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Viajes deliciosos

Uruguay, un pequeño rincón de tranquilidad en Latinoamérica

Autor: José peñín. Imágenes: Archivo
Jueves, 21 de marzo de 2019

Recordando la célebre frase, precisamente, del poeta uruguayo Mario Benedetti, sobre un sur que también palpita, Uruguay, sin ser Teruel, también existe, aunque hoy no tenga el eco mediático que merece.

Uruguay es un país pequeño en medio de la dimensión americana. Ocupa algo menos que la suma de las dos Castillas y la provincia de Madrid. ¿Cómo es posible que un territorio de verdes praderas, sin zonas áridas y sin la desmesura de una vegetación tropical, solo esté poblado por algo más de tres millones de personas?

 

[Img #15891]Éste es uno de los misterios de un lugar que rebosa tranquilidad, uno de los más progresistas (es aconfesional) cuya población es la que menos crece del mundo, y que atesora veneración y respeto al medio ambiente, segundo país de generadores eólicos después de Dinamarca.

 

Aunque sea improbable ver pasear a un uruguayo con cuatro vacas y dos ovejas, sería lo que le correspondería según la estadística como retrato de país ganadero. El paisaje es fértil y el verdor, permanente. No en balde Uruguay fue la atracción de los ingleses a la vista de las tentativas de invasión que tuvieron lugar en 1806 y 1807. Su paisaje de leves ondulaciones verdes les podía recordar a la campiña inglesa... pero con más sol.

 

Sin embargo, en el Uruguay de hoy, uno siente la curiosidad casi necesaria de ver lo que para muchos es lugar más para vivir que para visitar. A lo largo de las rutas que nos conducen por todo el país, la hierba parece engullir las sencillas casas como si quisieran arrimarse a la carretera. Rutas donde, a ambos lados, la pradera se recorta como en un campo de golf. Una costumbre unánime, como un deseo de amortiguar algunos rincones de pobreza que el uruguayo lleva con dignidad.

 

[Img #15892]Llegar a Uruguay es llegar a Montevideo, una ciudad sonriente que mira al mar. Algo que parece obvio, pero reconozcamos que existen muchas ciudades que tienen el mar a sus espaldas. Una ciudad que contempla el mar esperando al inmigrante con aquella frase histórica que repiten por aquí: “El hombre procede del mono y el uruguayo, de los barcos”. En este caso, es un medio mar, ya que lo que se ve es el Mar del Plata, que es una enorme licuefacción entre un río convertido en un mar dulce y un sorpresivo océano.

 

El nombre oficial del país es República Oriental del Uruguay. Este título tan rimbombante le viene de la región de la Banda Oriental, llamado así en los primeros años de la guerra independentista pues correspondía a esa parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, al este del río Uruguay.

 

Época dorada y futbolera

 

[Img #15893]De crío, en los años 50, Uruguay me vinculaba a ese charlestón machacón de 1929 que escribieron Bolaños y Jofré y cuya letra decía: “Al Uruguay, guay yo no voy, voy, porque temo naufragaaaar”, prefiriendo ir a París, según dicta la letra. Menos mal que el país no tenía la culpa, sino el océano cuando despertaba furioso. Dicen las crónicas y los viejos escritores que la época dorada de este país comprendió entre los años 1930 y 1950 del pasado siglo, fechas en las que Uruguay ganó dos campeonatos mundiales de fútbol y que coincidió con crisis financieras y guerras en el primer mundo. Recuerdo los años 50, cuando la selección uruguaya y el Peñarol resonaban en España como invencibles. Buenos Aires y Montevideo resultaban ser nombres repetidos entre nuestros antepasados que buscaron en este periodo lo que su tierra no les proporcionaba.

 

Para un español, el acento de un uruguayo es como el de un argentino, pero sin la entonación italiana. Uruguay tiene la raíz italiana de la inmigración, posiblemente la inmigración más activa e inversora de América. Sus paisajes de hierba tullida, como regada por un aspersor celestial, son la confirmación de la felicidad ganadera, cuadruplicando la población bovina a la humana. La campiña entre Montevideo y Punta del Este es atravesada por una carretera de doble sentido sin querer ser autopista o autovía para evitar la ruptura del paisaje, atenuando la velocidad de estas vías rápidas y la libre salida a la cuneta para estirar las piernas. Un reflejo del uruguayo que se toma las cosas con su tiempo, sin prisas. El paisaje es abierto, con leves ondulaciones, jalonado de pequeños bosques donde apenas brotan minúsculas sierras que no sobrepasan los 500 metros de altitud.

 

Los cinco días turísticos que disponemos se pueden dividir perfectamente para ver los principales iconos de Uruguay situados entre Colonia de Sacramento y Punta del Este, es decir, a lo largo de la franja costera del Río de la Plata hasta su final en la costa atlántica. Si uno se dirige al interior, los pastos y el ganado serán protagonistas entre pueblos sencillos, algunos humildes, pero todos limpios y francos.

 

La Colonia del Sacramento, a dos horas de Montevideo en dirección oeste, es el casco histórico con los más antiguos vestigios coloniales de Uruguay. Enclavado en un extremo de un cabo y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1995, conserva el sabor de la arquitectura militar de fortines con sus calles empedradas y casas de una planta. Fundada por los portugueses, su historia es una consecución de conquistas y devoluciones entre lusitanos y españoles. Es la localidad uruguaya más cercana a Buenos Aires, que se puede divisar desde la costa. Incluso, existe un ferry cuya travesía dura 75 minutos para llegar al otro lado del Mar del Plata.

[Img #15894]Uno de los puntos más célebres de Uruguay es Casapueblo, situado a 13 kilómetros de Punta del Este. Es el torrente blanco de una edificación daliniana con reminiscencias de las edificaciones de la isla griega de Santorini, obra de la imaginación de Carlos Páez Vilaró. Un personaje en quien se concentra el verdadero espíritu intelectual del pintor, ceramista, escultor y escritor. En ese recodo del litoral instaló en 1958 su Ibiza personal para vivir su eternidad, dejando que el tiempo pasara como él quería, pintando y esculpiendo, viendo los atardeceres de mares de plata y cielos de color de rosa. Sus comienzos no fueron precisamente de este color. Desde un destartalado cobertizo de madera fue construyendo con sus propias manos, con materiales de demolición y sin planos lo que el definió como una “escultura habitable”. Hoy es una edificación de 13 plantas recostada sobre un acantilado que acoge un hotel, museo, taller y la vivienda particular de sus herederos. Es el punto de encuentro de jóvenes sentimentales que todos los días aplauden agradecidos la despedida del sol por el horizonte.

 

Otra visita ineludible es Punta del Este, a 131 kilómetros de Montevideo a lo largo de la costa hacia el Atlántico. Al llegar a la ciudad, circulamos por un extraño puente-tobogán, La Barra, cuyo trazado ondulado genera la sensación de que te vas directo al agua. La primera impresión al recorrer la ciudad te puede recordar a Miami por el lujo de sus edificaciones, sobre todo cuando paseamos por la Avenida Gorlero, surtida de las principales marcas de moda, hoteles de cinco estrellas y espectaculares construcciones. Edificios de grandes ventanales con las cortinas descubiertas, no por falta de luz como las ventanas de las casas holandesas, sino por mostrar el carácter abierto y libre de los locales. Punta del Este es la ciudad no solo referente del propio país, sino de Latinoamérica, lugar de vacaciones de los ricachones argentinos y brasileños. Es la demostración de la eficacia, lujo y orden que nada se deja al carácter improvisado del latino.

 

Montevideo sin prisas

 

[Img #15896]Cuando uno pasea por Montevideo sus calles rezuman aromas de la Europa latina, lejos de la estética geométrica americana y más cerca de algunos barrios populares de Buenos Aires. Es más provinciana, más sosegada, más tranquila. Quien mejor la definió fue el poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín quien, al volver de París en 1887, dijo: “Esta ciudad no se parece a ninguna otra. Me parece una ciudad núbil, pero muy fuerte, de una franqueza y una ingenuidad encantadora”. 

 

Montevideo se pobló en sus primeros años por bonaerenses y canarios. Sentían que la ciudad era la meta iluminada y soñada de quienes huían de la guerra europea o del hambre español. Aún hoy, la ciudad cuenta con la mejor calidad de vida de Latinoamérica. Me imaginaba un Montevideo que conversaba en los cafés llenos de inmigrantes españoles e italianos que bebían para mitigar la nostalgia. Algunos desaparecieron, como el café La Giralda en donde nació La Cumparsita, tango amado y maldecido por los bonaerenses por no haber sido escrito por un argentino, sino por el uruguayo Gerardo Matos Rodríguez. Aunque, a decir verdad, según los uruguayos, el tango no es argentino, sino rioplatense.

 

La Giralda fue demolido en 1920 para construir el único icono que se levanta en la ciudad: el Palacio Salvo, apellido de un inmigrante italiano Lorenzo Salvo que llegó a Montevideo hacia 1860. El edificio parece haberse construido de arriba abajo, hoy ocupado por oficinas y pisos residenciales. Si nos acercamos a la costa, La Rambla, por su grandeza, es lugar inevitable para recorrer. Es el paseo marítimo o costanera que bordea el mar con una longitud de 20 kilómetros, uno de los más largos del mundo. En un momento fugaz, con la mente en blanco, sentía encontrarme en Gijón o Santander, con la diferencia de que el montevideano, como todo el mundo global que lleva el móvil en su mano izquierda, en la derecha sujeta el porongo de mate. El país consume esta bebida más que los argentinos.

 

Aires de Burdeos

 

[Img #15895]Algunos edificios de dos plantas de hechura neoclásica española aparecen ennegrecidas por falta de dinero, resistiendo los embates inmobiliarios que emergen entre una mayoría de edificaciones ramplonas. Edificios que también me recuerdan a las construcciones del extrarradio de Burdeos de la pequeña burguesía de viticultores. Un retrato que hace sospechar que, en otros tiempos, las calles se adornaban con muchos más edificios de finales de siglo XIX. Dentro del caos estético de sus calles, en todas ellas se respira un deseo de libertad por parte de quienes, con los primeros dineros de sus negocios y emprendimientos, construyeron un Montevideo feliz exhibiendo sus intenciones palaciegas para demostrar su éxito. El mismo Zorrilla cuenta en su siglo: “Los edificios de Montevideo de dos o tres pisos, siempre graciosos y de correcto estilo, aparecen esbeltos, porque cada uno de ellos tiene entidad y proporciones propias”. Como todas las ciudades latinoamericanas su arquitectura dispar y caprichosa pertenece a la nostalgia de los inmigrantes por crear un trocito de la tierra que les vio nacer.

 

El Mercado del Puerto es otro de los lugares imprescindibles. De sus orígenes, cuando era un mercado de frutas y verduras, queda la estructura metálica construida íntegramente en Inglaterra en 1868 y bajo la cual aquellos tenderetes se han convertido en una suerte de pequeños bares y restaurantes, como corresponde la moda actual de aprovechar los viejos mercados en lugares de esparcimiento gastronómico. En sus alrededores palpita la ciudad con el bullicio de algunas calles peatonales donde no falta el músico, el artesano y las pequeñas tiendas de souvenirs. El Hotel Casino Carrasco bien merece una visita. Carrasco es el nombre de un barrio de lujo que dio nombre a su imponente edificación que se levanta junto a La Rambla. Hoy es propiedad de la cadena francesa Sofitel. Una visión de la opulencia americana de los años 20 donde se contrataban a los mejores arquitectos europeos. Con remodelaciones posteriores, conserva el elegante estilo de los hoteles franceses de la época.

 


 

 

Cafés que fueron

 

En La Ciudad Vieja es donde se concentra el mayor número de estos establecimientos. Café Brasilero sigue conservando sus lámparas art nouveau. Fun Fun, en los bajos de un pequeño edificio neoclásico, respeta en sus viejas paredes las fotos y retratos de visitantes ilustres y su barra de estaño. Almacén de Hacha es posiblemente el café más antiguo de Montevideo. Boliche Los Yuyos (término uruguayo que define bar de bebidas) sigue ofreciendo desde 1906 más de 40 variedades de “cañas” (destilado de caña de azúcar con infusiones de hierba y frutas) y “grapas” (destilados de orujo). La Giraldita (nada tiene ver con la antigua Giralda de La Cumparsita), es un pequeño edificio que mantiene su colorido, rancio y confuso de carteles y retratos.

 

 

De carnes y pastas

 

La gastronomía uruguaya, salvo alguna excepción, es una cocina clásica con influjos españoles e italianos en la que con 12 millones de vacas, la carne se convierte en la protagonista culinario. Con ella elaboran parrilladas, empanadas criollas, el típico “chivito” (emparedado con carne a la plancha, queso, panceta, huevo, tomate y lechuga). El boniato, el choclo, la papa, el zapallo (calabaza), el calabacín, el nabo o el morrón a la parrilla suelen ser los acompañantes de carnes, chorizos, morcillas y salchichas. La pasta –y sobre todo la pizza– es casi un plato nacional. No falta el típico dulce de leche y una gran variedad de quesos, sobre todo de estilo italiano, mientras que el consumo de pescado es exiguo.

 



 

 

 

Agenda

 

Dónde comer

 

Autoría. Su chef, Agustin Miranda, se formó en los fogones de Martín Berasategui.

 

La Huella, en el puesto 22 entre los 50th Best de Latinoamérica.

 

Francis. Sin duda, una de las mejores parrillas de la ciudad.

 

Tona. Franzini 955, Montevideo. La mejor elección es el menú de la abuela, de cocina tradicional uruguaya.

 

Tandory. Aunque el nombre se pueda confundir con la cocina india, en realidad solo es el prototipo de cocina fusión moderada.

 

 

Dónde dormir

 

Montevideo cuenta con los precios-calidad más razonables de Latinoamérica.

 

My Suites Hotel Bar & Wine (J. Benito Blanco 674). La dedicación al vino de este hotel se materializa en pequeños cursos de cata que se ofrecen a los huéspedes. Sofitel Casino Carrasco. Zona de Carrasco. De lujosa arquitectura francesa, es sin duda el mejor hotel de Montevideo. A 145 € la habitación, resulta una ganga.

 

 

Más información: Oficina de Turismo del Uruguay

 

 

 

 

 

 

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