas

Autor: Juan Manuel Ruiz Casado
Viernes, 22 de noviembre de 2013
Noticia clasificada en: Cava Cultura del vino Vinos españoles

Mar Raventós es la cabeza visible de un imperio cuyos intereses se han ido diversificando dentro y fuera de España. Heredera de una tradición empresarial que se remonta al siglo XVI, la suya es la historia de una peculiar manera de hacer cava, donde cultura y modernidad se dan la mano en una fructífera alianza. 

Los grandes grupos vinícolas, esos de los que a menudo se dice que son como ministerios, tienen algo de animales pesados. No está claro en qué momento y hacia qué dirección van a moverse. Pero cuando lo hacen, cuando por fin se echan a andar, el suelo tiembla y el mundo no tiene más remedio que enterarse. Los movimientos del animal cambian el paisaje en el que este vive. Así ocurrió a lo largo de la década de los noventa del siglo pasado cuando, tras un tiempo de relativa calma, el Grupo Codorníu puso en marcha su expansión territorial. El proceso coincidió con una fase de agitación vinícola incontrolable. Nada parecía dispuesto a quedarse quieto con la llegada del siglo XXI. Los enólogos viajaban a través del mundo, las variedades más insospechadas se plantaban en regiones que despertaban de su letargo, las bodegas que antes se dedicaban al granel esgrimían su derecho a elaborar y embotellar vinos con sus propias marcas. De pronto, casi sin darnos cuenta, descubrimos que no era fácil encontrar prioratos por debajo de los 50 euros, a la vez que aprendíamos a decir la palabra gewürztraminer (esa singular variedad de los vinos alsacianos y de algunas denominaciones alemanas que aquí fue adoptada por bodegas del Somontano) y a no parpadear ante inversiones que sumaban varios millones de euros. Empresarios, ricos y famosos acabaron depositando parte de sus ahorros en bodegas que se levantaban de la noche a la mañana, por supuesto firmadas por arquitectos cuyo renombre parecía justificar el alto precio de las marcas. Consagrados apellidos del vino francés, como Lurton, acabarían invirtiendo en España (Rueda, Toro), mientras que desde aquí no se dejaba de preguntar por bodegas en venta del extranjero ubicadas en regiones de tan alta alcurnia como Burdeos o el Ródano. Hoy algunos suspiran aliviados y se alegran de no haber caído en la tentación internacional…

 

Las nuevas fronteras
En este contexto a caballo entre dos siglos, la sonada ampliación de Codorníu vino a reunir en un solo y complejo modelo toda la pasión inversora de esos años. Contemplado con la perspectiva que da el paso del tiempo, el crecimiento de la firma de Sant Sadurní d´Anoia suponía antes que nada una arrolladora apuesta por el sector de los vinos tranquilos.

 

La casa madre del cava –nadie duda de que fue la familia Raventós, propietaria de Codorníu, la que elaboró la primera botella de esta bebida en 1872– aprovechaba la buena y rentable fama de sus burbujas para decidirse a dar la batalla en los múltiples frentes donde compiten los tintos y blancos del mercado mundial. Compraba Bodegas Bilbaínas, toda una institución en la épica de los tintos riojanos (fue fundada por inversores franceses, los Savignon Frères et Cie., en el Barrio de la Estación de Haro); se embarcaba en una doble aventura al otro lado del Atlántico con la bodega Artesa del Valle de Napa (California), hoy encauzada para la producción de vinos tranquilos, y la rutilante Séptima al pie de Los Andes, en Mendoza, Argentina; entraba en el año 2000 en el accionariado de Scala Dei, la histórica bodega del Priorat, algo así como el alma a veces injustamente olvidada de la región; inauguraba una bodega en la Ribera del Duero, Legaris, ubicada entre San Martín de Rubiales y Curiel del Duero; y otra en el Valle del Cinca, Nuviana; y hasta le quedaba impulso para rehabilitar y actualizar otra más en la Conca de Barberà, Abadía de Poblet, uno de esos espacios del paisaje catalán tocados por el prestigio de la historia.

 

En esta ambiciosa inversión, se daban la mano la tradición y la modernidad, el gusto por los vinos internacionales que están de moda pero también la búsqueda de espacios simbólicos históricamente ligados a la producción de vino, el Priorato y la Ribera del Duero como expresiones de una vanguardia vinícola cuya pujanza entonces parecía indestructible… Y todo esto sin olvidar al gigante vitícola Raimat que Manuel Raventós, el abuelo de Mar Raventós, la actual Presidenta de Codorníu, adquirió allá por 1914, alrededor de tres mil hectáreas en Costers del Segre que han sido la base de experimentación del grupo, un activo banco de pruebas que hace años sorprendió por la calidad de sus tintos de cabernet sauvignon (marca Vallcorba, por ejemplo) cuando la variedad francesa no hacía sino comenzar su particular andadura en España.

 

El nuevo mapa de Codorníu había crecido tanto que muchos buenos aficionados desconocían que estaban tomando un vino de esta familia catalana cuando bebían un Legaris Roble, un blanco Nuviana chardonnay del Alto Aragón, o uno de esos históricos tintos Viña Pomal o Viña Zaco, este último sometido recientemente a un llamativo cambio estético que ha sido aprovechado por el enólogo Diego Pinilla –al frente de la bodega tras la polémica salida de José Hidalgo– para dotarlo de más cuerpo y de más viveza aromática y gustativa.

 

Mientras tanto, las burbujas del cava vivían su propia vida, como si fueran ajenas a este huracán expansivo. Una vida que cada cierto tiempo, y sin que el cava tenga culpa de nada, se ve sobresaltada por controversias de índole ideológica y sociopolítica que sumergen a esta bebida en un fondo de aguas procelosas donde poco tiene que ver y decir la enología.

 

Y con ella no llegó el escándalo
La fecundidad inversora de Codorníu, espejo de una época y constante histórica de la empresa familiar, se desarrolla al tiempo que una mujer, Mar Raventós, la protagonista de nuestra portada, se erige como el principal referente de poder de este grupo vinícola. Aunque ella es modesta y tiende a quitarse méritos (“creo que las obras bien hechas son fruto de un trabajo en equipo”, dice), lo cierto es que a la nieta de Manuel Raventós, el hombre que encomendó al arquitecto Puig i Cadafalch la hermosa bodega modernista, le ha tocado asumir el papel de mascarón de proa en el que tal vez haya sido el periodo más decisivo y arriesgado de la historia de la empresa. Esta circunstancia ha ayudado a convertir a Mar Raventós, que nació en Barcelona en 1952, en una especie de leitmotiv recurrente cada vez que suena el debate acerca del papel de la mujer en la sociedad, y más concretamente en el desempeño de puestos de responsabilidad empresarial en un sector como el del vino, que no parece que haya brillado por su militancia feminista.

 

Pero Mar, como la llaman quienes trabajan en la empresa que preside, se resiste a caer en las trampas de un feminismo simple. “Para empezar”, explica, “no creo que el del vino sea un mundo tan machista como se dice. En esto, como en tantas cosas, hay mucho mito interesado. Es verdad que yo he tenido más ventajas que inconvenientes. Sentí un gran orgullo cuando me ofrecieron la presidencia del grupo, después de años en el consejo de administración, y en un momento en el que nos veíamos inmersos en el desarrollo de múltiples proyectos. Para mí ha sido emocionante vivir esa responsabilidad que me otorgaron. Siempre he pensado que para que las cosas salieran lo mejor posible debíamos tener a profesionales bien cualificados al frente de los distintos departamentos, y al margen de que fueran hombres o mujeres. Yo procuro ver personas. No me paro a pensar las diferencias entre hombres y mujeres. El mundo del vino no deja de cambiar. Hay enólogas que hoy no tienen nada que envidiar a nadie”.

 

En el discurso de esta mujer cordial y detallista, que sufre cuando el vino se maltrata a la hora de servirse y asegura disfrutar mucho probando blancos y tintos diferentes junto a sus hijos, laten preocupaciones que marcarán el porvenir del sector vitivinícola, como la falta de fluidez comunicativa entre el elaborador y su cliente. “Me da la impresión”, confiesa, “de que las bodegas tenemos buena culpa de la distancia que nos separa de los consumidores. La comunicación con ellos ha fallado y hay que reconocerlo. Nosotros vivimos cada conquista enológica y vitícola con mucha pasión. El desarrollo de una nueva variedad, la virtud de una técnica, cualquier mejora que contribuya a subir la calidad de un vino… Pero a menudo todo esto se vive de puertas para adentro. No hemos sabido transmitir esa emoción y esa complejidad que viven en cada copa de vino. Hay que aprender a comunicarlo. Entre otras razones porque es un servicio que le debemos al cliente”. “Cuanto más sepan los consumidores”, continúa, “menos posibilidad habrá de que se sientan engañados. El consumidor debe saber por qué una botella se vende a un precio determinado. Debe saber que el kilo de uva no cuesta lo mismo y que en la diferencia consiste a menudo la calidad de un vino. Claro que esta tarea, para que tenga sentido, hemos de asumirla conjuntamente, como sector interesado en la claridad, y como un reto en el que deben implicarse organismos, instituciones, denominaciones de origen y, por supuesto, todas las bodegas que estén interesadas en que el consumo de vinos ascienda”. Una tarea y un reto, en fin, sin los que difícilmente pueden ser viables los ingentes esfuerzos inversores de las últimas décadas. 

 

Las burbujas del porvenir
Como ya se ha apuntado, durante los años del esplendor vinícola, cuando todas las inversiones parecían tener patente de corso y no había elaborador que dudara del éxito inmediato de sus vinos, el cava no se ha librado del acoso de amenazas diversas y peligros varios. Entre otros, la muy perjudicial guerra del cava entre Codorníu y Freixenet (esta última denunció a Codorníu por pretender vestir un cava con una etiqueta similar a la de Carta Nevada, propiedad de Freixenet); o el sorprendente y más cercano desembarco en España de champañas elaborados por pequeños productores; vinos que, aunque minoritarios tienen encandilados a sumilleres y a dueños de las vinotecas más importantes y vanguardistas del país tanto por su precio competitivo como por su voluntad de ofrecer aromas y sabores distintos a los de los champañas clásicos.

 

Estas realidades no han impedido, sin embargo, que el cava haya llevado a cabo su particular ajuste de cuentas con la modernidad. Marcas nuevas, etiquetados atractivos y presentaciones rupturistas (basta pensar en la botella Kripta, de Agustí Torelló), búsqueda de la complejidad basada en la larga crianza, productos concebidos desde una perspectiva del lujo (como el cava Turo d´en Mota de Recaredo, cuyo precio ronda los cien euros), obsesión por conseguir vinos base capaces de garantizar sofisticados cavas de añada… Un destacado y cada vez más amplio pelotón de cabeza (al que no han dudado en sumarse algunos cavas valencianos y riojanos, por salirnos de Cataluña) no ha dejado de guiñar el ojo a esos consumidores avezados que, poco a poco, han empezado a pensar que es preferible un cava bueno a un champán mediocre, que también los hay.

 

Inmersa en el desarrollo de sus múltiples y ambiciosos proyectos de vinos tranquilos dentro y fuera de España, y respaldada por la regularidad cualitativa de sus marcas de siempre (Jaume Codorníu, en homenaje al fundador de la casa; o Anna de Codorníu, la heredera que en 1659 acabó casándose con un Raventós, de oficio viticultor), Bodegas y Viñedos Codorníu Raventós parece haber contemplado este proceso de renovación del cava sin darse mucho por aludida. La misma Mar Raventós, con la saludable y mesurada autocrítica que la caracteriza, no duda en reconocer que “nos habíamos dormido un poco”. “Lo que pasa”, explica a continuación, “es que un producto nuevo y de alta calidad no surge de repente. Hay que ir paso a paso, medir bien cada decisión, hacer un trabajo vitícola serio, experimentar distintas opciones y observar su comportamiento con el paso de los años…”. El resultado, que internamente responde al revelador nombre de grand cru, es el fruto de una labor en la que la casa lleva empeñada desde el año 2007 y que verá la luz comercial a partir de ahora.

 

Resumiendo mucho, lo que se busca es construir el estilo de cavas que va a definir a Codorníu en las próximas décadas. Es la respuesta, sin duda muy esperada, a la expectación que el cava ha provocado sobre sí mismo como vino de calidad capaz de competir con los mejores espumosos, inalcanzables y sagradas glorias de la Champaña aparte. El hecho de que el trabajo se esté desarrollando en el Celler Jaume, en el edificio más antiguo de la bodega, no deja lugar a dudas en cuanto a la seriedad del proyecto.

 

“Lo que pretendemos”, afirma Bruno Colomer, el responsable técnico del nuevo proyecto, “es investigar y estudiar cómo podemos mejorar nuestros cavas, ensayar tanto con viñedos escogidos como con sistemas de elaboración, hacer pruebas con depósitos de acero inoxidable y de cemento, y con maderas”. Según aclara el propio Colomer, el proceso de experimentación persigue sobre todo incrementar la acidez de los vinos a partir de una rigurosa selección vitícola basada en sesenta parámetros cualitativos. “En Champagne, durante la vendimia no tienen tan en cuenta la acidez y lo que les interesa es el grado alcohólico. A nosotros nos ocurre lo contrario. Tenemos grado pero nos falta la acidez. Sin ella no es posible garantizar un nivel de calidad elevado como el que queremos”.

 

Hasta el momento, las pruebas que más han convencido y que ya están listas para batirse en la dura lona del mercado, son las llevadas a cabo con las tres variedades emblemáticas de la casa, es decir, la chardonnay, procedente de una parcela norte de Raimat, que será la protagonista del cava Finca La Pleta; la pinot noir, de Conca de Barberá: el vino se llamará Finca El Coster; y la xarel·lo, escogida de una viña de cuarenta años de la finca la Fideuera, aunque el vino ha sido bautizado como Finca La Nansa. A estos tres varietales, que se etiquetarán con el nombre Gran Codorníu Gran Reserva, se sumará un coupage seguramente llamado Cuvée 456 por el número de vendimias que llevaba cumplidas la casa en 2007, y que supone un homenaje a la trayectoria elaboradora de la bodega, de nuevo con la chardonnay (Codorníu fue la primera en hacer un cava con esta variedad), la pinot noir (uva por la que la familia pujó hace años hasta el punto de preferir embotellarla sin el sello de la D.O. Cava) y algo de xarel·lo para marcar el acento mediterráneo. Por supuesto, todos los procesos de elaboración se someten a la firme intención de respetar y expresar las características de los distintos viñedos seleccionados.

 

Salvo el coupage, un cava que recién degollado resultó arrollador en boca y difícil de describir aromáticamente por su complejidad, los nuevos cavas de Codorníu ofrecen ya un alto nivel de definición, sostenida en la larga crianza y en niveles de acidez consistentes. Son, por tanto, más frescos que pesados, y por ahora no huelen a panadería, mantequilla, especias o frutas escarchadas. Sus aromas son distintos y transmiten una curiosa mezcla de vejez y alegría, como si la casa donde han sido hechos caminara orgullosa hacia los cinco siglos de vida y a la vez tuviera muchas ganas de seguir empezando de nuevo.

 

Un patrimonio envidiable
Un testamento que data de mediados del siglo XVI, el orgullo de haber elaborado la primera botella de cava en 1872, un patrimonio arquitectónico modernista que ha contribuido a prestigiar la imagen del cava, una colección de carteles publicitarios que son un ejemplo del mejor arte industrial y que fueron posible gracias a la figura de Manuel Raventós y a las relaciones que desde finales del siglo XIX mantuvo con destacados artistas de la época como Ramón Casas… El activo patrimonial de Codorníu continúa siendo un poderoso imán para los numerosos clientes que visitan las bodegas de Sant Sadurní d´Anoia, y que disfrutan con las anécdotas que han ido forjando la historia de esta bodega. Entre otras, el escritor y fotógrafo Jordi Olavarrieta, en su libro El cava, cuenta que las primeras distribuciones de cava por Barcelona se llevaron a cabo mediante carretas de bueyes. A menudo los animales provocaban algún que otro destrozo del que solía hacerse eco la prensa. Tanto era así que, según Olavarrieta, los distribuidores forzaban intencionadamente esos destrozos para favorecer la pronta difusión del por entonces poco conocido nombre de Codorníu.

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