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Irreversible

Guía definitiva para triunfar en tus citas de Tinder con el vino

Autor: Santiago Rivas. Imagen: Carlos ZGZ (CC)
Miércoles, 24 de abril de 2019

Ya he escrito, sin ir más lejos en el episodio anterior, que yo tengo otro trabajo no vinculado al mundo winelover, gastro o foodie.

Esa otra ocupación me ayuda a mantener la perspectiva. Últimamente estoy notando, además, que entra en nómina gente con la que yo, que ya voy teniendo una edad, noto cierto salto generacional. Estos seres humanos, los nuevos, son una fuente de inspiración inagotable: la última que me han contado nos va a llevar a acuñar un nuevo término winelover: TinderWines.

 

Resulta que mis compis me han informado que hay locales que, básicamente, se llenan de citas generadas en una red social de contactos con subtexto de acceso carnal y elemento romántico opcional, es decir, Tinder. Estos restaurantes son estéticamente agradables, espaciosos, con el número suficientemente amplio de clientes alrededor para que tu cita no te pueda agredir sin que sea identificado, pero suficientemente reducido para que tampoco molesten; iluminación tenue y cocina neutra y cumplidora, que en Madrid se traduce en: sitio en el que te sirven desde un ceviche a unas croquetas pasando por un bao.

 

Así los eligen nuestros protagonistas: no son muy caros, pero tampoco muy baratos, para que la contraparte no te vea ni tieso, ni wannabe. Treinta euros por persona es el ticket medio adecuado. Tampoco merece la pena invertir más en algo que contiene tanto producto objeto de publicidad engañosa como Tinder…

 

Viendo lo claro que lo tienen mis compañeros con los garitos, vamos a introducir las reglas que les ayuden con el vino. (Es un vacío que hemos venido a legislar, sí). Rango de ley tiene la columna pagada de hoy.

 

Primera norma: el vino que se seleccione tiene que ser blanco o, de ser tinto, deberá ser una garnacha de estas diluidas de Madrid, Gredos o Cebreros; o si vemos que, en directo, nuestra pareja cumple todas nuestras expectativas, vamos con el poderío y trincamos un Borgoña. Hay que alejarse de tintazos extraídos, de mucho color, ya que esto va a tintar nuestros dientes y la imagen no es de lo más evocadora. Da bajón.

 

Segunda norma: tampoco pidas espumosos. Al ser un vinos con burbujas, generan gaseosidades indeseadas, pero fisiológicamente inevitables, para un encuentro de este tipo. Además estos vinos están muy asociados a la celebración, al triunfo, es como dar muy por hecho que el acceso carnal se va a ejecutar.

 

Y eso genera rechazo.

 

Tercera norma: la etiqueta de vino tiene que tener cierta sensibilidad artística. Hay que huir de diseños feos o nombres chorras. Un vino que se llame “Mi pene torero” contagia virginidad.

 

Cuarta norma: adapta el precio de la botella a lo que estés viendo. El momento en el que conoces a tu cita, saludas, te presentas y sientas, es crítico. Ahí tenéis que tirar de todos vuestros prejuicios y, según veáis, tirad de elección de 15 euros si no lo veis claro; si físicamente os gusta, ya podéis iros a 20 euros y, si ya ha dicho alguna estupidez pero os sigue pareciendo físicamente interesante, también podéis iros a los 20 euros. Si la decepción estética es total, una cerveza y a volar. El tiempo es un recurso limitado y Tinder os está esperando con algún nuevo match como consuelo.

 

Quinta norma: como quiero entender que Sobremesa lo leen winelovers, el vino socialmente está muy bien visto y saber de ello da status intelectual, económico y cultural, y vosotros sobremesers sabéis de vino… hacédselo saber a vuestra cita y, a ser posible, trincad una botella de un productor que tenga alguna historia que contar. Lo que más cuesta en estos trances iniciales es tener temas de conversación no convencionales, aprovechad el vino como trama narrativa.

 

Aunque os la inventéis, pero entretened.

 

Parecer es ser.

 

Última norma: esta ya no tiene tanto que ver con la elección pero sí con el modo: bebed lento, que no se os vea ansiosos, y cuidad mucho vuestro contacto con la copa, que como la tiréis, se acabó. En esos casos, en la gestión del desastre también ayuda que el vino sea blanco. Si coge la copa mal, poniendo ahí todos los dedazos en el cáliz, le corregís amablemente; pero si persiste en su actitud procurad que no se os note el disgusto. Las citas son TOC unfriendly.

 

Y con esto, ya lo tenéis todo para que el vino facilite vuestro ayuntamiento carnal.

 

Aun así, nuestros avezados lectores seguro que no han pasado por alto una premisa que damos por hecha, y es que nuestra cita tiene que beber alcohol y, más en concreto, vino.

 

En caso de que no sea así y no sea protowinelover, al menos, lo que tenéis que hacer es iros inmediatamente, sin mediar explicación, dejando totalmente abandonado a ese ser gris, triste y lamentable que no es capaz de tomarse una copa de vino en una situación tan potencialmente degradante.

 

No os convenía.

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