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Blancas y en botella

Albariño y verdejo, las uvas blancas que retan al tiempo

Autor: Mara Sánchez. Imágenes: Archivo
Martes, 18 de junio de 2019

La longevidad no es cualidad exclusiva de la crianza. Es así como lo vienen demostrando desde hace años los vinos sin madera elaborados con albariño o verdejo, que desafían a la urgencia del consumo inmediato y piden tiempo.

A día de hoy, el tema es tendencia. Hay cantidad de vinos jóvenes blancos que podrían sorprendernos si les damos la oportunidad de crecer, lo que se traduce en un necesario cambio de mentalidad frente a la prisa imperante de degustar siempre la más reciente añada. La actualidad que está tomando esta reflexión respondería a varias razones: saturación de referencias, perfiles enológicos muy similares y que llegan al mercado a la vez, caída de precios, pérdida de prestigio… Motivos que afectan de forma significativa a numerosas bodegas que están elaborando en Rueda, zona en la que se produce una curiosa contradicción: no para de aumentar la producción de vinos ante la enorme demanda existente, pero en paralelo su prestigio se viene devaluando debido a ese crecimiento incontrolable. Una situación a la que desde el territorio se viene contribuyendo por una agresiva bajada de precios que otras zonas no pueden asumir.


El caso de Rías Baixas no es el mismo. Se afana más en conquistar a un consumidor que no siempre entiende la acidez de sus blancos más jóvenes porque, a priori, esa poca edad la asocian a vinos comprensibles, esto es, con amabilidad y frescura, pero no la vinculan a esas notas punzantes que están tan acentuadas en numerosos albariños del año. Sin olvidar que esta zona ha ido ganando protagonismo en el mercado, aunque luego no se venda todo lo producido, con lo que también el argumento del tiempo permite relajar ese vertiginoso ritmo ampliando las posibilidades temporales de consumo. Ya hace años que los elaboradores gallegos de albariño vienen reclamando, desde hace una época, que se les dé tiempo. Frente a la preferencia frecuente de mercados y consumidores de disponer de las últimas añadas, muchos de estos vinos vienen demostrando su capacidad de envejecimiento a todo aquel que les da una oportunidad.


No debería sorprendernos. La acidez que caracteriza a la uva albariño permite que el vino evolucione durante años en la botella; en ese tiempo, se calma la acidez y se abre paso a otros aromas y sensaciones al paladar, ganando en complejidad. Son muchos los jóvenes preparados para mejorar con el tiempo, a pesar de que todavía cueste desencasillarlos de la idea extendida respecto a lo que deben ser: frescos, vivos, afrutados y fáciles de beber. Tienen todo eso, aromas primarios (florales, frutales, herbáceos), pero pueden ofrecer bastantes más matices si los dejamos reposar.


[Img #16469]De sorpresa a elaboración planificada


Por supuesto, no se debe generalizar porque hay muchos que no nacen con esa finalidad ni tampoco tienen la necesidad. Ni todas las cosechas lo permiten ni todos los albariños evolucionan de igual manera: tienen que estar pensados y creados para ello.


La cuestión surgirá a partir de la experiencia de la cata. Las bodegas han empezado a rescatar de sus botelleros vinos jóvenes de añadas pasadas y ha sido cuando han comprobado, con grata sorpresa, cómo algunos han ido evolucionando… al igual que otros estaban caídos. Porque no lo olvidemos, es justo tener claro que son vinos que no nacieron con vocación de desarrollo, se elaboraron en depósitos de acero inoxidable, se embotellaron y salieron a la venta para su consumo inmediato. Lo sorprendente ha sido que en muchos casos sí han progresado de manera positiva con el paso de años. Ahora sí, a raíz de esas buenas experiencias, van en aumento los vinos jóvenes que se están pensando y elaborando con la pretensión de ser consumidos no tanto en el año (¡que también!), sino alguno más tarde. A lo que después se suman los albariños de guarda, vinos que reposan varios años en la bodega antes de salir al mercado, y elaboraciones que han encontrado su sitio; la añada 2010 marcaría un importante punto de inflexión al recibir reconocimientos y parabienes desde la crítica especializada.


Está la tarea, nada fácil, de hacérselo entender al consumidor, pero también a quien lo tiene que vender. Y antes a su creador, porque es verdad que la tradición impone que este tipo de vino, sin contacto alguno con barrica, nace para colocarlo cuanto antes en el mercado. Por tanto, apuntarse a este planteamiento exige algunos cambios en la manera de hacer. Pero esta pequeña revolución, que está intentado coger fuerza en territorio galaico, cuenta con la confianza de la nueva generación de viticultores, bodegueros y enólogos, auténticos creyentes y defensores de que los albariños ganan en matices, untuosidad y complejidad con los años, por sencillos que sean. Son ellos quienes están elaborando vinos que dejan reposar en el botellero varios años antes de ponerlos a la venta, pero también se han apuntado –y algunos no en fechas recientes– afamados nombres de Rías Baixas. Ahí está el emblemático Pazo de Señorans Selección de Añada que Marisol Bueno estrenaba con la cosecha 1995 (tras 14 meses en inoxidable). Ella fue una de las primeras firmes defensoras de las posibilidades de evolución de esta variedad, convencida de que es posible la coexistencia de diferentes añadas de estos vinos en el mercado. Y lo cierto es que ya hay establecimientos en los que mantienen las añadas anteriores conviviendo con las más recientes. Una estrategia que para las bodegas y, sin duda, para la denominación, aporta valor añadido.


Vía de futuro


Hace menos tiempo que desde la cuna original del verdejo se vienen aferrando a un argumento similar: el objetivo, que la zona no muera de éxito. En Rueda los vinos jóvenes de la variedad conviven con infinidad de etiquetas fermentadas en barrica y con crianza. Pero hasta hace poco no habían reparado en lo que venían reclamando desde Rías Baixas: el desarrollo que estaban teniendo esos jóvenes del año, algo que les podía interesar... salvando las distancias.


[Img #16470]Partiendo de un territorio bien distinto (aunque hay diversidad de suelos y altitudes), tampoco el perfil de la verdejo es el mismo, una uva donde abundan las notas frescas de hinojo, fruta más carnosa, acidez en boca y algo de untuosidad, para terminar en un amargo final propio de la variedad. Una materia prima que, como hemos comprobado en la cata, también sorprende cuando se prueba años después, aunque es verdad que su capacidad de crecimiento es menor a falta de la potente acidez de la gallega (razón por la que hemos catado una añada más joven).


No obstante, destacados elaboradores de la zona ya consideran ésta una buena salida para sus vinos desde la calidad, a partir del desarrollo que pueden llegar a obtener. Discurso al que recurren en un territorio que parecía abocado al suministro exclusivo de vinos baratos. Es más, desde la denominación de origen comienzan a incidir ahora en esta línea argumental en defensa de sus etiquetas.


Hace un par de años, sin saber qué podría pasar, Pablo del Villar, enólogo y presidente de Hermanos del Villar (Rueda), reunía a la prensa especializada en una cata vertical de su vino más joven, Oro de Castilla Verdejo. Su idea era demostrar eso, su capacidad de evolución en los años que habían pasado desde que fue elaborado, ganando en algunos casos en mineralidad y complejidad. Se cataron desde 2010 hasta 2017 (exceptuando 2011), y el común de los presentes destacó el desarrollo de las tres más antiguas. Un apunte: es un vino que permanece en contacto con sus lías, al menos, tres meses en el depósito.


Jóvenes bien trabajados


La cuestión reside en que al cliente se le ha contado, en su momento, que los blancos había que beberlos del año, vengan de donde vengan; no obstante, no es lo mismo manchegos que riojanos o gallegos. En función de ese origen varían sus posibilidades de vida. Salir al mercado a los dos o tres meses de finalizar la vendimia puede proporcionar un placer inmediato (pues el vino está vivo, crujiente, muy primario) pero con un recorrido bastante corto. Responde a decisiones empresariales, pero no todos los blancos están listos para salir al mismo tiempo, aunque los números digan lo contrario y el mercado se impaciente. Cuestión cultural, de nuevo.


Los jóvenes, aunque lo sean, pueden proporcionar sorpresas si están trabajados para aguantar calendarios. Y en el caso de los albariños, es obvio que mejoran cuando se asientan, esto es, calman la acidez inicial. Pero también algunos ruedas, como hemos podido comprobar, dejan de ser el hermano pequeño de la evolución en botella; las nuevas formas de elaborar permiten que podamos empezar a afirmar que los vinos jóvenes de Rueda también pueden evolucionar en la botella. No requieren contactar con madera alguna, sino un cuidadoso trabajo en la viña, reduciendo los rendimientos, y el aporte de la crianza en inoxidable con sus lías, por el volumen que proporciona al vino.


Por tanto, debemos empezar a desterrar la monolítica idea de que todos los blancos del año exigen consumo inmediato.

 



Alternativa comercial con argumentos


Aunque son vinos que están teniendo un fuerte tirón entre los consumidores, la demanda en absoluto es capaz de atender tanta oferta existente, sobre todo en lo que a los albariños se refiere. Por tanto, para las elaboraciones gallegas el tiempo suele resultar un estupendo aliado por el carácter de la variedad, como se ha apuntado. Pero en el caso de los verdejos, los que en este momento dan la cara y pueden reivindicarse desde la calidad que otorga el paso de los años, se aportan un valor añadido a los blancos de la denominación de Rueda lo que, a día de hoy, resulta una campaña formidable para su imagen de marca.

 

 

 

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