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Mil y una

Un repaso a las formas más indie de prepararse un buen café

Autor: Saúl Cepeda. Imágenes: Archivo
Miércoles, 26 de junio de 2019

Una historia dice que cierto cabrero abisinio detectó cómo sus animales mejoraban su ánimo –sea cual sea el ánimo de una cabra– con el consumo de unas bayas desconocidas para él, que resultaron ser de café.

El pastor, como es normal, no tardó en experimentar en sí mismo los efectos. A partir de entonces, el auge un producto que hoy genera un consumo de millones de litros diarios. Realidad o ficción (seguramente lo segundo), una gran certeza subyace en la narración: en cuanto el ser humano da con alguna sustancia estimulante, de inmediato se lanza a consumirla con total entusiasmo y, para ello, llega a concebir caminos insospechados. Además de ser piedra angular de la economía productiva occidental y maná de curritos entumecidos por interminables jornadas laborales, resulta que recientes estudios (de la Universidad de Navarra, dicho sea de paso, por eso de no tener que inventar fuentes o dejarlas a la imaginación) señalan que esta prodigiosa y extendida bebida reduce los riesgos de muerte súbita o, lo que es lo mismo, es coadyuvante en el incremento de la esperanza de vida, lo que me da firmes motivos para pensar que mi consumo actual de café me sitúa muy próximo a la inmortalidad. Pero este es uno de esos productos que no por familiares resultan simples. En una sociedad de pretendida singularidad y atomización antropológica, no solo se trata de qué bebemos, sino de cómo lo hacemos. Como es lógico, un producto que convive diariamente con tantos millones de personas ha dejado de ser una humilde infusión para generar toda una hermenéutica del grano de café. Aquí no vamos a hablar de cafeteras italianas (todo el mundo tiene una), prensas francesas (todo el mundo tiene una y nadie la usa), cafés solubles (y su sueldo para toda la vida) o cápsulas (con las que algunas tiendas de café –George Clooney mediante– se han convertido en boutiques de alta costura), sino de métodos más marginales, por así decirlo, de preparar café.

 



[Img #16516]Percolador eléctrico


Si has recorrido la Ruta 66 de Illinois a California, tú has tomado café percolado. Esencialmente se trata de una máquina que recalienta el café ad nauseam. Poco tiene que ver con el verbo que le da nombre, aunque dispone de un sistema de filtrado. Funciona mejor como ambientador que como cafetera y resulta útil si queremos tener (mal) café a mano en todo momento solo por su alcaloide…, aunque también podemos guardar (buen) café en un termo.

 

 

 

 

[Img #16517]Chemex


En primer lugar, no debemos confundirlo con un florero de diseño escandinavo o con un matraz de laboratorio. Ambas apreciaciones nos llevarían a resultados erróneos. Ahora bien, si queremos demostrar ante terceros que somos auténticos amantes del café –de una Chemex nos saldrán unas cuatro tazas (las hay más grandes, pero nos obligaría a hacer crossfit para manejarlas)–, esta es nuestra cafetera, pues implica todo un ritual de molienda, tiempos y temperaturas.

 

 

[Img #16518]Aeropress


Resistente y sencillo sistema de tres piezas. Es el favorito de los aventureros amantes del café, que lo incluyen en su macuto antes incluso que la ropa interior. Su uso tiene algo de método científico o química recreativa, pues los valores de temperatura del agua, presión del émbolo y tamaño de la molienda nos darán resultados muy distintos, en general, satisfactorios. Ideal si somos corresponsales de guerra y no nos privamos de disfrutar de un buen café bajo fuego cruzado.


 
 

 

 

[Img #16519]Vacío


La frágil cafetera de vacío o sifón recuerda un poco a la forma de hacer cerveza, lo que a efectos prácticos significa una tasa de complicación por taza muy elevada. Tiene mucho sentido usarla si queremos presumir de cosmopolitismo cafetero delante del business angel que va a poner capital en la ronda de inversión de nuestra empresa emergente. Antes de usarla es conveniente explicar que no vamos a fabricar crack (que también es un psicoestimulante, por cierto).

 

 

[Img #16520]Hario V60


Al igual que su antagonista comercial Kalita, es una cafetera de goteo. La molienda debe ser fina, casi como la sal de mesa. Método sencillo y eficaz que apenas requiere unos filtros específicos (el problema está en quedarse sin ellos), su soporte y la jarra. Nosotros debemos controlar el vertido del agua. Su portabilidad la hace buena para personas en búsqueda y captura –y casos de nomadismo análogo–, pero que aprecian un café aromático y con poco amargor.

 

 

[Img #16521]Phin


La cafetera vietnamita por goteo nos permitirá sentirnos personas de mundo… en la intimidad, porque solo nos proporciona un servicio. Será útil si nos gusta un buen café con hielo, pues el resultado de este método es muy limpio y ofrece un sabor suave, excelente para esta modalidad. A diferencia de otros formatos de goteo, el control del vertido del agua es irrelevante. Si el grado de molienda es muy alto, nos dejará tantos posos en la taza como para predecir los próximos movimientos del IBEX35.

 

[Img #16522]En frío


Como gran innovación cafetera de nuestro tiempo tenemos el cold brew (y no, no es una voz hipster con la que denominar al café con hielo). Eso sí, nos podemos armar de paciencia para un goteo de agua fría filtrada a través de granos molidos durante más de diez horas. El resultado no presenta acidez o amargor, pero es intenso y fuerte; y puede ser conservado en nevera. También existe la vertiente nitro (por si invitamos a cenar a Dani García y queremos darle de su medicina).

 

 

[Img #16523]Turco (o griego)


De querer iniciar un animado conflicto diplomático, nada mejor que decirle a un turco que nos gusta el café griego o viceversa. Eso de “lo que pasa en Esmirna se queda en Esmirna” nunca funcionó. A decir verdad, los turcos lo introdujeron en Grecia y así opina la Unesco. Necesitaremos una olla especial y un molinillo que nos dé una molienda muy fina. Se lleva dos o tres veces al límite de la ebullición con fuego de llama lento. El café resultante es potente y denso.

 

 

 

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