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Comer, beber, amar

Infinito

Autor: Mayte Lapresta
Domingo, 10 de marzo de 2019

Será que me hago mayor, porque más sabia no soy… O quizás es que en estos tiempos tan healthy que corren intento beber menos alcohol, pero ahora selecciono con una meticulosidad casi delictiva de ladrón de joyas o de honesto relojero suizo cada botella adquirida.

No temáis, no habrá mala costumbre que me aleje del placer del vino ni demonio que me tiente con bebidas detox. El caso es que en los últimos tiempos mi enamoramiento de bichos raros empieza a preocuparme. Sin hacer de menos a riojas, riberas o toros, ni mirar hacia otro lado cuando me sirven un jumilla o un ribera sacra, reconozco que me pirro por las excepciones, las antigüedades y los errores divinos. En este nuevo camino, llega mi compañero y maestro Luis Vida y me propone buscar, examinar, catar y contar los vinos rancios que todavía hoy se elaboran en nuestro país. Botas abandonadas en un rincón de la bodega, vinos que ya solo se hacían por costumbre para las fiestas familiares, ámbar puro que nadie pedía ni consumía. Qué pecado mortal sería que estas musas oxidadas, huella clara de la grandiosidad del hombre, se perdieran en el olvido. Como de esto el ilustre Luis sabe un poco, nos hace una lista de cata de ésas que convierten un día en un sueño. Lágrimas al degustar estos vinos extraordinarios. Un placer absolutamente inolvidable. Y para que enero no me deprimiese con sus rebajas, doy un salto a la isla de Madeira donde tengo el honor de saborear su historia. El año empezaba fuerte. Beberme el tiempo. Probar el vino que hicieron y mimaron los coetáneos de mis padres para que se bebieran los amigos de sus nietos. Al igual que Oporto o Jerez, la generosidad de anteriores generaciones propicia la guarda y la sublimación de estos vinos que encierran paciencia, tesón, sabiduría e historia.  Madeira o los vinos rancios, tan distintos y ambos tan venerables. Tras probarlos, me pregunto: ¿qué es lo que convierte a un vino en algo mágico? Supongo que la respuesta y la forma de medir su intensidad está en el placer que nos proporciona al tomarlo y en el tiempo que permanece en boca y en nuestra memoria. En una palabra: infinito.

 

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